Mostrando entradas con la etiqueta Estado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estado. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de julio de 2012

Empate técnico

¡Señoras y Señores! ¡Ladies and Gentleman! ¡Tenemos un empate técnico! Nuestras encuestas de salida y un sistema electoral antidemocrático nos dan dos ganadores indisputables: Televisa y la desinformación, que, dicho sea de paso, no son más que las dos caras de una misma moneda.
    Antes de dormir, pongan doble chapa a sus puertas porque los ladrones y asesinos serán ahora nuestros “jefes de Estado”. Cierren bien sus puertas, pero sobre todo cierren sus bocas, sus ojos, sus oídos, su gusto y su tacto. Cierren sus bocas para que no sean víctimas de la represión; cierren sus ojos para que no sean humillados por el exposé televisivo; cierren sus oídos para que no sean avergonzados por la “lógica” rebosante de la estupidez y del sin sentido; cierren su posibilidad de saborear para así evitar las náuseas de un sistema podridísimo; procuren no sentir para que no perciban la violencia, cuyo onanismo alcanza su máximo orgasmo con la condena a la tortura del cuerpo humano.
    Sin embargo, hay una excelente noticia: las condiciones objetivas (por vía negativa, claro) para la creación de conciencias políticas vuelven a estar dadas.

miércoles, 8 de junio de 2011

El Estado moderno y la aniquilación de identidades

Comentario a "Chiapas y la conquista inconclusa", entrevista a Bolívar Echeverría



A lo largo de América Latina, Bolívar Echeverría observa que la violencia del Estado nacional ha sido y es padecida actualmente por las poblaciones indígenas, por ejemplo, los indigenas de Chiapas.
Actualmente, los Estados no están en posibilidad —ni tienen la “voluntad”— de solucionar los problemas de los indígenas, ya que la tarea que les ha encomendado la modernidad capitalista es concluir el proceso de conquista que se inició en el siglo XVI, pero que en los indígenas ha sido aplazado hasta hoy. Aunque el Estado promueva proyectos de “integración” de las comunidades indigentes, en realidad su tarea es dar la “solución final (Endlösung) de la cuestión indígena”, es decir, eliminarlas. Tal tarea de eliminación consiste en que el Estado, o bien sólo los acepta si ellos se han occidentalizado, o bien los ignora porque no tienen su forma occidental-moderna; esto es, dice Echeverría, o ellos se dejan transformar por el Estado, o ellos “se convencen de la necesidad de esfumarse”.
Los indios, sino fueron acabados en la conquista, serán acabados por sus Estados. El Estado moderno ha tomado más decididamentela tarea de finiquitar la Conquista, que la propia Corona española del siglo XVI, y, por ello, impulsa la estrategia de la segregación (apartheid). El Estado afirma ser la parte vencedora del proceso de la conquista y cierra la posibilidad del mestizaje, aún cuando sus discursos democráticos rechazan la segregación. La solución final, sin embargo, la hará el Estado por la vía aparentemente “civilizada”.
El Estado tolerará su “autonomía” con la seguridad de que será el “Dios” moderno, la “lógica del valor mecantil”, quien los atraerá a su reino, el de los propietarios privados pero de sus respectivas fuerzas de trabajo. El Estado acepta a las poblaciones indígenas, si ellas aceptan dejar de ser lo que son, si aceptan auto-aniquilarse, si ellas se dan la forma que el Estado les imprime para pasar a ser “connacionales”. Al indigena se le tolerará o soportará, en cuanto él haya aceptado transformarse. Echeverría niega que el Estado quiera abrirse a estas identidades porque su “forma” cierra tal posibilidad. Para que los indios puedan sobrevivir, el Estado tendría que replantearse o darse una “autotransformación radical de la modernidad política en cuanto tal”.

jueves, 5 de mayo de 2011

LA VIOLENCIA MONOPOLIZADA POR EL ESTADO MODERNO II/II

El ocaso de la política es el efecto de la sustitución del Estado nacional por un gobierno trasnacional. De modo que el Estado está ahora sobreviviendo a su posible muerte (aunque sobrevive de mejor modo en las forma políticas “no modernas”, pues aceptan interiorizar al Estado como entidad mediadora de la violencia destructiva en las relaciones individuales). Así, mientras llega o no tal fin, la actual supervivencia del Estado capitalista nacional conduce a la pregunta: ¿para qué puede servir el Estado a la nueva entidad trasnacional capitalista?
Según Echeverría, hay dos necesidades esenciales de existencia del Estado ante el capitalismo trasnacional: 1) Promover la competencia dentro del mercado mundial y 2) otorgar al capitalismo trasnacional su siempre dependiente necesidad de tomar un cuerpo concreto en una comunidad natural humana.
Para mantenerse en vida, hay otra tarea general que el Estado nacional debe cumplir si va a desaparecer: propiciar las condiciones necesarias o preparar el escenario para que se dé la llegada de la nueva entidad estatal trasnacional. La tarea es adecuar el funcionamiento de sus naciones para el funcionamiento del nuevo Estado trasnacional. Así, la violencia del Estado es la violencia de las “instituciones que están hechas para castigar en el cuerpo social la incapacidad de interiorizar el proyecto político, moral e ideológico, propio de las “naciones civilizadas”; para expulsar y excluir sistemáticamente tanto a las partes marginales de ese cuerpo social como a la zonas del mismo invadidas por lo ajeno y extraño”.[1]
Esta tarea consiste en traducir el lenguaje del capital al lenguaje concreto de la sociedad, esto es, imponer el contorno significativo que afirma el capital. Esta tarea general se reparte, a su vez, en distintas tareas particulares, todas ellas con la misma intención: la eliminación de la rebeldía o erradicación de los brotes de la “forma natural” de la vida contra la “forma del valor” para, con ello, completar el proceso de interiorización del ethos capitalista.

Tareas particulares del Estado:



1. Expulsar la disfuncionalidad: Expulsar o excluir de su proyecto político a todas las partes marginales, minorías o “grupos problema” (de raza, género, religión, opinión, etc.). La violencia ejercida por el Estado no sólo cuida los intereses particulares del capitalismo, sino también se hace presente en la represión normativa que ejerce sobre los individuos. Amedrenta y castiga a todo aquello que se resista al capitalismo, en cambio, aplaude y premia toda actitud apologética del capital. De aquí que, por ejemplo, el ethos barroco esté descalificado por su “malformación”, in-con-formidad o disfuncionalidad ante la modernidad capitalista.
En este sentido, la tarea más reciente del Estado es adjudicar a la identidad humana el rasgo de la blanquitud (blancura no étnica o racial, sino identitaria o civilizatoria).
2. Retención como frontera: El estado nacional sólo sirve para mantener a raya, dentro de las fronteras establecidas, a todos aquellos humanos que no pueden todavía integrarse en la comunidad del nuevo Estado trans y posnacional. También sirve para contener las identidades nacionales, las cuales están en proceso de ser transformadas para su adaptación al nuevo Estado trasnacional: “El ‘inmigrante’ parece ser la nueva figura humana en esta vuelta de siglo; de él se acepta sólo su fuerza de trabajo de la que no es dueño, no se lo recibe a él por entero (con su equipo familiar) como un ser humano, como un ciudadano común”.
3. Represión de identidades: La nación moderna es en realidad una entidad imaginaria, la cual reúne pretensiones de síntesis en un conjunto más o menos definido de rasgos humanos, que resultaron de la mutilación previa de otras características cualitativas de una serie de entidades reales, pero que se autoproponen como el ideal a perseguir. Para ser nación, la comunidad debe recomponerse, autodisciplinarse, desechar potencialidades suyas. Este proceso de destrucción y poda de “rasgos disfuncionales” implica destruir las identidades de las poblaciones. Por ello, “el miembro típico de la comunidad llamada ‘nación’ sólo existe en el plano de lo imaginario”. La identidad nacional es una invención.
La tarea del Estado nacional es hacer suya la empresa del valor. Para ello, debe crear un imaginario y ofrecerlo a su comunidad como su identidad propia. Así, convencida de que ella es la nación, la comunidad se pone en marcha pero para impulsar el capitalismo. Sólo metamorfoseada en nación, la comunidad puede entenderse con el capitalismo e impulsarlo.




[1] B. Echeverria, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006, p. 77.

jueves, 21 de abril de 2011

CAPITALISMO: VIOLENCIA Y ESTADO MODERNO I/II

1. LA NACIÓN POSNACIONAL Y LA VIOLENCIA CONCRETADA EN EL ESTADO MODERNO

Pese a todo, la violencia no puede permanecer interiorizada sólo en las mercancías. Ello implica que, aunque las mercancías son las principales portadoras del mensaje de la “forma de valor”, este mensaje toma cuerpo en la forma del Estado, sólo en la medida en que éste se vuelve una empresa estatal de acumulación de capital.[1] El estado ha sido el sujeto “pseudonatural” o la empresa en torno a la cual se ha organizado la vida social, que disfraza de “proyecto” humano lo que en realidad es un impulso automático de la “vida” del capital.
Para Marx, la esencia humana radica en su politicidad, es decir, en la capacidad y necesidad del ser humano de autoconfigurarse; de dar una forma determinada al conjunto de relaciones de convivencia que mantienen entre sí. Sin embargo, en la modernidad capitalista, la politicidad del ser humano está siendo usurpada por el funcionamiento del mercado. La vida de la sociedad es una vida “cosificada” porque las relaciones de convivencia entre los individuos sirven de soporte a una especie de “vida social” que llevan entre sí las mercancías.[2] Por ello, la existencia del Estado no es imperiosamente necesaria en las sociedades mercantil-capitalistas, sino más bien prescindible porque la valorización del valor es quien impone sus disposiciones y no son los Estados quienes resuelven los asuntos de la vida pública.
Así, Bolívar Echeverría, en Vuelta de siglo, se pregunta: ¿cuál es la necesidad de existencia del Estado nacional? Basados en los términos de “forma natural” y de valor, la necesidad de que exista el Estado nacional está dada por la ineludible dependencia del plano de valor mercantil respecto de su soporte o vehículo al que subsume: la “forma natural”. Aunque subsumida, dice Echeverría, la “forma natural” de la reproducción de la vida social es de todos modos el fundamento y la condición indispensable para la existencia de la “forma de valor”.[3] En el Estado nacional, el plano de la “forma natural” es representado por la existencia de una comunidad que entraña dos magnitudes, población y territorio, cuyo telos no es su libre y “natural” autorreproducción, sino el telos artificial de la producción de valor. El territorio y la población no son en sí mismos sino en cuanto sirven de soporte —demográfico y geográfico— al productivismo capitalista.
¿Cuál fue la necesidad del surgimiento del estado nacional? Puesto que en el inicio de su despliegue el proceso de acumulación de capital aún no había podido funcionar coordinadamente a escala mundial, debió repartirse en concurso competitivo de muchos conglomerados de acumulación de capital a nivel nacional, identificados territorial y étnicamente a lo largo del planeta. Así, los Estados modernos se volvieron empresas colectivas de acumulación de capital, capaces de ganar una posición en el mercado mundial en virtud de que aglutinan patrimonios privados —unos simplemente mercantiles y otros mercantil-capitalistas— y de que están dispuestos a aprovechar y compartir el territorio y población, los cuales aseguran su dominio sobre esta base social-natural puesta a su disposición.[4]
Pese a todo, actualmente surge una entidad estatal trasnacional, aún en ciernes y difusa, que responde espontáneamente a la necesidad apremiante de crear un gobierno planetario, cuyas disposiciones sobrepasan y subordinan la toma de decisiones del Estado nacional. La pérdida de soberanía de los Estados nacionales y la sustitución del Estado en el cumplimiento de sus funciones son prueba de ello. Las decisiones tomadas anteriormente por el Estado, hoy pertenecen a entidades transnacionales: el Banco Mundial, el FMI o la OMC. Estas instituciones responden a la necesidad de poner en pie un gobierno planetario guiado por la economía capitalista.
A todo ello se agrega que, en esta vuelta de siglo, a causa de la globalización del predominio del monopolio de la tecnología sobre el territorio y la población, se ha desautorizado a la tradición que hacía del Estado el recurso privilegiado de la acción subsumidora del capital. Actualmente es más importante el monopolio de la tecnología que el monopolio social “natural” del territorio y población.

[1] B. Echeverría, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006, p. 264.

[2] B. Echeverría, op cit., p. 145.

[3] Ibid, p. 264.

[4] Ibid, p. 147.