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jueves, 17 de octubre de 2013

Presentración de El sueño correcto

Los invitamos a la presentación de la novela El sueño correcto de Aline Davidoff, que se realizará el jueves 24 de octubre en el salón de usos múltiples de la Casa del Poeta (Álvaro Obregón # 73) a las 7 pm.

Presentan:
  • Elena Poniatowska
  • Joaquín Armando Chacón

Lectura de un fragmento de la novela por parte de la autora.


sábado, 20 de octubre de 2012

El perro que miraba el amanecer*

Por Rodrigo Hernández Sandoval


Hubo un perro sentado en una banca de un parque mirando el amanecer. Sus ojos alcanzaban los rayos nacientes del sol y sus orejas se helaban con el frío que llegaba del norte. Su reflejo en el charco sucio se rompió al momento en que éste cayó sobre el mismo. Motivado por el hombre que en sus entrañas renacía caminó con las patas mojadas moviendo la cola, por una calle donde murió la última lámpara del alumbrado público.
 A los lejos, un niño de la mano de su madre llegó hasta el puesto de tacos, donde la mujer pidió una orden, que entre ambos desayunarían. El perro llegó hasta allí, con la cabeza agachada y husmeando sobre algún rastro perdido de comida. El niño recibió dos de los tres tacos y los comió lentamente, disfrutándolos hasta que sólo quedó un pedazo; de pronto miró a personas que lazaron sendos gritos a un perro que se alejaba asustado de ellas, con la cola entre las patas. El niño no pudo dar el último bocado al sobrante de su taco y tratando de que su madre no lo viera, lanzó el pedazo de taco hacia el perro que se había alejado con los ojos tristes y flacos. Este perro se lanzó sobre lo que había caído cerca de él, descubriendo con sus sentido agudizados por el hambre, que se trataba de comida. La devoró al instante. El niño lo miraba y lo llamaba con leves movimientos de su mano, pidiéndole que se acercara, pero al tratar de hacerlo se interpuso un grito entre él y ese niño que ahora ya no sonreía. Era la madre regañando al chiquillo, quien lo jaló otra vez de la mano, llevándoselo lejos del perro que abría el hocico, como sonriendo.
La madre continuó regañando al niño y éste al agachar la cabeza y sin querer, vio que el perro al que le había dado de comer, les seguía. En un descuido el niño soltó de la mano a la mujer en el momento en que los dos cruzaban la calle, justo cuando un camión pasaba. La madre soltó un grito y el perro, a pocos centímetros del niño, se aventó con las patas delanteras para, sin proponérselo, dejarlo tirado fuera del alcance del camión y quedar él, debajo de las llantas, chillando de dolor. Cuando el niño pudo alcanzar a su amigo, éste miraba desde el piso con sus ojos vacíos, la salida entera del sol.    

*Tomado de Boletín ENAH, No. 6, México, ENAH, octubre, 2012, p. 5.

lunes, 4 de enero de 2010

La imagen*

Por Ricardo Guzmán Wolffer

El cura, con sus dos autos importados en la parte posterior de la iglesia, continuó su sermón. Hermanos, es necesario que sacrifiquen un poco de sus riquezas para embellecer nuestra querida parroquia. En cada misa él era un mártir, un sufriente por los incontables pecados de sus feligreses; los trucos histriónicos, bien preparados todas las noches ante sus concubinas, nunca le fallaban.
Un arquitecto, compadre del cura y su suegro sin saberlo, le hizo un presupuesto justo, además de no cobrar honorarios. Al mes de iniciar la colecta, el padre tenía el doble de lo necesario. Pagó a todos los trabajadores, excepto a los albañiles: el Transam necesitaba otros amortiguadores. Esa noche decidió festejar: vino y mujeres nuevas. Al día siguiente, entre la resequedad de la boca y el dolor estomacal, notó un faltante en el buró. Sudando, confirmó sus sospechas: las mujeres habían robado el dinero de la colecta.
Hermanos, tendrán que esperar a que la colecta rinda un poco más, aún no es suficiente para pagarles, pero Dios se los pagará en la otra vida. Los albañiles asintieron en silencio. En ese momento un pedazo de pared se desprendió y la imagen de Jesucristo fue a dar al suelo, haciéndose añicos. El cura tronó la boca, en una semana llegaría el obispo superior. Mira, hijo mío, no sé cómo le vas a hacer, pero para el próximo lunes debe haber una imagen igual de Nuestro Señor o vas a tener un problema conmigo. El albañil, cabizbajo, fue en busca de su primo, el artesano.
Con su sotana raída y sin ninguna de sus carísimas joyas, el cura paseó al anciano obispo por la capilla. Y mire usted, señor obispo, ese Cristo es nuevo, de porcelana; ha sido mucho dinero, pero valió la pena. El obispo estaba conmovido. De pronto, las cejas blancas se detuvieron: había un punto negro en el pie de la imagen. Extrañado, ordenó al albañil, quien recogía sus instrumentos, que bajara con cuidado el Cristo. Aquel obedeció. Cuando el superior tuvo el pie del Jesús en la mano, y antes de que el cura dijera algo, le preguntó al albañil: “¿De dónde trajeron esta figura, hijo mío?” “De nuestro corazón, señor obispo, la hicimos con el corazón, contestó”, temeroso. “Pero de qué material, hijo mío”, volvió a preguntar, mirando de reojo al padre. “Pues fíjese que el adobe estaba muy blando y no pudimos conseguir más tierra ni piedras, padrecito.” El obispo, indignado, le gritó: “¡¡Pero de qué material, hijo!!” “De caca, padrecito, de caca.”

Publicado y tomado de La Jornada Semanal (suplemento cultural) Domingo 3 de enero de 2010 Num: 774