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lunes, 6 de febrero de 2012

Walter Benjamin: cine de masas y el cine revolucionario en Rusia

Las esperanzas revolucionarias de Benjamin sobre el cine se animaban por la certeza de que son las revoluciones técnicas las que crean fracturas en las tendencias artísticas, y que estas mismas fracturas son las que constituyen sin duda el desarrollo artístico. El cine sería el que constituye “una de las más formidables fracturas de las formaciones artísticas”. Este sería, digamos, el “núcleo esperanzador” de Benjamin, que, lejos de tratarse de una confianza simple en todo lo novedoso, se basa en la tesis expuesta en el ensayo sobre la obra de arte sobre que la cuestión no gira en torno a si el cine es un arte o no, sino que con la llegada del cine se hace imperiosamente necesaria una nueva comprensión de todo lo estético, pues —al igual que con la fotografía— con el cine se transforma globalmente el carácter del arte.

Esto nos demuestra una cosa: los progresos esenciales en el arte, esos que son siempre elementales, no son nunca el nuevo contenido ni la nueva forma, sino que la revolución dada en la técnica les precede a ambos.[1]

Una forma de mostrar el modo sui generis como Benjamin emplea el término «revolución» puede ser observado en la fotografía o en el cine. Para él, primeramente, la fotografía y, posteriormente, el cine fueron formas de reproducción artísticas verdaderamente revolucionarias pero no porque en ellas pueda haber un contenido político altamente explotable o porque puedan ser puestas al servicio de la revolución. Para Benjamin, una y otra técnica artística (la fotografía y el cine) serían revolucionarias porque destruyen el aura en el arte y ponen en crisis a la doctrina misma de lʼ art pour lʼ art; porque inauguran nuevas formas de comprender lo estético.

A Benjamin le atrae del arte técnicamente reproducido el hecho de que puede ser llevado a las masas por primera vez en la historia del arte. Pese a esto, Benjamin entiende perfectamente que el cine, por ejemplo, el americano, pertenece a la industrial cultural capitalista.[2] Sin embargo, lo que sí queda claro para Benjamin —y esto se aplicaría incluso al cine más comercial—, es que con la reproducción masiva del arte se transforma por completo su función social: su fundamento deja de ser ritual para pasar a ser político, y político en el más amplio sentido de la palabra, aun cuando Benjamin piense mayormente en una función contraria al fascismo. Incluso, la función actual del cine de masas no deja de ser política. Pese a ello, reconozcamos, tal como lo hace Benjamin, que el arte aun cuando se emancipe, dejando de ser un valor de culto para pasar a ser un valor de exhibición, aún así —mientras posea un carácter mercantil— cumpliría con una función contrarrevolucionaria:

Mientras sea el capital el que ponga la pauta, al cine de hoy no se le podrá reconocer otro mérito revolucionario que el de haber impulsado una crítica revolucionaria de las ideas heredadas acerca del arte.[3]

Por otra parte, parece que Benjamin distingue muy bien entre la producción cinematográfica de Europa occidental, Europa oriental y norteamericana. De modo que cuando Benjamin piensa en un posible cine revolucionario no está pensando en el cine hollywoodense, tal como él lo dice, sino en los posibles destellos anti-auráticos que creados intencionalmente —o no— se observan en algunas tendencias artísticas sobre todo en Rusia.

Por ello, Benjamin observa cierto mérito en el cine ruso, pues, por ejemplo, este tipo de cine ha abandonado los temas de la vida burguesa; no se toleran los dramas amorosos; ya no se trata de películas de sociedad, sino de obreros trabajando; no se busca crear estrellas hollywoodenses, pues el actor no es sobredimensionado, sino que, al contrario, dice Benjamin, el director de cine Serguéi M. Eisenstein “está ahora preparando una película sobre la vida de los campesinos en la que no habrá actores”.[4]

A Benjamin parece agradarle el hecho de que a la vez que los campesinos son el objeto de interés para el cine, ellos son también su público esencial. De aquí que el cine producido en Rusia tenga un contenido educativo, pues proporciona conocimientos históricos, políticos, técnicos e higiénicos; brinda conocimientos para luchar contra las plagas de langostas, conocimiento sobre el manejo del tractor o sobre la curación del alcoholismo. También, se organiza el cine itinerante que es capaz de llegar a zonas muy remotas. Pese a todo, dice Benjamin, el mayor problema al que se enfrenta el cine de este tipo, es que los campesinos a penas si pueden entender dos tramas simultáneas. Para ellos, resulta ser más comprensible el despliegue cronológicamente lineal de la trama. Igualmente, algo que a Benjamin parece agradarle, es el hecho que “las comedias más grotescas y excéntricas [es decir, auráticas,] importadas de América fueron un fracaso rotundo en Rusia. Por otra parte, un ejemplo paradigmático de una buena película rusa, es, para Benjamin, la realizada por Eisenstein y titulada: El acorazado Potemkin. Al respecto de esta película dice Benjamin:

Potemkin es sin duda un película grande, inusualmente bien hecha… Hay mucho arte malo de tendencia, incluido por cierto el socialista. Son obras determinadas por el efecto y con reflejos gastados, que utilizan esquemas. Por el contrario, la película Potemkin está ideológicamente recubierta y correctamente calculada en todos sus detalles.[5]

Finalmente, respecto a la revolución y en contra de la historia lineal, así como de la concepción del tiempo vacío, Benjamin dice: “La conciencia de hacer saltar el continuum de la historia es propia de las clases revolucionarias en el instante de su acción”. Esto mismo encontraría Benjamin en 1927 pero en el cine: “El cine —dice él— hizo saltar por los aires todo este mundo carcelario con la dinamita de las decimas de segundo, de modo que entre sus ruinas desperdigadas vamos ahora viajando a la aventura […] No es el curso continúo de las imágenes, sino el cambio repentino de perspectiva, lo que sojuzga a un milieu que se sustrae a cualquier otra clase de mirada”.[6] Así, el cine modifica las consciencia de los espectadores: “con él surge realmente una nueva región de la consciencia”.[7]



[1] W. Benjamin, “Réplica a Oscar A. H. Schmitz”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 369.

[2] Por ejemplo, dice él: para que una película sea rentable, necesita llegar a un público de 9 millones. Lo importante es este caso no sería llevar el arte a las masas, sino hacerlo lo suficientemente atractivo como para que lo compren millones y sea así un buen negocio. Cfr. W. Benjamin, La obra de arte…, México, Ítaca, 2003, p. 44.

[3] Ibid, Tesis XII, p. 74.

[4] W. Benjamin, “La situación del arte cinematográfico en Rusia”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 366.

[5] W. Benjamin, “Réplica a Oscar A. H. Schmitz”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 371.

[6] Ibid, p. 369.

[7] Ibid, p. 368.

martes, 29 de junio de 2010

Sonata para un hombre bueno: ¿versión revisionista de la historia?

Por Gustavo García Conde

A diferencia del cine “hollywoodense”, Sonata para un hombre bueno[*] es realmente una película destacable. Pese a ello, quisiera resaltar algunos aspectos de la película que no están bien cuidados y que podrían tener fuertes implicaciones político-ideológicas.
Escrita y dirigida por el ganador del Óscar, Florian Gallenberg (Múnich, 1972), esta cinta relata la historia —real— de un alemán llamado John Rabe, empresario y director de la ensambladora Siemens en Nankín (China), quien arriesgó su vida por ayudar a los habitantes de esta ciudad cuando fue invadida por tropas japonesas en 1937/38.
Los extranjeros establecidos en Nankín trataron de ayudar a la población china a través de la construcción de un área segura. John Rabe fue elegido presidente del comité internacional de ayuda porque se esperaba que él, siendo alemán y afiliado al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, pudiera influir en algunas decisiones de los militares japoneses. Así, durante la masacre de Nankín, arriesgando la vida, Rabe se esforzó por lograr la construcción de un área segura de 2 km2 para ofrecer a los habitantes un refugio en contra de la invasión de soldados japoneses. A causa de ello, Rabe consiguió salvar la vida de 200 000 chinos.
Sin cuestionar la figura histórica de John Rabe, quisiera concentrarme en algunas imágenes y escenas que hay en esta cinta y que, supongo, no fueron bien cuidadas por el director o que estos “descuidos” serían los que, en realidad, expresarían el estado actual y generalizado de la consciencia alemana sobre su participación en la Segunda Guerra Mundial.
En la película subyace la idea de que en medio de todo lo malo y ante la crueldad de los hombres (representada por Alemania y Japón), siempre existe la excepción y, entonces, aparece un hombre bueno (representado por el personaje principal, Rabe). John Rabe personifica al típico alemán que confía en Hitler pero que no estaba enterado de los crímenes que ya se estaban cometiendo en Alemania.
A causa de los “méritos humanitarios” de John Rabe, la película nos hace olvidar por completo la gran complicidad de Alemania en la Guerra chino-japonesa. ¿Es esto a propósito? Pienso que sí, además de que la película nos muestra cómo el personaje principal bien podría representar una versión revisionista de la historia y un revisionismo sobre lo nefasto de la política alemana nacionalsocialista. Esto último es en realidad lo peligroso.
***
Es bastante simbólica la escena que muestra el momento en que ciudadanos chinos se resguardan de los bombardeos japoneses debajo de una bandera nazi. ¿Qué quería expresar el director con esta escena? ¿En qué estaba pensado?
Sin temor a equivocarme, lo que subyace es la idea de que, a pesar de la imagen común que tenemos del nacionalsocialismo (campos de concentración o los seis millones de judíos asesinados), el Tercer Reich era capaz de proteger la vida de cientos de miles de chinos. Ciertamente, en la película no es la milicia nazi la que protege a la población de Nankín pero creo que la intención del director es romper el típico esquema que hasta ahora tenemos del nazismo como aquel régimen fascista y genocida. Mediante el recurso indirecto del personaje principal, esto se logra a la perfección. Así, por primera vez, el nazismo —simbolizado por la bandera nazi— es capaz de resguardar vidas humanas inocentes.
La intención de la película de “redimir” al nacionalsocialismo, creo que se podría corroborar en la reseña que de esta película hizo Eva Ruíz de Chávez (Nexos, junio 2010), quien, sin darse cuenta de que cae en la trampa, escribe lo siguiente:

Tal es el caso de John Rabe, […] cinta que reivindica ciertas figuras alemanas
de la época nazi, demostrando que no todos eran leales a su partido, ni que no
todos los alemanes pensaban igual.
De modo que, según esta interpretación, cuando analizamos en suceso histórico en su conjunto, no deberíamos olvidar que siempre existen particularidades y excepciones. Pero esta es precisamente la trampa. Así, despertar simpatía con el personaje principal y compasión en el espectador es, creo, el objetivo “romántico” de la película. Y es este mismo objetivo el que le da un contenido político a la película.
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La escena donde son presentadas decenas de cabezas decapitadas es realmente impactante (quizás no tanto para un país, como el nuestro, que se acerca a tal situación). De toda la película, esta escena es la única que directamente podría provocar la reflexión crítica del espectador en contra de todo lo bélico. Sin embargo, inmediatamente después de esta escena, el terror producido en el espectador es sustituido por la provocación de risas.
Después de esta horrible escena, mediante un chiste ramplón, fácilmente se distrae al público para que regrese a la trama de la película y no se pierda en reflexiones peligrosas. Con ello, gracias al elemento cómico, se le pide borrar de su cabeza la atroz imagen anterior para que, una vez repuesto, vuelva a la trama cómodamente y siga consumiendo la película. Con esto, se generan espectadores pasivos y distanciados de toda posibilidad de reflexión.
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A diferencia de las películas “americanas”, el modo cómo se aborda el tema bélico está mejor pensado. Pese a todo, la cinta cae en el lugar común: la guerra; y es en esto mismo donde radica su discurso político.
En efecto, toda arte posee un contenido político. Esta filmación no es la excepción y, por ello, contiene lo que W. Benjamin llamó: la estetización de la política bajo la forma de la estetización de la guerra. En el filme la guerra aparece plenamente bella, pues se recurre a la alta fidelidad del sonido de los estallidos y a las imágenes impactantes que provocan los bombazos, así como al fuego de los incendios y a la resonancia de las metralletas. Todos estos recursos forman parte de la estetización de la guerra: intentan hacer bello algo que por sí mismo es repugnante.

[*] Sonata para un hombre bueno / Director: Florian Gallenberger /Título original: John Rabe / Actores: Steve Buscemi, Daniel Bruhl, Ulrich Tukur / Duración: 134 minutos / Género: Drama / Origen: Alemania / Año: 2009.