martes, 6 de agosto de 2013
Work-ing Marx.
sábado, 5 de noviembre de 2011
CAPITALISMO Y GENOCIDIO: Echeverría y la blanquitud
Nuevas formas de racismo y discriminación en el capitalismo: capitalismo y genocidio
La verdad es bella[1]
Platón
El tema que a continuación quisiera tratar es un tema que no se encuentra revestido de novedad . Por el contrario, es tan común que puede sonar a cantaleta de inconformidad. Y esta es precisamente la sensación que anima esta ponencia: la inconformidad y el cansancio. Se trata de un tema que no es ajeno a nadie, que vemos practicar por otras personas y que practicamos sobre nosotros mismos. Lo vemos como un tema normal —o simplemente no lo vemos— porque lo hemos interiorizado como natural. De algún modo somos expertos del tema. Es un tema como el de las mercancías, del que decía Marx, que todos somos unos expertos.
La provocación teórica para pensar estos hechos es la propuesta de Bolívar Echeverría. Se trata de un tema pensado por él justamente en la década pasada: la noción d
e blanquitud. Es un tema que apenas comenzaba a anunciarse y del cual tenemos tres ensayos: “Imágenes de la blanquitud”, “Obama y la blanquitud” y un texto en inglés cuyo título sería “Blanquitud: consideraciones sobre el racismo como un fenómeno específicamente moderno”. Aun cuando hay varias perspectivas de abordaje del tema, yo sólo quisiera acercarme a estos textos para pensar la blanquitud como un modo de discriminación y racismo en el capitalismo y, aún más, observar cómo es que se trata de algo que tendríamos que concebir como un genocidio.
1. La subordinación del valor de uso
El capitalismo, se ha dicho, consiste en la entrega o sacrificio del valor de uso como ofrenda para la realización del valor mercantil, esto es, subordinar las propiedades cualitativas de los objetos para realizar el valor de cambio de esos objetos. Se trata del proceso de subsunción analizado por Marx en El capital: subordinar el proceso de trabajo a favor del proceso de valorización. Esta subordinación se volvió, desde hace ya algunos siglos, el “imperativo categórico” de todo tipo de vida humana.
Si el ser humano quiere autorreproducirse, es decir, vivir, sólo podrá hacerlo si valoriza valor. Este momento mercantil es, trágica o absurdamente, la mediación para la reproducción social en cualquier proceso llevado a cabo por el ser humano. En este hecho consistiría la enajenación moderna —la pérdida de la capacidad política—, a partir de la cual, para Echeverría, se genera todo un conjunto y multiplicidad de contradicciones, explotaciones, negaciones, represiones, opresiones o conflictos, los cuales, haciendo la vida imposible de los seres humanos, constituyen el drama de la existencia cotidiana.[2] A partir de aquí, pretendemos comprender la generación de la exclusión, discriminación y racismo en el capitalismo.
2. La subsunción de las identidades
En los inicios de su expansión, el capitalismo fue un hecho traumático para todas las sociedades, y lo fue aún más para aquellas que no pertenecían al occidente-europeo. De pronto, en algunas cuantas generaciones (cuando no en un sola generación), los seres humanos comenzaron a organizar el “centro de gravitación” de su vida en torno a la producción de plusvalor o incremento de capital. Este hecho implicaba empobrecer la riqueza cualitativa y concreta de la vida humana, a favor de enriquecer el aspecto cuantitativo de una lógica abstracta.
La introducción de las sociedades en la lógica capitalista no sólo exige de ellas producir, circular y consumir objetos con las leyes mercantiles vigentes, sino que también impide reproducir libremente sus formas culturales o identitarias. Asistimos actualmente a una nueva forma de subsunción del valor de uso: la subsunción de los rasgos cualitativos de los seres humanos, quienes no sólo tienen que abandonar sus formas culturales dispendiosas o disfuncionales para la valorización, sino que también deben modificar y, en algunos casos, anular las “formas naturales” de sus rasgos físicos.
Se trata de una subsunción de las identidades que ya no es sólo formal (en la que el capitalismo simplemente afectaría desde fuera sus formas culturales y en la que sus rasgos identitatirios no se verían tocados). Se trata, en cambio, de la subsunción real de las identidades culturales al capital, la cual afecta la producción y reproducción de los rasgos identitarios. Las culturas o las sociedades ya no son las que deciden sobre sus rasgos naturales o formas y objetos, sino es la demanda que hace el capital la que selecciona el derecho a la reproducción de sólo aquellas identidades que serán funcionales para la valorización.
Producto de esta subsunción real, surge la creación de una identidad artificial que Echeverría nombra blanquitud. La blanquitud no se basa en un principio de identidad de orden racial, sino en una pseudoconcreción identitaria del nuevo homo capitalisticus. Bolívar Echeverría nos presenta la creación y fuerte empuje de esta nueva identidad artificial propiamente capitalista que, aunque recurre al rasgo étnico de la blancura, no se basa en características raciales, sino sólo se trata de una “blancura ética”.
3. Blancura y blanquitud
Bolívar Echeverría distingue entre blancura y blanquitud. La blancura se refiere a los rasgos étnicos o raciales del ser humano “blanco” y se centra en las características naturales o biológicas, como la constitución corporal o el color de piel. Por otra parte, la blanquitud —que no es lo mismo que blancura— no se refiere a la identidad de orden racial, sino que hace referencia a ciertos rasgos éticos que expresan blancura (“ético” o “rasgos éticos”, no tienen ninguna implicación de orden moral, sino que —tomando una de la acepciones de la palabra ethos— hacen referencia al comportamiento de los seres humanos). Por ello, la blanquitud se refiere a una identidad que se concentra en características sociales de un determinado comportamiento, el cual no sólo tiene que mostrar aquiescencia al capitalismo, sino que también tiene que percibirse sensorialmente; tiene que verse en rasgos que expresen “blancura ética”, no sólo física, es decir, no sólo tiene que percibirse en el “porte” o postura, en cierta mirada, gestos o movimientos, sino también en cierto tono de habla o cierto lenguaje.
El concepto que a Bolívar Echeverría le interesa abordar y criticar es precisamente el de blanquitud, no así el de blancura. Echeverría no crítica a los sujetos o sociedades de raza blanca, sino que denuncia el aparecimiento y extensión avasalladora de un tipo de identidad artificial.
La blanquitud es el resultado de que los seres humanos tienen que hacer cuerpo y carne el capitalismo; somatizar su demanda. La santidad económica del trabajo debe hacerse visible (entendida esta santidad no sólo como la devoción profesada a la producción, sino también como su sanidad —el cuidado, higiene y limpieza que exige—). Por ello, no sólo bastará tener una actitud productiva, sino que será necesario dar apariencia de “pureza” a esa productividad.
4. Autorrepresión productivista y apariencia de blancura
La autorrepresión productivista es lo constitutivo de un comportamiento capitalista. En principio, la apariencia y el color de las personas no sólo es algo secundario, sino en realidad innecesario para la producción y generación de plusvalor. Ser capitalista no requiere ninguna identidad; no requiere rasgos ni colores de piel determinados.
Sin embargo, debido a la historia concreta del capitalismo, la blanquitud incluye ciertos rasgos étnicos o raciales de la blancura del “hombre blanco”, pero sólo cómo encarnaciones (como significantes, como contenido de la expresión o como parte perceptible o visible) de otros rasgos más decisivos de orden ético. Dado que el capitalismo, por una serie de decantaciones históricas, es un hecho noreuropeo, donde las poblaciones son mayoritariamente blancas, este hecho hizo que se generara una confusión: la idea de que la apariencia “blanca” se asimilara a esa visibilidad indispensable del comportamiento capitalista.
Este hecho no significa que quien es blanco debe ser capitalista, sino que retrata la creencia de que la productividad se debe acompañar indispensablemente de una blancura racial que, cuando no se tiene, puede alcanzarse con la blanquitud, que sería la creación artificial de esta apariencia blanca. Pero este hecho obedece a una confusión. Se basa en el error del quid pro quo, del tomar algo por otra cosa. Se adopta la apariencia blanca en vez de sólo comportarse productivamente. Pero este es el lugar de la confusión. Se cree que el fundamento de la producción capitalista no sólo radica en el comportamiento ético, sino también en una forma étnica particular. La blanquitud se concentra en características de comportamiento que parten de características biológicas creyendo que es suficiente demostrar éstas para ser considerado blanco.
Pese a todo, la existencia de la blanquitud no se explica tan fácilmente, pues cuando tiene lugar la subsunción real del capitalismo, no sólo basta con ser productivo, sino que hay que mostrar esa productividad con una apariencia que corresponda con el capitalismo. El racismo de la blanquitud exige que los individuos no sólo sean altamente productivos y funcionales, sino además que incluyan en su productividad otros rasgos para que los sujetos, si bien pueden no-ser de raza blanca, sí, por lo menos, deben parecer de raza blanca. En otros casos, bastará sólo con mostrar su blanquitud —su apariencia blanca— para que un individuo o sociedad no sea aislado ni discriminado o para ser aceptado.
Se trata de tener la apariencia que está en capacidad de corresponde
r a la solicitud de pureza o higiene que exige el capital para una adecuada valorización del valor. Esto hace que haya gente de raza blanca y que no participe de la blanquitud. Y que haya gente no blanca o de “color” —el “color” que éste sea— y que participe de esta blanquitud. Para dejar ejemplos claros de la blanquitud ética, Bolívar Echeverría enuncia a Condoleeza Raicce, Barack Obama, Junichiru Koisumi, Alejandro Toledo o la versión caricaturizada de la blanquitud: Michael Jackson. El propio presidente Calderón representaba para Echeverría esta actitud: el porte, la cara limpia, relajada y reluciente ante la cámara.
Los seres humanos incluyeron entre sus determinaciones básicas pertenecer de alguna manera a la raza blanca. Así, la blancura étnica queda subordinada a la blanquitud ética, es decir, el orden racial se subordina al orden ético. Esto quiere decir que incluso no bastará ser blanco, hay que demostrar esa blancura comprobando la blanquitud. Esto obliga a que seres humana blancos, para ser considerados winners deban demostrar su blanquitud y esta también es la razón de que los humanos no-blancos puedan ser considerados blancos sin tener que blanquearse el color de piel, sino con sólo mostrar su blanquitud ante la vida capitalista.
5. El proceso de blanqueamiento: el “grado cero” de la identidad
¿Cómo construir una identidad humana en la que la voluntad “libre” y espontánea se encuentre confundida e equiparada con esa tendencia irrefrenable a la valorización? ¿Cómo hacer que los sujetos crean que están reproduciendo una identidad concreta o cultural —que es ahí donde yacería lo “propiamente humano”— sin que perciban que es una identidad falsa y artificial? La solución a estas preguntas la ofrece la identidad de la blanquitud.
El capitalismo tiene un poderoso impulso homogeneizador que esquiva, cuando no integra o elimina, las identidades naturales que le presentan resistencia. Puede imponer sobre ellas la nueva tendencia de la blanquitud. Esto se logra mediante un proceso en el que s
e desaparecen aquellos rasgos naturales o corporales de los seres humanos que pueden ser considerados disfuncionales para la valorización. Este hecho se cumple, primero, por medio de corregir los excesos de los rasgos naturales o fenotípicos de los sujetos; adecentarlos, quitarles lo extravagante, excesivo y estorboso que puede haber en ellos; disminuirlos al mínimo cuando éstos no puedan ser desaparecidos. Esto es alcanzar el “grado cero” de la identidad.
Una vez adecentados o domados, sobre esta identidad mutilada pueden sobreponerse nuevos rasgos articiales, los cuales, ahora sí, están en capacidad de portar esta blanquitud. Esto hace que los seres humanos se avergüencen de sus rasgos y crean poder eliminarlos y produce la mutilación de un gran número de cualidades de las corporeidades “naturales” por el esfuerzo por hacerlas caber en el molde de la blanquitud.
La blanquitud se convierte en la nueva identidad universal. De consistencia pseudoconcreta, falsa o artificialmente creada, destinada a sustituir las identidades culturales con la nueva “identidad franca” capitalista. Es una identidad artificial porque corresponde al telos de una lógica abstracta, que es en sí misma es a-política: la lógica de la acumulación de capital.
Orgullosas de sus orígenes ancestrales y étimos, todas las identidades nacionales no pueden dejar de incluir ciertos rasgos de la blanquitud. Todos los Estados nacionales incluirían estos rasgos que no serían suyos y de los cuales ni siquiera notan su artificialidad; volviéndose los Estado nacionales en los principales promotores de esta nueva identidad franca.
6. Blanquitud y capitalismo: selección, discriminación y racismo
La selección es un método practicado por el capitalismo. Se trata de reprimir y bloquear todo posible enriquecimiento cualitativo de la existencia y, en cambio, desarrollar todo enriquecimiento cuantitativo. La historia de la modernidad capitalista puede ser relatada como el proceso de selección y perfeccionamiento de técnicas de producción, cuyo diseño estructural tiene el objetivo de realizar sus funciones de un modo cada vez más económico.
Este proceso de selección no sólo concierne a las técnicas de producción, sino también se extiende a los comportamientos humanos. El capitalismo elige realizar sólo aquellos comportamientos que servirán para la valorización e impide aquello que serán disfuncionales.
Así, son reprimidos las distintas “formas naturales” o rasgos cualitativos de los sujetos individuales o colectivos. Se trata de la blanquitud que, en esencia, trae consigo una metamorfosis de la discriminación racial. Bolívar Echeverría explora una nueva forma de racismo, aparentemente más sutil pero que posee la capacidad de ser mucho más eficaz en sus alcances genocidas que los anteriores modos de racismo.
Ya no solo se trata de la creación de estereotipos, sino que la modernidad capitalista se acompaña inherentemente de la discriminación y del racismo. El racismo que promueve el capitalismo es una mezcla de racismo arcaico y moderno porque conjuga la discriminación racial —que sería propia de sociedades premodernas— con la discriminación ética. El racismo y la discriminación se vuelven una práctica normal, cotidiana, cuyos agentes de realización son todos los seres humanos, quienes a un tiempo se convierten en homicidas o suicidas de sus propios rasgos naturales. Sin embargo, este proceso es visto como un hecho que se mueve a la par del inevitable desarrollo histórico; con la globalización u occidentalización del mundo.
8. La neo-identidad mercantil
Se trata de empatar el lado cultural con la identidad mercantil. Con este hecho se genera una nueva concepción de la alteridad como un modo peculiar de otredad racial, pues sólo aquellos que se nieguen a practicar el comportamiento de la blanquitud, serán aliens, extraños: serán lo otro.
Se trata de una identidad abstracta, aparentemente inclusiva porque en ella hay espacio para cualquier ser humano, siempre y cuando acepte reducir al mínimo sus rasgos naturales concretos. Si se comprueba la blanquitud se puede dejar de ser extranjero, morocho, cholo, moreno, clandestino, indocumentado o inmigrante. Se trata de la posibilidad de acceso a un mundo “realista” mediante la mutilación de las identidades concretas y naturales del ser humano.
La modernidad capitalista contiene mecanismos de construcción de identidades, pues no sólo puede modificar genéticamente a los seres humanos, sino aún más: puede crear rasgos culturales a su antojo y, con ello, la identidad mercantil le tiene los días con a las identidades naturales; muestra que los dispositivos identitarios son endebles.
9. Genocidio y aniquilación
Esto genera nuevas formas de exclusión, tan represoras como las anteriores y que apuntan a algo mucho peor. Los datos permiten pensar que se trata de algo que tiene que ser considerado un genocidio, pues asistimos a la “lenta”, casi imperceptible pero sistemática Vernichtung o aniquilación de identidades. A pesar de que se trata de algo “normal”, que incluso es apreciado como un proceso progresivo y positivo para los sujetos, se trata de un extermino sutil.
La valorización abstracta del valor, apunta a desaparecer las dimensiones identitarias que aún no han sido o que simplemente no pueden ser integradas en la valorización del valor. Por ello, la blanquitud expone un nuevo programa genocida.
Es —dice Echeverría— una nueva masacre masiva (masskilling), que discretamente tiene lugar todos los días en nuestro tiempo, sobre todo en el “Tercer mundo” como, por ejemplo, el asesinato de los trabajadores migrantes mexicanos y latinos en la frontera entre los Estados Unidos y México.[3]
Cuando se habla de genocidio se piensa en Auschwitz, Ruanda, la conquista de América, Guatemala, etc., pero no creemos que un genocidio está ocurriendo ahora mismo. Cuando hablamos de la blanquitud, no encontramos en un primer momento los patrones normales de un genocidio. En efecto, no hay ningún agente o una entidad estatal controlando la desaparición de estos rasgos identitarios; se carece de toda una estructura administrativa que genere una organización técnica con la cual poder llevar a cabo esta masacre; no hay campos de concentración; no hay deportaciones en trenes, ni ejércitos o policías estatales organizando persecuciones. Se trata de un “genocidio moderno”.
El aparato conceptual del discurso actual no está en capacidad de pensar este hecho porque no puede integrarlo. Por ello, el término genocidio exige un replanteamiento. El genocidio, racismo y discriminación deben pensarse ahora íntimamente relacionada con el capitalismo. El racismo tiene que ser un concepto que no debe restringirse al aspecto biológico, pues obligado por la circunstancias debe pensarse relacionado con el comportamiento de los seres humanos, que no los deja ser libres, los reprime.
De modo tal que, aunque bienintencionados, buena parte de los esfuerzos por eliminar el racismo serán ingenuos, pues, para Echeverría, el racismo y la discriminación seguirán existiendo y se volverán algo normal, mientras exista el capitalismo.
Seguimos en la historia cruel pero ya sin fundamento de la selección “natural”, pero generada ahora artificialmente. Aun cuando gracias a los desarrollos modernos de los que se enorgullece el ser humano, ya no es necesario la división entre fuerte, apto, débil e inadaptable, etc., asistimos una versión remozada de las selecciones naturales arcaicas y premodernas.
[1] Platón, Banquete, 210 a
[2] B. Echeverría, La contradicción entre el valor de uso y el valor en El capital de Karl Marx, pp. 8-9.
[3] B. Echeverría. Conferencia, p. 9.
jueves, 21 de abril de 2011
CAPITALISMO: VIOLENCIA Y ESTADO MODERNO I/II
Pese a todo, la violencia no puede permanecer interiorizada sólo en las mercancías. Ello implica que, aunque las mercancías son las principales portadoras del mensaje de la “forma de valor”, este mensaje toma cuerpo en la forma del Estado, sólo en la medida en que éste se vuelve una empresa estatal de acumulación de capital.[1] El estado ha sido el sujeto “pseudonatural” o la empresa en torno a la cual se ha organizado la vida social, que disfraza de “proyecto” humano lo que en realidad es un impulso automático de la “vida” del capital.
Para Marx, la esencia humana radica en su politicidad, es decir, en la capacidad y necesidad del ser humano de autoconfigurarse; de dar una forma determinada al conjunto de relaciones de convivencia que mantienen entre sí. Sin embargo, en la modernidad capitalista, la politicidad del ser humano está siendo usurpada por el funcionamiento del mercado. La vida de la sociedad es una vida “cosificada” porque las relaciones de convivencia entre los individuos sirven de soporte a una especie de “vida social” que llevan entre sí las mercancías.[2] Por ello, la existencia del Estado no es imperiosamente necesaria en las sociedades mercantil-capitalistas, sino más bien prescindible porque la valorización del valor es quien impone sus disposiciones y no son los Estados quienes resuelven los asuntos de la vida pública.
Así, Bolívar Echeverría, en Vuelta de siglo, se pregunta: ¿cuál es la necesidad de existencia del Estado nacional? Basados en los términos de “forma natural” y de valor, la necesidad de que exista el Estado nacional está dada por la ineludible dependencia del plano de valor mercantil respecto de su soporte o vehículo al que subsume: la “forma natural”. Aunque subsumida, dice Echeverría, la “forma natural” de la reproducción de la vida social es de todos modos el fundamento y la condición indispensable para la existencia de la “forma de valor”.[3] En el Estado nacional, el plano de la “forma natural” es representado por la existencia de una comunidad que entraña dos magnitudes, población y territorio, cuyo telos no es su libre y “natural” autorreproducción, sino el telos artificial de la producción de valor. El territorio y la población no son en sí mismos sino en cuanto sirven de soporte —demográfico y geográfico— al productivismo capitalista.
¿Cuál fue la necesidad del surgimiento del estado nacional? Puesto que en el inicio de su despliegue el proceso de acumulación de capital aún no había podido funcionar coordinadamente a escala mundial, debió repartirse en concurso competitivo de muchos conglomerados de acumulación de capital a nivel nacional, identificados territorial y étnicamente a lo largo del planeta. Así, los Estados modernos se volvieron empresas colectivas de acumulación de capital, capaces de ganar una posición en el mercado mundial en virtud de que aglutinan patrimonios privados —unos simplemente mercantiles y otros mercantil-capitalistas— y de que están dispuestos a aprovechar y compartir el territorio y población, los cuales aseguran su dominio sobre esta base social-natural puesta a su disposición.[4]
Pese a todo, actualmente surge una entidad estatal trasnacional, aún en ciernes y difusa, que responde espontáneamente a la necesidad apremiante de crear un gobierno planetario, cuyas disposiciones sobrepasan y subordinan la toma de decisiones del Estado nacional. La pérdida de soberanía de los Estados nacionales y la sustitución del Estado en el cumplimiento de sus funciones son prueba de ello. Las decisiones tomadas anteriormente por el Estado, hoy pertenecen a entidades transnacionales: el Banco Mundial, el FMI o la OMC. Estas instituciones responden a la necesidad de poner en pie un gobierno planetario guiado por la economía capitalista.
A todo ello se agrega que, en esta vuelta de siglo, a causa de la globalización del predominio del monopolio de la tecnología sobre el territorio y la población, se ha desautorizado a la tradición que hacía del Estado el recurso privilegiado de la acción subsumidora del capital. Actualmente es más importante el monopolio de la tecnología que el monopolio social “natural” del territorio y población.
[1] B. Echeverría, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006, p. 264.
lunes, 7 de febrero de 2011
LA RELIGIÓN DE LOS MODERNOS Y EL FETICHE DE LAS MERCANCÍAS

Aunque espantados por el desorden que podría desatarse, Nietzsche y Dostoievski admitieron el anuncio pregonado por la modernidad capitalista de que ella había matado a Dios. Tal muerte implicaba que la secularización liberal podría encargarse de los asuntos políticos de la sociedad rescatándolos de su sujeción a los asuntos sagrados. Esta “conquista” de la secularización de lo político, iniciada con la reforma protestante y completada en el siglo de las luces, consistía en la instauración de un aparato estatal —estructura o dispositivo institucional— puramente funcional que aparentemente sería neutral frente a toda “ideología”.
Sin embargo, Marx se resistía a admitir el anuncio de la muerte de Dios. ¿Es cierto que en la época moderna han desaparecido los Dioses? Marx contesta que son falsas las pretensiones de ateísmo de la sociedad civil y se burla de la pretensión desacralizadora liberal en torno a que la autonomía de lo humano se encontraba alejada de la religiosidad.
¿En qué reside la religiosidad moderna? Apoyado en Marx, para Echeverría hay una religiosidad moderna que se basa en la presencia de objetos de eficiencia milagrosa o de presencia meta-física. Estos objetos son los fetiches modernos. Los fetiches permiten alcanzar, por medios sobrenaturales, un efecto imposible de alcanzar por medios físicos o humanos.
En cuanto dotan de socialidad a los individuos, las mercancías son los fetiches en la modernidad. Desligados de la anterior politicidad religiosa, inicialmente los individuos modernos no estaban en condiciones de re-fundar su socialidad en una politicidad propiamente humana. Así, a causa de esta carencia, tuvieron que organizar su socialidad en torno a una socialidad que no emanaba de lo humano.
Al definirse el individuo como propietario privado de una riqueza social, como productor/consumidor de bienes, y organizar su socialidad como socios de empresas, esta socialidad no es auto-impuesta o decidida libremente por ellos mismo, sino es reflejo de una socialidad diferente: la de los objetos mercantiles. Como representantes terrenales del valor que se valoriza, la función fetichista de las mercancías es actuar como posibilitadoras de la socialidad humana; una socialidad que los humanos no podrían alcanzar por sí mismos. Las mercancías re-ligan a los seres humanos. Este hecho posibilita que el mercado sea el “locus privilegiado” de la vida social moderna.[2]
Con ello, para Echeverría, se confirma nuevamente que el “drama” de los sujetos no es autoimpuesto o libremente elegido; su “dicha” o “desventura” es, en cambio, producto de la socialización festiva que tienen las mercancías entre sí. La odisea cotidiana de los seres humanos es producto del conflicto trágico entre la “forma natural” y la valorización del valor. Un drama artificial que, sin embargo, viven como “natural” porque lo han “naturalizado” y, por ello, les resulta incuestionable e irrefutable.
¿Cuál es el nuevo Dios? Según Echeverría, en el lugar que antes ocupaba el fabuloso Dios arcaico se ha instalado un dios secreto pero más poderoso: el valor que se autovaloriza. La confianza ciega en la acumulación de capital es el incuestionable e irrefutable dogma de fe de la religión moderna, el cual afirma al modo de producción capitalista no sólo como inevitable, sino como el “mejor de los mundos posibles”. El mercado es quien tiene “la última palabra” y quien conduce a la sociedad porque sabe lo que conviene a ella.
Así, la nueva “santidad secular” de los individuos radica en su autorepresión productivista para el resguardo de la producción de riqueza capitalista. Esta nueva ecclesia carece de un texto revelado porque no lo necesita; su texto está revelado en las mercancías mismas. Donde el primer Decálogo de la Iglesia Católica dice: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, la religión moderna en cambio sólo necesitaría un único mandato: valorizarás Valor sobre todas las cosas.
[1] B. Echeverría, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006, p. 44.
[2] B. Echeverría, “Postmodernidad y cinismo”, Las ilusiones de la modernidad, México, UNAM-El equilibrista, 1995, p. 43.
[3] B. Echeverría, Vuelta de siglo, p. 47.
