lunes, 2 de julio de 2012

Empate técnico

¡Señoras y Señores! ¡Ladies and Gentleman! ¡Tenemos un empate técnico! Nuestras encuestas de salida y un sistema electoral antidemocrático nos dan dos ganadores indisputables: Televisa y la desinformación, que, dicho sea de paso, no son más que las dos caras de una misma moneda.
    Antes de dormir, pongan doble chapa a sus puertas porque los ladrones y asesinos serán ahora nuestros “jefes de Estado”. Cierren bien sus puertas, pero sobre todo cierren sus bocas, sus ojos, sus oídos, su gusto y su tacto. Cierren sus bocas para que no sean víctimas de la represión; cierren sus ojos para que no sean humillados por el exposé televisivo; cierren sus oídos para que no sean avergonzados por la “lógica” rebosante de la estupidez y del sin sentido; cierren su posibilidad de saborear para así evitar las náuseas de un sistema podridísimo; procuren no sentir para que no perciban la violencia, cuyo onanismo alcanza su máximo orgasmo con la condena a la tortura del cuerpo humano.
    Sin embargo, hay una excelente noticia: las condiciones objetivas (por vía negativa, claro) para la creación de conciencias políticas vuelven a estar dadas.

viernes, 29 de junio de 2012

En el mismo barco

♪♫Sin chamba, pues cómo 
poder sin chamba♪♫


Y heme ahí. Primero: a pararse temprano. Después: a ponerse guapo (en la medida de lo posible). Y a salir a buscar trabajo. A ver si encuentro una prepa donde me den unas cuantas horas. Tampoco quiero muchas. Sólo es para taparle el ojo al macho. Un ingreso extra y un poco de experiencia en nivel “medio-superior” no le cae mal a nadie. Y qué mejor que la chamba esté cerca de casa (para no gastar tanto dinero en pasaje ni invertir tanto tiempo en el traslado; nunca por simple comodidad). Pero, como en cualquier otro barrio de la “prole”: no hay muchas escuelas privadas.
Previamente había hecho un recorrido mental para ubicar las prepas particulares que se encuentran cerca de casa. Pero por más que recorría mentalmente las calles y avenidas de mi ciudad —¡que vaya que las conozco como la palma de mi mano!— no recordaba más que sólo dos escuelas. Es lo malo de estar “jodidos”: si no hay acceso a la educación pública, menos a la privada. ¡Tendré que salir a buscar el trabajo un poco más lejos!
Salí temprano y recorrí el oriente del DF. Tampoco hay muchas escuelas particulares. Triste. Muy triste. A mí me da igual no conseguir trabajo. Pero lo que no soporto es saber que para las “clases bajas” está bloqueada la posibilidad (derecho) de acceso a la educación tanto media como superior. Puesto que las familias no tienen dinero para pagar escuelas a sus hijos, tampoco hay instituciones que quieran instalar sus centros educativos donde nadie los pueda pagar. ¡Obvio! Las leyes del mercado son las leyes del mercado. ¿Qué se le va a hacer? No tiene caso la formación educativa cuando es más apremiante generar un poco de dinero. Sea como sea, los jóvenes deben generar ingresos: ya sea en el comercio “informal”, en los negocios de sus padres, de obreros mal pagados o vendiendo droga. Se trata de entrarle a donde el reparto “azaroso” de las “fuerzas productivas” lo acomoden a uno.
Mientras se viaja por las calles y avenidas del oriente de la ciudad se percibe la marginación y desigualdad a las que son condenados cientos de miles de individuos por parte de un sistema educativo. Y aún más, pues pensado a un nivel de mayor alcance, esta condena a la exclusión proviene de un orden social que no sólo legitima y promueve la miseria sino también la hostilidad entre los seres humanos.
Finalmente, por la tarde, terminé mi recorrido por la búsqueda de centros escolares al oriente de la ciudad. Antes de llegar a casa pensé en pasar a las dos escuelas privadas de mi Ciudad. Cuando llegué a la primera de ellas me di cuenta que era de nivel secundaria (no había nivel preparatoria). Ni modo. Entones me trasladé al otro centro escolar que recordaba. Dejé mi curriculum y tomé rumbo a casa. El día ya se había hecho tarde y acababa de llover. El resplandor del sol se proyectaba sobre el asfalto mojado. Decidí ir caminando a casa para recorrer esas calles que son mías pero que ya he dejado de andar. Son las calles que cuando tenía 17 años caminaba todos los días para regresar a casa después de asistir a la preparatoria oficial.
Todo sigue igual (algunas casas más grandes). Mi caminata casi concluía porque ya estaba cerca de casa. Me esforzaba por retener el aroma de estas calles porque sabía que tardará un tiempo más para volverlas a caminar. Pero el ruido de unas sirenas de patrullas y de dos helicópteros (uno de Radio Red y otro de la policía) no me dejaban disfrutar los aromas de mi andar ni me permitían observar el sol reflejándose en los charcos.
Noté el movimiento de patrullas. Me preocupé porque advertí que algo grave estaba sucediendo. Pensé que si uno vive en barrio “pobre” ya tendría uno que haberse acostumbrado a los conflictos. Pensaba también que no es fortuita la violencia en las colonias de esta Ciudad. ¡Claro! No se necesita un doctorado para saber la razón.  “En los “suburbios” a menor educación, mayor violencia”. Ésta, me imagino (no sin cierta mezcla de cinismo y de ingenuidad), ha de ser una ley “científico-social” para los sociólogos. En estas condiciones de marginación es donde, “naturalmente”, tienen que estallar todas las contradicciones sociales de un sistema destructivo: ignorancia, robo, pobreza, violencia, malestar, violencia sexual, etc., etc., etc.
Ya estaba a cinco minutos de casa. Las patrullas no dejaban de pasar. La gente a fuera de sus casas. Había mucho movimiento inusual. Escuché disparos. ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! Todos a ocultarse en sus casas. Yo seguía caminando. Me di cuenta de que el conflicto estaba a treinta metros de mi domicilio. ¡Bam! ¡Bam! A arrinconarse al costado de una pared. Mucha gente observaba el hecho. Se asomaban desde sus zaguanes. Todos esperaban lo peor. El ojo voyeur debe alimentarse de vez en cuando de ese peculiar color rojo que sólo proyecta la sangre.
—¿Qué pasa? —le pregunto a mi vecino que trabaja como repartidor de garrafones de agua—.
—No sé bien. Pero los chavos de la herrería se están agarrando a balazos con los policías —me constesta.
Los chavos de la herrería, mis vecinos, disparaban porque se resistían al arresto pero se encontraban rodeados por decenas de policías de varias corporaciones: municipales, ministeriales y federales.
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! A ocultarse de nuevo. ¿Y qué hago yo en medio de tanta gente? Como todos, viendo el tiroteo a sabiendas de que nadie tiene nada que hacer ahí (por aquello de las “balas perdidas”). ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! A la serie de mirones se agregaba la mirada expectativa y angustiada de varias decenas de madres, pues frente al domicilio de donde salían los disparos se localiza un kínder. Los niños se encontraban dentro. Después nos enteramos de que sus maestros tuvieron que servirse de las estrategias que emprenden los profesores de Ciudad Juárez en situaciones similares: primero, ponerse boca abajo sobre el suelo y, después, cantar junto con los niños alguna melodía de Barney.
El tiroteo se prolongó por varias horas. Mejor me fui a casa a comer (sí, el hambre no se me espantó). Mientras tanto, los equipos de asalto de la policía arribaron al lugar. ¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! La prioridad era sacar a los niños del kínder de la línea de fuego.  Así lo hicieron.
Pensaba, mientras escuchaba las detonaciones, que los chavos de la herrería, mis vecinos, estaban siendo abatidos no por los policías sino por el mismo sistema excluyente que en la mañana me había sacado de mi colonia para buscar trabajo en otros lados, es decir, la falta de educación y, en general, la falta de un horizonte de apertura de posibilidades para los jóvenes de los barrios “bajos”.
En ese pequeño espacio, cercado por la policía, se cerraba todo un círculo vicioso. Adentro del kínder se encontraban niños que muy probablemente están condenados a una vida que no abrirá posibilidades de desarrollo para ellos. Niños cuyos padres deben dejar abandonados en ese kinder para que puedan cumplir con su jornada laboral de 10 horas. Niños que, algunos de ellos, en 15 años deberán buscar formas de ingreso ilícitas y que quizá se vean en la misma situación que la de sus congéneres, quienes, en ese mismo momento, con disparos libraban una lucha contra los policías para no ser arrestados. 
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam! Yo comía en casa pero los disparos taladraban mi mente y el sobrevuelo bajo de los helicópteros hacía vibrar los vidrios de las ventanas. Fue estremecedor y doloroso saber lo que sucedía “allá fuera”.
Sin embargo, en medio de todos esos disparos, hubo un hecho que contrastaba grotescamente con lo que sucedía: apareció un arcoíris. En la ciudad los arcoíris ya son cosa rarísima. La gente volteaba a ver el cielo y notaba que algo hermoso estaba sobre sus cabezas, al tiempo que abajo sucedía un hecho terrenal que todos se esforzaban por comprender. Entre sí, la gente señalaba al cielo: —¿Ya viste? —se decían—. Las personas no sabían bien hacía dónde mirar: no sabían si poner atención al conjunto de significaciones “salvajes” que emanaban de la balacera o, en cambio, “distraerse” de eso y, más bien,  mirar al cielo. Por más “romántico” que pueda sonar, era como si el arcoíris nos gritara y nos dijera a todos: la única forma de negar y trascender la violencia es mediante lo “sublime”: el territorio del arte.
Finalmente, un muerto y dos heridos. Todos ellos pertenecientes a la familia de donde salían los disparos, es decir, en este cuento de policías y ladrones, sólo hubo “bajas” entro los “malos”. No hubo “daño colateral” (aunque me pregunto: puede sostenerse la ausencia de “daño colateral” cuando la violencia que todos observábamos en silencio provenía directamente de la marginación). Quien falleció y quienes resultaron heridos pertenecen a tres generaciones de una misma familia. Los dos heridos: un joven, que no llega a los 20 años, y su padre, un adulto que no rebasa los 40. Quien falleció: el abuelo de 60, el mismo señor que (con un escandaloso resonar jarocho) siempre me pregunta(ba) por mi padre: —¿Y el paisita? ¿Dónde está mi paisita?
Eran mis vecinos, quienes, según el periódico de la nota roja del día siguiente, se dedicaban a extorsionar y secuestrar. Ni modo (¿?). Así será mientras nada de esto cambie estructuralmente.

jueves, 31 de mayo de 2012

Saltar sobre la propia sombra

Sólo un punto: el movimiento 132 se declara apartidista, es decir, no apoyará algún candidato. Bien (en verdad, bien). Sin embargo, la declaratoria apartidista ha quitado sin querer una de las principales consignas de este movimiento: estar en contra de Peña Nieto (y espero que ello no suceda). Creo que propugnar por un “relativismo” apolítico es única y exclusivamente válido en términos formales, pero propugnar por un relativismo absoluto (contradicto in adiecto) lleva al movimiento a desvanecerse en términos políticos.      
El movimiento 132 se ha visto llevado a una contra-dicción; una contradicción que por cierto no proviene de una deficiencia de los estudiantes, sino que es producto del modo cómo perversamente está organizada la democracia electoral de este país. No se puede ser apartidista en un movimiento que quiere incidir en las elecciones y que para hacerlo tiene los días contados (quizá el poco tiempo que se tiene sea el problema).
Pese a todo, el trasfondo de este impasse proviene en realidad de un núcleo contradictorio: el 132 es (o debiera ser) un movimiento social que apunta a la resistencia pero que pretende incidir en objetivos político-institucionales. Y la resistencia social y la política son dos cosas muy distintas. Por ello, para ser efectivo, el 132 debe platearse en términos radicales.

martes, 29 de mayo de 2012

Mar de fondo


Ante el anuncio de la iberización de la UNAM y la unamización de la Ibero,  creo que el movimiento Yo soy 132 debe ser observado críticamente y no con el ánimo de detractarlo. En efecto, el 132 ha reunido a los estudiantes, sobre todo, universitarios, tanto de universidades privadas como públicas. Eso ya es loable.
Lo que comento a continuación se basa  en la experiencia del mitin-marcha al que se convocó el pasado miércoles 23 de mayo en la Estafa de Luz. Creo que los motivos de protesta o indignación entre las universidades privadas y públicas son completamente distintos. Y esto pudo constatarse en la marcha de la semana pasada.
Estando ya en el Ángel de la independencia, los estudiantes no sabían bien hacia dónde marchar: hacia el Zócalo ó hacia Televisa. Decidieron, finalmente, marchar hacia Televisa en un solo contingente y como un cuerpo único. Estando en Televisa, sin embargo, el contingente se partió espontáneamente.
Los unos se quedaron a realizar un mitin frente a Televisa y los otros, en un contingente ya más reducido, marcharon rumbo al Zócalo. Los primeros eran sobre todo estudiantes de universidades privadas y los segundos de públicas. Y creo que esto es muy significativo porque representa el trasfondo y la perspectiva política que manejan ambos “tipos” de universitarios.
Los estudiantes que permanecieron ante las instalaciones de Televisa, los de las privadas, concentraron sus demandas sobre todo en: 1) un NO rotundo o Peña Nieto; 2) veracidad en los medios de comunicación y 3) que las elecciones permitan un juego democrático efectivo.


Los estudiantes que marcharon hacia el Zócalo (que el sitio de protesta está, en sí mismo, mayormente cargado de significados), los de las públicas, tenían demandas mucho más “vagas” pero más radicales: el NO rotundo se dirigía hacia todos los partidos; se integraron más consignas de las que originalmente se habían convocado (Atenco, educación gratuita —y “primero para el hijo del obrero”—, no a la violencia, liberación de presos políticos, denuncia de los feminicidios, etc.). 


Las demandas de los primeros son sumamente reformistas; apuntan hacia la realización efectiva de una democracia liberal; y el centro de gravitación de sus demandas proviene de una indignación moral. Las demandas de los segundos, aunque más difusas y —si se quiere— utópicas, apuntan hacia algo que tendencialmente puede ser más “revolucionario”, es decir, observan el desgaste profundo de la política actual y la necesidad de su transformación radical (no reformista).
Cuando dos fuerzas distintas se reúnen pueden ocurrir tres cosas: 1) que ambas entren en un juego dialéctico que las lleve a dar más de sí mismas; 2) que sólo una salga fortalecida, lo que implica que la otra se empobrezca; y 3) que ambas se destruyan.
Espero que la reunión de estas dos fuerzas universitarias “distintas” no conduzca ni a la segunda ni, mucho menos, a la tercera de estas posibilidades. La segunda es, sobre todo, mayormente perjudicial para las demandas que “históricamente” han sostenido las universidades públicas; demandas cuya realización exigen un cambio mucho más radical y profundo al que es necesario dirigir todas las fuerzas.
Mañana sesionará el 132 en las Islas de CU y no sabemos aún qué sucederá. Espero, realmente, que suceda la primera de estas tres posibilidades.

jueves, 24 de mayo de 2012

LA HISTORIA OFICIAL Y EL SUJETO REFLEJO: una observación sobre lo que los medios dicen del 132 de la Ibero


LA HISTORIA oficial, la de los “vencedores” y los grandes relatos del pasado, enseña que los grandes momentos de la historia, tanto sus inflexiones y coyunturas, como sus transformaciones profundas y radicales, han sido protagonizadas por los magnánimos personajes; se complace en narrar las acciones singulares, la de las valerosas aventuras individuales (caudillos, presidentes, reyes, conquistadores, etc.) y gusta de las acciones colectivas de gran alcance, cuando las sociedades (re)fundan sus politicidades (independencias o revoluciones).
Pero esta vinculación directa —sin mediaciones— entre los grandes personajes, individuales y colectivos, con las grandes transformaciones históricas, parece ser falsa y desmedida. Se tiende a creer que son los grandes hombres los que activan la dinámica histórica: los visionarios, los futuristas, los valientes, los de espíritu de empresa, los atrevidos, etc. Esta inclinación por los grandes hombres tiene su origen en un pathos perverso del ser humano, que sólo pudo propulsarse en la época moderna, cuando el capitalismo se instaló como centro de gravitación de todos los valores (valores nuevos que se instalaron en todo el cuerpo social). Este pathos perverso nace con una empatía por el vencedor, por el que tiene la “razón”, por el que ganó la partida, por el dominador, por el winner, por el que las lleva de ganar o, incluso, por los ya privilegiados, por las clases dominantes, por las que encabezan los metarrelatos imaginarios (razón por la cual las telenovelas rosas, cuyo protagonistas son personajes “pudientes”, tienen tanto auge)
Lo anterior tiene pertinencia actual. Los opinadores de la Televisión anuncian con revuelo que se ha desatado un movimiento estudiantil iniciado por los estudiantes de la Ibero. Debido a su falta de presencia anterior, ahora se reconoce con gratitud a los de la Ibero (Tec, ITAM) el haber tomado la iniciativa sobre un movimiento que ha llevado a las calles a los estudiantes de universidades tanto púbicas como privadas.
Sólo quiero insistir en un solo punto. Creo que los comunicadores de la televisión —que es a partir de donde se organiza la opinión pública en general— siguen moviéndose por esta empatía por el poderoso. Dicen que son los de la Universidad Iberoamericana quienes, con el movimiento “Yo soy 132”, están originando avant la lettre la “Primavera mexicana”.
 Pero los “analistas” se equivocan de “sujeto” porque otorgan iniciativa, convocatoria y planificación a aquellos estudiantes que no dejan de ser el reflejo de un conjunto de demandas que con anterioridad llevan elaborando los estudiantes de las universidades públicas de todo el País (desde la UAM-POLI-UNAM hasta las normales rurales y escuelas estatales; y no sólo ellos, sino la sociedad en su conjunto).


Desde el 2006, desde el 99, desde el 94, desde el 68 o, incluso, desde antes (¿desde “siempre”?), los estudiantes de las universidades públicas mantienen una protesta constante y cuyo costo ha sido muy alto para su reputación, la cual siempre ha sido golpeada sistemáticamente por el conjunto de medios de comunicación que tienen el poder de la (des)información. Éstos ven en los estudiantes de universidades públicas un peligro, un riesgo. Y la mejor defensa es el ataque. Los medios y los gobiernos arremeten contra ellos cuando han salido a las calles; los llaman pseudoestudiantes, porros, grilleros; piden su encarcelamiento o el cierre de sus centros escolares (normales rurales); los persiguen y los desalojan violentamente o, incluso —so pretexto de que hay vías de “diálogo” abiertas e instituciones “democráticas” mediadoras de la discordia— los asesinan sobre el ardiente asfalto de las autopistas que deben ser resguardadas para el libre tránsito de las mercancías (Ayotzinapan). 


Aunque a regañadientes, los medios de comunicación han reconocido la iniciativa de la Ibero, pero lo han hecho sólo a causa de esta empatía por el poderoso. Los medios saben que a los de la Ibero no los pueden castigar ni censurar. Pero, en cambio, de haberse tratado de protestas provenientes de estudiantes de universidades públicas la opinión sancionadora de los medios hubiera sido la declaración de una guerra a muerte.
Por lo demás, lo importante es que, de ahora en adelante, los estudiantes de las Universidades (de Todas, sea la que sea) tendrán que trabajar en conjunto, y con toda la sociedad, si es que quieren contribuir a la transformación de la realidad de un País que está en la catástrofe y si es que quieren, mediante la lucha, explorar otra vías de convivencia social —ajenas a las actuales— que estén en la capacidad de negar y trascender el discurso violento —éste sí, violento— de la “democracia institucional”. Para tal efecto no se debe dejar a nadie fuera, sea universitario o no, de una escuela pública o no. Tal como dice la ya vieja consigna: 

♪♫Yo soy el estudiante
que sí que no el estudiante.
Yo soy el barrendero,
que sí que no el barrendero.
Yo soy el taxista
que sí que no el taxista…♪♫



***
Finalmente, a partir de la historia oficial, podríamos dar cuatro ejemplos de lo que en las grandes transformaciones ella ha postulado como los “sujetos de la historia”, sujeto, por supuesto, erróneos:
1) Para la historia establecida, fueron los criollos del siglo XVIII quienes se encargaron de la reconstrucción civilizada de la Nueva España. Sin embargo, si cepillamos a contrapelo, observaremos que fueron los indios de la América barroca del siglo XVI y XVII quienes se encargaron de la refundación de sus mundos y quienes hicieron posible la vida civilizada después de la barbarie de la conquista. Espontáneamente y sin ostentar proyectos, fue la población diezmada de los indios —aquellos que eran considerados animales, carentes de decisiones e iniciativas y sin un lugar en la historia— quienes ejercieron su sujetidad e hicieron posible la vida incluso en medio de la muerte.
2) La historia cuenta que hay “Héroes de la Patria” (Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz etc.). Dice que ellos hicieron la Independencia. Pero olvida que ellos son sólo el reflejo de un conjunto de gestiones y acciones políticas que las clases azotadas del temprano siglo XIX (y XVIII) ya venían realizando subrepticiamente y bajo represión constante.
3) La historia narra que la Revolución Mexicana tiene sus héroes institucionales (Madero o Carranza) pero olvida que fueron los que pedían trabajo, tierra y libertad quienes en realidad hicieron posible la Revolución. Zapata y Villa son los caudillos o los personajes visibles que hicieron esto último, pero incluso debajo de ellos están las poblaciones campesinas, que serían las que hicieron posible la Revolución pero que, sin embargo, la historia no les reconoce su autoría (su sujetidad), a menos que sea sólo para hacer de ellas una curiosidad de moda (como en el caso de la Soldaderas).
4) Incluso, desde los frentes críticos, el metarrelato marxista acerca de los proletarios como el sujeto de la revolución ha caído en esto. Ha querido que sean aquellos que tienen “consciencia de clase” y aquellos que se relacionan con los medios de producción quienes se encarguen de la Revolución proletaria. Pero han debido pasar más de 150 años para que se sepa que es cualquier individuo desde cualquier punto, ya sea con una actitud de resistencia mínima o trascendente, ya sea pública o en lo privado, pueda estar en la capacidad de explorar otros vías de vida que no impliquen la enajenación mercantil-capitalista.

miércoles, 9 de mayo de 2012

8 de mayo de 1945: Heidegger y el final de la Segunda Guerra Mundial


Refugiado en un castillo al sur de Alemania, propiedad de una adinerada familia de la realeza, y sofocado por las circunstancias personales en las que se encuentra, así como agobiado por los hechos devastadores por los que atraviesa la historia mundial, Heidegger es arrobado por un impulso que lo obliga a llevar a cabo la meditación a través de la escritura de diálogos. Emulando aquella manera de reflexión practicada por Platón —de la que inmediatamente se desentendió la filosofía, optando ésta por el siempre certero  y bien "razonado" tratado filosófico—, Heidegger se dedica en esos días a experimentar en el ejercicio literario-filosófico —poético-pensante, le llame él—, el cual le permite reflexionar con mayor profundidad que si lo hiciera en un estudio filosófico tradicional. Heidegger logra escribir algunos diálogos. Uno de ellos son las Conversaciones nocturnas entre un joven y un viejo en un campo de concentración en Rusia.[1] 

   Los personajes ficticios que Heidegger imagina en estas inquietantes conversaciones, un joven y un viejo, representan a dos soldados alemanes que han caído presos en un campo ruso de prisioneros de guerra. Poco antes del anochecer, después de la jornada de trabajo, los protagonistas de este relato de Heidegger discurren sobre la devastación del mundo, mientras que detrás de alambrada de púas ellos se encuentran encerrados entre los muros de una barraca pero ante la “libertad” que les provoca algo salvífico (Heilsam) procedente del susurro del bosque inmenso de Rusia.

En completo contraste con el tono firme y aguerrido de algunos escritos anteriores a la Segunda Guerra, en los que Heidegger expresa confianza segura y apoyo abierto a la Alemania nacionalsocialista [2], este peculiar texto de 1945 refleja la perturbadora depresión que su autor cruzaba por esos días. [3] Temeroso ante el futuro por el fracaso de las “esperanzas” depositadas en aquel “movimiento”, se trata ahora de un pensador afligido, decepcionado, trastornado y derrotado que, frente a la catástrofe de la Segunda Guerra y en vez de admitir la barbarie nazi, prefiere pensar una maldad intrínseca en el decurso de la historia al suponer en estos diálogos, mediante uno de sus personajes —el joven—, que “quizá, en la esencia de su fundamento, el Ser sea maligno”. [4]



Del grueso de este texto literario-filosófico, quisiera destacar únicamente la frase con la que, precisamente el mismo día en que Alemania firmó su capitulación, Heidegger da por terminado su escrito:
Castillo Hausen en el Valle del Danubio, el 8 de mayo de 1945,
el día en que el mundo festejó su victoria,
aún sin haber reconocido que ya desde hace
siglos es la víctima de su
propia sublevación.

Este tono resentido de Heidegger es revelador pero impreciso. Con desagrado acepta la victoria de los países Aliados y, con ella, el triunfo de su “visión de mundo”, pero la desvirtúa por considerarla superficial o de segundo orden. En efecto, sólo unos años antes, en los cursos universitarios que dicta, Heidegger había expresado su rechazo abierto tanto al mundo “anglosajón del americanismo” como al mundo “soviético del comunismo”; proyectos de mundo que estaban decididos a aniquilar Europa. La auténtica preocupación de Heidegger —rayana en la paranoia— por la técnica moderna y su relación con lo político, tuvo lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y durante ella; justamente cuando, para el filósofo, el Nacionalsocialismo representaba la única alternativa en contra de estas dos fuerzas metafísicas —mal llamada políticas, según Heidegger—  que se disputaban el poder mundial y que atenazaban a Alemania. El ascenso de la “noche más larga de la historia” estaba encabezado por la imposición del mundo industrializado y técnico. EEUU y Rusia representaban este mundo que entronizaba al ente desde la forma de la verdad de la técnica.


  Por ello, para Heidegger, esta “victoria” bélica de los países aliados sería intrascendente y representaría un éxito sólo para el revuelo de la “opinión pública” que afirmaba el triunfo de las “fuerza del bien” sobre las del mal. De este modo, lo  realmente relevante no consistiría en admitir esta “victoria”, sino en reconocer una derrota anterior, más “esencial”, supone Heidegger, causada por una previa sublevación del hombre, la cual sin embargo permanecía desconocida para la humanidad entera. ¿Cuál fue esta sublevación y frente a qué se sublevó el hombre? Heidegger dice que esta sublevación ocurrió hace siglos, pero ¿se trata de unos cuantos siglos o decenas de ellos? El hombre, para Heidegger, habría extraviado su sentido desde lo más inicial de los tiempos, pero sólo se sublevó cuando en la modernidad se enseñoreó como dueño del Ser. Seguramente, Heidegger se refiere tanto a esta sublevación moderna, antropocéntrica y antropolátrica, como también se refiere a una sublevación inicial (anfänglich) que ocurriera hace milenios: la que hunde sus raíces en el olvido del Ser, el cual comienzó en los tiempos más tempranos de la historia, y a partir de la cual tendrían su "origen" y "causa" todos los problemas y catástrofes cotidianas en el ámbito óntico. Para Heidegger, la destrucción entera del mundo sólo ha sido posible por una devastación ontológica.   
Además, Heidegger nos deja ver que los seres humanos serían víctimas de una de las mayores ironías del Ser. Mientras que todos festejarían la victoria de las fuerzas aliadas, ese mismo hecho representaría el hundimiento total de la humanidad en una historia de catástrofe y devastación —en la que nos encontraríamos— y que habría venido con el ascenso de la técnica moderna. Esta sería la auténtica ironía que el Ser preparaba para el hombre. Se trata de una paradoja para el Ser humano, aquel que “no hace más que dar vueltas por todas parte alrededor de sí mismo en cuanto animal rationale”.  
Por ello, en otro texto anterior Heidegger escribe:

Por eso, tal guerra ya no admite “vencedores y vencidos”; todos devienen esclavos de la Historia del Ser, para la cual, desde el inicio, ellos se encuentran demasiado pequeños y por ello han sido constreñidos en la guerra.[5]


Esta sería la historia de la humanidad entera: una historia de esclavos del Ser.  A este grado llega la desesperación de Heidegger. Puede decirse que la explicación histórico-ontológica de Heidegger sobre la devastación es impecable. Sin embargo, no hay forma de explicar atrocidades humanas como si fueran provenientes de la voluntad del Ser. Pero Heidegger se equivoca. Son estas afirmaciones las que dan forma al metarrelato heideggeriano. Culpa al Ser de la catástrofe metafísica, que es tanto como culpar a Dios del conjunto de los pecados del ser humano a causa del libre albedrío que concedió a éstos.




[1] M. Heidegger, “Abendsgespräch in einem Kriegsgefangenenlager in Ruβland zwischen einem Jüngeren und einem Ältern”, Feldweg-Gespräche (1944-45), GA, vol. 77, Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 1995, pp. 205-245.
[2] Me refiero a dos textos ejemplares que incluso alcanzan la forma de panfleto político: “Das Ende der Neuzeit in der Geschichte des Seyns” y τò χοινόν. Aus der Geschichte des Seyns”, ambos en Die Geschichte des Seyns, GA, vol, 69.
[3] En esta puesta en escena, nuestro autor proyecta las preocupaciones que tenía depositadas en sus hijos, quienes en esos momentos y en la vida real se encontraban presos en Rusia al ser capturados como soldados alemanes. Sobre este tema y la depresión por la que atravesaba Heidegger, vid.  las cartas de M. Heidegger a Elfride Petri del 11 y 23 de marzo y 3 de abril de 1945.
[4] M. Heidegger, “Abendgespräch in einem Kriegsgefangenenlager…”, Feldweg-Gespräche, GA, vol. 77, pp. 215 y ss.
[5] M. Heidegger, Die Geschichte des Seyns, GA, vol. 69, p. 209. "Deshalb läβt solcher Krieg nicht mehr »Sieger und Besiegte« zu; alle werden zu Sklaven der Geschichte des Seyns, für die sie von Anfang an zu klein befunden und daher in den Krieg gezwungen wurden".

jueves, 26 de abril de 2012

Octavio Paz: lo que no es posible re-decir II/II


El laberinto de la soledad continúa como una obra inaugural por su estilo ensayístico y es un texto referente en el pensamiento mexicano, cuyas reimpresiones, en distintas ediciones, suman 1, 088 000 ejemplares (hasta 2009). Diariamente es leído por estudiantes de secundaria y preparatoria, razón por la cual es necesaria una revisión a contrapelo de esta obra, ya que hay planteamientos que son insostenibles actualmente.
La Malinche

La determinación que Octavio Paz hace de la Malinche es completamente equivoca. Para Paz, como para todo el discurso nacionalista mexicano, la Malinche es la mujer: la penetradora traidora (sic). Sus reflexiones sobre lo femenino son parciales y machistas. En efecto, no cabe duda de que la palabra “chingada”, en el conjunto de “significaciones mexicanas”, guarda un profundo sentido machista. Sin embargo, el error de Paz consiste en trasladar estas concepciones y aplicarlas, anacrónicamente, a la figura histórica de la Malintzin.

El discurso de Paz se enmarca y adquiere sentido sólo dentro del conjunto de discursos nacionalistas que buscan un “chivo expiatorio” sobre quien descargar los puntos ciegos de la historia oficial. Estos discursos hacen creer que gracias al “entreguismo” de este personaje traicionero y femenino, la “nación mexica” se encontró en desventaja frente al enemigo extranjero. Doña Marina, según esta explicación, sería quien entregó al adversario los secretos de un pueblo y quien, fascinada por la prepotencia del extranjero, sucumbió a las riquezas prometidas de por éste y decidió vender a su pueblo y a su propia “raza”.

Por su parte, Paz intenta sostener su postura haciendo una “exegesis” de las distintas acepciones de la palabra chingada:

La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, “hijo de puta”, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación. (p. 117, edición 2009)
A partir de aquí, para Paz, la Malinche es la chingada:
La Chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta; no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina. (p. 124)

   “Su mancha reside en su sexo”, dice Paz. Además de machista, la perspectiva de Paz hunde sus raíces en la moral cristina-católica, para la cual la mujer “autentica”, fiel o prudentísima (e. d.: Santa) debe presentarse inmaculada y pura, tal como el propio rezo católico, en la Letania Lauterana, no se cansa de repetir en una de sus partes: “Madre virgen, madre santísima, madre purísima, madre castísima, madre virginal, madre inmaculada, madre sin mancha. Ruega por nosotros”.

   ¿Es cierto, como dice Paz, que la “pasividad” de la Malinche, “abierta” a la figura fálica del conquistador, la lleva a “perder” su identidad? ¿Pasividad, apertura (en el sentido de abierta a la violación), pérdida, identidad? ¿Acaso éstos son nombres apropiados para juzgar un fenómeno histórico que concernió individualmente a la Malinche y que concierne a distintas colectividades?

¿La chingada es la Nada? Para Octavio Paz el personaje histórico de la Malinche fue alguien inerte y pasivo que, ante la derrota, sólo se abrió a la violación del conquistador. ¿Pero es esto cierto? En realidad, o bien Paz carece de datos históricos, o bien su concepción general sobre lo femenino es en realidad la que se corresponde con la idea de asociar la “penetrabilidad pasiva” (sic) a la mujer. En ningún momento de la historia concreta de la Conquista de la Nueva España, Doña Marina parece ser “un montón inerte de sangre, huesos y polvo”, como afirma Paz. Por el contrario. Un dato sorprendente lo otorga Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: Hernán Cortés era llamado por sus propias huestes: “el Malinche”. Este mote le fue impuesto a Cortés por los propios conquistadores para burlarse de él, ya que ellos se dieron cuenta de que quien verdaderamente mandaba y tomaba decisiones era esta “mujer entremetida y desenvuelta”, como Bernal se refería a la Malinche.

Asimismo, no hay que olvidar otros datos relevantes:

• Malintzin es quien, en los códices, aparece representada dando órdenes a las huestes de Cortés. Ella no era únicamente la intérprete o traductora; fue, en cambio, quien en algún momento de la Conquista tomó parte de la “agencia” de las huestes.

• En los códices, la silueta de Malintzin aparece pintada de un tamaño más grande que el de la figura de Cortés y éste aparece con una silueta visiblemente disminuida.

• En algunas imágenes, Malintzin es representada hablando y dando órdenes desde lo alto, con lo cual, quienes pintaron los códices, dan cuenta de la jerarquía que obtuvo ante Cortés.

Continúa Paz unas páginas más adelante:

Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de la indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. (pp. 124-125)

De aquí nace la idea de Paz acerca de que los mexicanos somos “hijos de la chingada”; producto de la violación; seres en suspenso; seres en la Nada. Según estas ideas, a los mexicanos les tocó perder. Son hijos de la abierta y violada; hijos de la Nada. Estas ideas concuerdan con aquellas que sostienen un “complejo de inferioridad” en el mexicano, tan fervientemente sostenido por otros intelectuales mexicanos como Samuel Ramos y Salazar Mallén (discursos que es necesario desdecir y contradecir).

Dice Paz, unas líneas más abajo:

Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión casi feroz. (pp. 124-125).
Entonces, además de machista, nacionalista y de “moral cristiana”, Paz tampoco parece emplear adecuadamente el concepto “dialéctica”. Según este último párrafo, la dialéctica se cumple entre la relación violenta que se presenta entre “lo cerrado” y “lo abierto”; “lo activo” y “lo pasivo”; el macho y la hembra. ¿Pero dónde se daría la dialéctica aquí? Lo que Paz describe es un juego de pares, un conjunto de fuerza contrarias que, en el mejor de los casos, lo llevarían a sostener una relación “dicotómica” pero de ningún modo una relación dialéctica.

La violencia a la que se ven llevados estos contrarios es, según la descripción de Paz, una lucha en la que sale vencido el menos poderoso: lo femenino. Pero, cuando en un combate un elemento aniquila al otro, eso no puede ser llamado “dialéctica”. ¿Dónde estaría el “movimiento dialéctico”? En todo caso, Paz describe una relación destructiva o nihilista pero no dialéctica. Es destructiva porque el vencedor no ve en su oponente una forma de salir fortalecido, puesto que sólo quiere anular a la contraparte.

En cambio, una “relación dialéctica” permite a ambos elementos entrar en un juego para fortalecer el tránsito a una figura más perfecta de su existencia conjunta. Paz no entiende el “juego dialectico”, y es esta la razón que, con peso de plomo, le impide observar en la conquista algo más que una violación. Su concepción de la historia como un continuum en el tiempo y la falta de una comprensión de lo dialectico, es lo que a Paz hace ver en el mexicano al fruto de una violación; no entiende que “lo mexicano” sería un “tercero”,aquel resultado del movimiento dialéctico entre los dos combatientes y que sería completamente distinto de los dos anteriores. Puesto que Paz no entiende esto, ve en “el mexicano” el resultado disminuido y traumado del vencido.

En vez de ver en la Malinche a “la chingada”, debe verse en ella a la mujer que, como dice Bolívar Echeverría en su ensayo, “Malintzin, la lengua”:

Puede pensarse, sin embargo, que la Malintzin de 1519-1520, la más interesante de todas las que ella fue en su larga vida, prefigura una realidad de mestizaje cultural un tanto diferente, que consistiría en un comportamiento activo —como el de los hablantes del latín vulgar, colonizador, y los de las lenguas nativas, colonizadas, en la formación y el desarrollo de las lenguas romances— destinado a trascender tanto la forma cultural propia como la forma cultural ajena, para que ambas, negadas de esta manera, puedan afirmarse en una forma tercera, diferente de las dos.(La modernidad de lo barroco)

Y continúa Bolívar Echeverría unas líneas adelante:

La figura derrotada de la Malintzin histórica pone de relieve la miseria de los vencedores; el enclaustramiento en lo propio, originario, auténtico e inalienable fue para España y Portugal el mejor camino al desastre, a la destrucción del otro y a la autodestrucción. Y recuerda a contrario que el “abrirse” es la mejor manera del afirmarse, que la mezcla es el verdadero modo de la historia de la cultura y el método espontáneo, que es necesario dejar en libertad, de esa inaplazable universalización concreta de lo humano. (Ibid)
Alguna vez escuche decir a Ambrosio Velasco que habría que comenzar a desvanecer la idea de que los mexicanos “somos unos hijos de chingada” y comenzar a robustecer —lejos de un discurso triunfalista— esta otra idea: “somos los hijos de la chingona”.
El libro compilado por Margo Glantz, La Malinche: sus padres y sus hijos, puede ser una bibliografía recomendable para desvanecer los nacionalismos machistas que pesan sobre este personaje y puede servir para introducirse en un conocimiento más adecuado sobre la figura de este personaje histórico. Este libro contiene dos fabulosos ensayos de Margo Glantz, así como aportaciones de Bolívar Echeverría, Herbert Frey y otros.