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viernes, 20 de septiembre de 2013

El derecho a la protesta: el caso de la CNTE*

Por Liliana Mejía Velázquez
Desde hace días, la presencia en la Ciudad de México de movilizaciones y protestas  de la Coordinadora Nacional de Trabajadores  de la Educación (CNTE), escisión del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), ha suscitado en la sociedad capitalina una serie de viejas preguntas, envueltas en el velo de la crispación y la polarización, y en las que los argumentos jurídicos y políticos se tocan y se confunden: ¿existe  el justo medio entre el derecho a la manifestación y el derecho a la libertad de tránsito? Si existe, ¿cuál es? ¿Hay prevalencia de uno sobre otro? ¿Cuál es el uso del espacio público?
La Constitución Mexicana, desde su versión de 1824 (incluso desde Los Sentimientos de la Nación, fundamento del espíritu de la máxima norma nacional), es promotora de las libertades del ciudadano. Una de las bases fundamentales del Estado es garantizar las libertades individuales y sociales del individuo; entre ellas, la libertad de expresión y de asociación, fundamentadas en los artículos sexto y noveno de la Carta Magna: todos tenemos el derecho a expresar lo que pensamos; de asociarnos y manifestarnos en el espacio público. Ambas garantías individuales (derechos humanos) son una pieza clave para las sociedades contemporáneas.
Entonces, ¿dónde termina el derecho a la protesta de los maestros? ¿Es necesario, como promueve un sector de los medios de información y de la clase media capitalina, hacer uso de la fuerza pública para reprimir o contener las movilizaciones? Mientras la protesta suceda en términos establecidos por la ley, no hay marco jurídico para ejercer ningún acto represivo. Me explicaré.
El artículo 9º de la Constitución dice:

No se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto, a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee.

En el artículo 15º de la Convención Americana de Derechos Humanos, a la cual México está suscrito, se  reconoce el derecho a la reunión pacífica sin armas. El ejercicio de tal derecho sólo puede estar sujeto a las restricciones previstas por la ley.
Más allá de estar a favor o en contra de las posturas y pretensiones sociales y políticas del movimiento magisterial, se debe privilegiar el derecho a la participación  política del ciudadano. No se debe perder de vista que una marcha, ocupación o bloqueo es sólo un síntoma del problema. Los miembros de la CNTE se manifiestan en contra de la evaluación a su desempeño laboral, recientemente incluida en la Reforma de Educación propuesta por el Ejecutivo Federal al principio de su gestión. Al no tener los medios de discusión y debate adecuados se volvió inminente la ocupación de las calles, primero, en la ciudad de Oaxaca y, después, en la capital de la República. Según un comunicado publicado por Artículo 19, organización mundial dedicada a la defensa y promoción de la libertad de expresión, el problema radica en el acceso a los canales de información:

Quienes se manifiestan de una u otra manera se encuentran excluidos, aun siendo grupos con intereses creados, son evidencia de lo precario del sistema político de diálogo asimétrico: ni todos pueden entrar al diálogo ordenado ni todas las consignas “importan”, así protestar se convierte en una forma de deliberar.1

Al no tener otra manera para ser escuchados, los maestros optaron por el uso del espacio público. Fue entonces cuando algunos sectores de la ciudadanía mostraron su repudio al movimiento magisterial. Argumentaron que sus derechos de tránsito habían sido violentados. Sin embargo, un bloqueo vehicular impide un fácil desplazamiento de los automovilistas por las calles, pero, en ningún momento, los afectados fueron ni han sido maniatados o “secuestrados”, o se les ha impedido llegar caminando a su destino.
La ciudadanía al ver trastocada su comodidad se ampara en el artículo décimo primero de la Constitución (en el que se garantiza el libre tránsito), a fin de denostar y atacar las movilizaciones ciudadanas. No podemos olvidar que la calle es el lugar público por antonomasia, es el espacio de convivencia; es, pues, un lugar de todos.
Reprimir la movilización o reservar lugares específicos para ella es, en todo sentido, anti-democrático. Don Mitchell, investigador de la Universidad de Stanford, lo explica muy claro cuando dice: “controlar la geografía de la expresión (dónde se dice), es controlar la expresión misma (qué se dice)”[2]. Por ello, la vía pública es, antes que nada, el espacio del diálogo y deliberación ciudadana: privilegiar el tránsito vehicular por encima de la manifestación social sería un retroceso en los derechos civiles. En todo caso, el Estado debe ser garante de la libertad de expresión y manifestación de los ciudadanos.
No debemos olvidar que la movilización ciudadana sólo es un síntoma o una expresión del problema real. En un país en el que 60 millones de habitantes (más de la mitad de la población) viven en situación de pobreza sería absurdo aspirar a la ausencia de protesta, la cual tiene mucho terreno de legitimidad. Es más violenta, y más agresiva, la  asimétrica distribución de la riqueza y el acceso a la educación (en Oaxaca, base de la sección 22, parte fundamental de la CNTE, el porcentaje de analfabetismo es de más del doble del promedio nacional, según el INEGI) que cualquier marcha, bloqueo o protesta en cualquier ciudad del país.

Bibliografía.
- Artículo 19, Altoparlante:Regular manifestaciones, mala idea, Animal Político.
- Carbonell, Miguel, Libertad de asociación y  de reunión en México, Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas:
- Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, TEXTO VIGENTE, DOF (19-07-2013) http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/1.pdf
- Dondé Matute, Javier, El tema del derecho a la manifestación, últimamente, ha causado polémica en la Ciudad de México, Instituto Nacional de Ciencias Penales

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[2] Mitchell, Don, The Liberalization  of The Free Speech: Or, How Protest un Public Space is Silenced. http://agora.stanford.edu/agora/volume4/mitchell.shtml

viernes, 11 de enero de 2013

Entrevista a Bolívar Echeverría en Cuba

A continuación una entrevista realizada por Fernando Rojas a Bolívar Echeverría en Cuba en 2008, poco despúes de que Bolívar Echeverría ganara el Premio Libertador al Pensamiento Crítico. 


jueves, 8 de noviembre de 2012

Sujeto histórico y resistencia: en torno a las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin I/II *



En realidad no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria
Walter Benjamin[1]
                                                                                      
Quizá no haya un texto tremendamente más explosivo para un historiador que las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin. Lo primero que llama la atención es su incomprensibilidad, su carácter críptico. Confusión a la que hay que agregar el esfuerzo que, en contra de toda ortodoxia, lleva a cabo su autor para enriquecer el materialismo histórico al incluir en éste un ingrediente teológico. Al principio de su lectura pocas cosas serán claras. Después de varios repasos, el texto comenzará a aclararse.
Las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin resultan ser un texto profundamente crítico. Bolívar Echeverría, por ejemplo, escribe que “es difícil imaginar un texto más incómodo para un historiador”[2] que esta serie de fragmentos, cuyo autor —de ascendencia judía pero asimilado a la cultura alemana— concibió precisamente en el “instante de peligro”, entre 1939 y 1940 en el exilio en Paris, cuando la expansión del nacionalsocialismo le tenía los días contados a su autor y, peor aún, cuando se consolidaba el fascismo y éste, a su vez, anunciaba precursoramente la barbarie en la que ahora nos encontramos. Las Tesis son un texto sumamente incómodo para un historiador porque le exige transformar radicalmente su oficio, so pena de servir como apuntalador de la historia de la catástrofe.
En lo que sigue quisiera tratar sólo dos puntos: por una parte, abordar la crítica que realiza Walter Benjamin al historiador tradicional cuando éste decide tomar partido a favor de los vencedores, dejando de lado la perspectiva político-cognitiva que puede brindar el análisis de los hechos históricos desde el punto de vista de los oprimidos; por otra parte, quisiera llevar a cabo algunas anotaciones acerca de por qué el historiador del México novohispano, Edmundo O’Gorman, parece proceder a contra del modo cómo recomienda Benjamin que debe hacerlo un historiador materialista, es decir, parece que O’Gorman toma partido a favor del vencedor.

1. La perspectiva político-cognitiva del “vencido” como sujeto histórico

El adagio afirma que aquel pueblo que no conoce su historia o aquel individuo que no conozca su historia, estará condenado a repetir los mismos errores del pasado. Así, desde esa perspectiva, el conocimiento del pasado, la utilidad de la historia, radica en la aplicación de ese conocimiento para el presente o, mejor aún, en la aplicación de ese conocimiento para el futuro. De este modo ha sido justificada tradicionalmente la existencia de algo así como el “oficio del historiador”. Gracias a esta perspectiva se puede sostener que el conocimiento histórico tiene un compromiso con las generaciones siguientes o futuras.
En efecto, la así llamada “sociedad del conocimiento” está mayormente abierta al patrocinio de aquel saber que puede ser aplicado y cuyos efectos pueden beneficiar a una sociedad. La investigación del pasado, el conocimiento de lo que irremediablemente ya ha sucedido, puede ser fomentado o aplaudido —y, en algunos casos, tolerado— si con base en experiencias aportadas por el pasado nos dice qué hacer y cómo hacerlo; si reporta beneficios para el presente o si funciona en cuanto prognosis.
Para Walter Benjamin, la historia también tiene un compromiso con las generaciones, sin embargo, no tiene este compromiso con las generaciones que vendrán sino con las que ya han sido, y, más precisamente, su compromiso radica con las generaciones pasadas y que fueron “vencidas”. “¿Pero —se pregunta Benjamin— de qué puede ser rescatado algo que ya ha sido?”[3] El pasado debe ser rescatado del peligro, constantemente reactualizado, de que los “vencedores” ocupen a los “vencidos” como instrumento de dominación. De este modo, el historiador materialista tiene una “secreta cita de encuentro” con las generaciones pasadas. Por ello, reformulando un párrafo del propio Benjamin[4], podríamos decir que la tradición que pretende rescatar a los oprimidos convierte al historiador materialista en un historiador “redentor”. El error fatal en la perspectiva histórica del historiador positivista o “a-crítico” consiste en esto: el historiador debe presentarse como redentor ante las generaciones futuras. Pero lo decisivo es, en cambio, que su fuerza redentora responda frente a las generaciones que existieron antes que él. Por ello, la función “vengadora” del historiador materialista está referida a las generaciones anteriores. De lo que se trata no solamente es de liberarnos de un futuro opresor, sino de liberar a las generaciones de su pasado opresor.
Por ello, el historiador materialista que pretenda apropiarse de la historia debe saber que ella se concentra en las fisuras de los metarrelatos y se esconde entre lo que estos grandes discursos consideran los personajes desechados. El historiador crítico debe saber que conocer el pasado significa no sólo apropiarse de él, sino también recuperar las experiencias de las fuerzas frustradas de aquellos cuya subjetividad permanece acallada por la historia lineal y dominante. Lo no-dominante es el punto de partida de Benjamin para la construcción de una visión crítica de la realidad. Benjamin se opone, así, a que la historia se concentre en los grandes relatos y en los grandes personajes. Se opone también a la perspectiva de la historia positivista que, como afirmaba Ranke en el siglo XIX, cree que es posible conocer los hechos del pasado “tal como verdaderamente ocurrieron”.
La historia no es la simple acumulación de datos del pasado ni su función es informativa. Benjamin propugna por una perspectiva del pasado que sea abierta y fragmentaria, donde se manifiesten las distintas singularidades, los indicios, los entresijos y todas aquellas huellas que se manifiestan como fragmentos de la historia oprimida. Recuperar el aporte que pueden otorgar estos quiebres significa, en última instancia, dar voz a los oprimidos, a aquellos seres humanos cuya voz fue opacada por la estridencia que la historia tradicional ha conferido a las gestiones realizadas por los “vencedores”.
El sujeto histórico, para Benjamin, no es un sujeto paralizado, sino alguien que siempre, consciente o espontáneamente, asume su experiencia de sufrimiento y lucha en contra de las causas de esta opresión. El sujeto histórico oprimido es el que sufre, el que está en peligro; pero se trata de un sujeto que se indigna, protesta, resiste y lucha. El sujeto “oprimido” ofrece una perspectiva de los fenómenos que se encuentra totalmente bloqueada para la perspectiva “positiva” del “vencedor”. En esta visión se abre la posibilidad para que el historiador crítico tome como hilo conductor aquellos hechos que no pueden ser rastreados con el “marco teórico” del dominador y construya, desde la “negatividad, un contradiscurso.
Aportada desde los márgenes, la “negatividad” del “vencido” es la mirada “vengadora” del pasado. Esa mirada es la única que puede dar cuenta de que los oprimidos viven en un permanente y sistemático “estado de excepción”, y, además, puede hacer evidente que aquello que la mayoría atesora como un progreso, es, en cambio, un proceso de amontonamiento de ruinas y cadáveres. Así, la voz del oprimido rompe con la interpretación que le asigna la lógica del discurso dominante. El pasado oprimido aporta una clave nueva para una versión más compleja y profunda del pasado, la cual sea capaz de integrar la multiplicidad de procesos sociales que se reproducen rizomáticamente en los sucesos históricos.
Benjamin escribe en la Tesis IV que “la historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el que está lleno de ‘tiempo del ahora [Jetztzeit]’”. La historia crítica debe romper con el continuum del tiempo, con aquella idea de que el tiempo es lineal —pasado, presente, futuro— y, por el contrario, postula que el tiempo es un ahora. Por ello, la construcción histórica de Benjamin no pretende alcanzar la re-construcción o la restauración del pasado en general, sino que, inspirado en las ruinas, pretende la creación de algo nuevo en el presente. Ante todo, Benjamin pretende salvar el pasado porque sabe que esa es la tarea del presente. Todo ello implica que el historiador materialista será capaz de integrar aquel pasado que fue desechado y que no pudo consolidarse en el presente como un “pasado glorioso”. Se trata de aquel pasado que fue excluido por la visión que se estableció y consolidó como dominante: la visión del “vencedor”. Compuesto con materiales de “desechos”, el Jetztzeit posibilita la actualización o activación del pasado, de aquel pasado que espera ser convocado por el presente para ser vengado y darse a conocer; de aquel pasado que espera ser salvado. Por ello, Benjamin escribe en su tesis II:

¿Acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes? Si es así, entonces, una cita secreta de encuentro está vigente entre las generaciones del pasado y la nuestra. Es decir, éramos esperados sobre la tierra. También a nosotros, como a toda otra generación, nos ha sido conferida una débil fuerza mesiánica a la que el pasado tiene derecho de dirigir sus reclamos sobre nosotros.

Por todo esto, la construcción del pasado no es un proceso dado o consumado, pues siempre supone una decidida implicación del sujeto que hace la historia, consciente de que el conocimiento del pasado es inseparable de la voluntad de transformar el presente. La “débil fuerza mesiánica” del historiador reside en su fuerza salvadora de los oprimidos en el pasado. Y con ellos está sellado su compromiso político y cognitivo. Es con ellos con los que tiene una “cita secreta” de encuentro.
El peligro, para Benjamin, no sólo hace referencia a la situación de exclusión del sujeto oprimido, sino también implica la subsunción o refuncionalización constante a la que el sujeto oprimido es sometido como si fuera un instrumento de operación para la clase dominante. Por ello, dice Benjamin, “no hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión a través del cual los unos lo heredan de los otros”. El pasado nunca estará libre de convertirse en un instrumento de dominación: “En cada época es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla”[5]. Para lograrlo, el historiador materialista debe saber que “el sujeto de conocimiento histórico es la clase oprimida misma”[6]. De lo contrario, el pasado y el historiador se “entregarán como instrumento de la clase dominante”[7].
Por ello, el texto de Benjamin puede ser sumamente incómodo para un historiador, pues le exige cuestionar el presente y romper con el discurso totalizador. Exigencia difícil de cumplir porque implica un rechazo a la aceptación pasiva de la cultura y de las circunstancias. Porque no se puede conquistar el pasado si previamente no se cuestiona el discurso que nos ha hecho creer que el muerto ya está muerto y que ya no hay absolutamente nada que hacer por él. Para lo cual Benjamin nos dice que el materialista histórico “mira como tarea suya la de cepillar la historia a contrapelo”. Sólo así profundizará en el conocimiento despreciado por la historia oficial y por el discurso dominante, y podrá ver el lado oculto de la realidad. Por ello, dice Benjamin:

Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que esta compenetrado con esto: ni los muertos están a salvo del enemigo si éste vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer”.

 *Texto que sirvió de base para la ponecia del mismo título, presenta el día 20 de septiembre de 2012 durante la presentación de ponencia del Seminario de Filosofía de la Historia, ENAH.


[1] W. Benjamin, Tesis sobre la historia, México, Itaca-UACM, 2008, p. 56.
[2] B. Echeverría, Vuelta de siglo, México, ERA, 2006, p. 131.
[3] W. Benjamin, op. cit., p. 95.
[4] Ibid., p. 103
[5] Ibid., p. 40
[6] Ibid., p. 48
[7] Ibid., p. 40

jueves, 24 de mayo de 2012

LA HISTORIA OFICIAL Y EL SUJETO REFLEJO: una observación sobre lo que los medios dicen del 132 de la Ibero


LA HISTORIA oficial, la de los “vencedores” y los grandes relatos del pasado, enseña que los grandes momentos de la historia, tanto sus inflexiones y coyunturas, como sus transformaciones profundas y radicales, han sido protagonizadas por los magnánimos personajes; se complace en narrar las acciones singulares, la de las valerosas aventuras individuales (caudillos, presidentes, reyes, conquistadores, etc.) y gusta de las acciones colectivas de gran alcance, cuando las sociedades (re)fundan sus politicidades (independencias o revoluciones).
Pero esta vinculación directa —sin mediaciones— entre los grandes personajes, individuales y colectivos, con las grandes transformaciones históricas, parece ser falsa y desmedida. Se tiende a creer que son los grandes hombres los que activan la dinámica histórica: los visionarios, los futuristas, los valientes, los de espíritu de empresa, los atrevidos, etc. Esta inclinación por los grandes hombres tiene su origen en un pathos perverso del ser humano, que sólo pudo propulsarse en la época moderna, cuando el capitalismo se instaló como centro de gravitación de todos los valores (valores nuevos que se instalaron en todo el cuerpo social). Este pathos perverso nace con una empatía por el vencedor, por el que tiene la “razón”, por el que ganó la partida, por el dominador, por el winner, por el que las lleva de ganar o, incluso, por los ya privilegiados, por las clases dominantes, por las que encabezan los metarrelatos imaginarios (razón por la cual las telenovelas rosas, cuyo protagonistas son personajes “pudientes”, tienen tanto auge)
Lo anterior tiene pertinencia actual. Los opinadores de la Televisión anuncian con revuelo que se ha desatado un movimiento estudiantil iniciado por los estudiantes de la Ibero. Debido a su falta de presencia anterior, ahora se reconoce con gratitud a los de la Ibero (Tec, ITAM) el haber tomado la iniciativa sobre un movimiento que ha llevado a las calles a los estudiantes de universidades tanto púbicas como privadas.
Sólo quiero insistir en un solo punto. Creo que los comunicadores de la televisión —que es a partir de donde se organiza la opinión pública en general— siguen moviéndose por esta empatía por el poderoso. Dicen que son los de la Universidad Iberoamericana quienes, con el movimiento “Yo soy 132”, están originando avant la lettre la “Primavera mexicana”.
 Pero los “analistas” se equivocan de “sujeto” porque otorgan iniciativa, convocatoria y planificación a aquellos estudiantes que no dejan de ser el reflejo de un conjunto de demandas que con anterioridad llevan elaborando los estudiantes de las universidades públicas de todo el País (desde la UAM-POLI-UNAM hasta las normales rurales y escuelas estatales; y no sólo ellos, sino la sociedad en su conjunto).


Desde el 2006, desde el 99, desde el 94, desde el 68 o, incluso, desde antes (¿desde “siempre”?), los estudiantes de las universidades públicas mantienen una protesta constante y cuyo costo ha sido muy alto para su reputación, la cual siempre ha sido golpeada sistemáticamente por el conjunto de medios de comunicación que tienen el poder de la (des)información. Éstos ven en los estudiantes de universidades públicas un peligro, un riesgo. Y la mejor defensa es el ataque. Los medios y los gobiernos arremeten contra ellos cuando han salido a las calles; los llaman pseudoestudiantes, porros, grilleros; piden su encarcelamiento o el cierre de sus centros escolares (normales rurales); los persiguen y los desalojan violentamente o, incluso —so pretexto de que hay vías de “diálogo” abiertas e instituciones “democráticas” mediadoras de la discordia— los asesinan sobre el ardiente asfalto de las autopistas que deben ser resguardadas para el libre tránsito de las mercancías (Ayotzinapan). 


Aunque a regañadientes, los medios de comunicación han reconocido la iniciativa de la Ibero, pero lo han hecho sólo a causa de esta empatía por el poderoso. Los medios saben que a los de la Ibero no los pueden castigar ni censurar. Pero, en cambio, de haberse tratado de protestas provenientes de estudiantes de universidades públicas la opinión sancionadora de los medios hubiera sido la declaración de una guerra a muerte.
Por lo demás, lo importante es que, de ahora en adelante, los estudiantes de las Universidades (de Todas, sea la que sea) tendrán que trabajar en conjunto, y con toda la sociedad, si es que quieren contribuir a la transformación de la realidad de un País que está en la catástrofe y si es que quieren, mediante la lucha, explorar otra vías de convivencia social —ajenas a las actuales— que estén en la capacidad de negar y trascender el discurso violento —éste sí, violento— de la “democracia institucional”. Para tal efecto no se debe dejar a nadie fuera, sea universitario o no, de una escuela pública o no. Tal como dice la ya vieja consigna: 

♪♫Yo soy el estudiante
que sí que no el estudiante.
Yo soy el barrendero,
que sí que no el barrendero.
Yo soy el taxista
que sí que no el taxista…♪♫



***
Finalmente, a partir de la historia oficial, podríamos dar cuatro ejemplos de lo que en las grandes transformaciones ella ha postulado como los “sujetos de la historia”, sujeto, por supuesto, erróneos:
1) Para la historia establecida, fueron los criollos del siglo XVIII quienes se encargaron de la reconstrucción civilizada de la Nueva España. Sin embargo, si cepillamos a contrapelo, observaremos que fueron los indios de la América barroca del siglo XVI y XVII quienes se encargaron de la refundación de sus mundos y quienes hicieron posible la vida civilizada después de la barbarie de la conquista. Espontáneamente y sin ostentar proyectos, fue la población diezmada de los indios —aquellos que eran considerados animales, carentes de decisiones e iniciativas y sin un lugar en la historia— quienes ejercieron su sujetidad e hicieron posible la vida incluso en medio de la muerte.
2) La historia cuenta que hay “Héroes de la Patria” (Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz etc.). Dice que ellos hicieron la Independencia. Pero olvida que ellos son sólo el reflejo de un conjunto de gestiones y acciones políticas que las clases azotadas del temprano siglo XIX (y XVIII) ya venían realizando subrepticiamente y bajo represión constante.
3) La historia narra que la Revolución Mexicana tiene sus héroes institucionales (Madero o Carranza) pero olvida que fueron los que pedían trabajo, tierra y libertad quienes en realidad hicieron posible la Revolución. Zapata y Villa son los caudillos o los personajes visibles que hicieron esto último, pero incluso debajo de ellos están las poblaciones campesinas, que serían las que hicieron posible la Revolución pero que, sin embargo, la historia no les reconoce su autoría (su sujetidad), a menos que sea sólo para hacer de ellas una curiosidad de moda (como en el caso de la Soldaderas).
4) Incluso, desde los frentes críticos, el metarrelato marxista acerca de los proletarios como el sujeto de la revolución ha caído en esto. Ha querido que sean aquellos que tienen “consciencia de clase” y aquellos que se relacionan con los medios de producción quienes se encarguen de la Revolución proletaria. Pero han debido pasar más de 150 años para que se sepa que es cualquier individuo desde cualquier punto, ya sea con una actitud de resistencia mínima o trascendente, ya sea pública o en lo privado, pueda estar en la capacidad de explorar otros vías de vida que no impliquen la enajenación mercantil-capitalista.