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lunes, 27 de mayo de 2013

El pequeño mago de Messkirch por José María Pérez Gay

El día de ayer falleció el germanista José María Pérez Gay. Tomé clases con Pérez Gay hace ya algunos años en la Facultad de Filosofía y Letras. El estricto rigor filosófico de sus clases era subsanado por la pasión desbordante con las que se entregaba en cada sesión. Sus clases eran verdaderamente un espectáculo. Todo un maestro. 
Reproduzco aquí un texto excelente, escrito por él, donde relata su único encuentro con el filósofo de la Selva Negra, Martin Heidegger, y donde expone, con un lenguaje literario, algunos aspectos del pensamiento del filósofo. Una versión reducida de este ensayo se encuentra publicada en su reciente libro La profesía de la memoria. Ensayos alemanes
El día que conocí a Martin Heidegger
Hacia principios de septiembre de 1965, Ramón Cortés Alaminos me propuso pasar unos días en París para olvidarnos de una pesadilla: el semestre de verano en la Universidad Libre de Berlín. Por ese entonces los dos teníamos la beca de posgrado de la Comisión de Universidades Alemanas, estudiábamos en Berlín Occidental y habíamos presentado unas semanas antes nuestro examen de alemán superior, sin el cual no podíamos seguir estudiando en la Universidad. Ramón Cortés Alaminos, boliviano, estudiante de filosofía, tenía veintinueve años y me llevaba una ventaja considerable. Había estado trece años en el Colegio Alemán de La Paz, hablaba el alemán de corrido y sin acento, estudió en Caracas la licenciatura en filosofía, frecuentó los seminarios de los profesores Juan David García Bacca y Ernesto Matín Valenilla y preparaba su tesis de doctorado sobre La idea de la técnica en la filosofía de Martin Heidegger.
Yo, en cambio, tenía veintidós años y no hablaba una palabra de alemán, había estudiado la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana y obtenido una beca para estudiar sociología y germanística. A partir de septiembre de 1964, la Dirección del Instituto Goethe decretó confinarme siete meses en un pueblo del sur de Baviera, Brannenburg-Degerndorf, a unos cinco kilómetros de la frontera austriaca, para aprender el alemán. Por esos días nunca me hubiera imaginado que iba a permanecer dieciséis años en Alemania. No obstante, aprender el alemán era mucho más difícil de lo que todos sospechaban. Los siete meses en el Instituto Goethe fueron una introducción a los principios del idioma, no me sirvieron de gran cosa. Al final del curso leía los periódicos sin problemas, quizá una novela no muy complicada, pero no podía explicar un texto a fondo, ni mucho menos escribir en alemán. Me harían falta todavía seis semestres en la Universidad, los días de vigilias y gramáticas, del diccionario Slabý-Grossmann, que no acierta nunca con el matiz preciso, de la acrobacia de las declinaciones, de los verbos y sus prefijos separables, de las voces compuestas y las vocales abiertas.

miércoles, 9 de mayo de 2012

8 de mayo de 1945: Heidegger y el final de la Segunda Guerra Mundial


Refugiado en un castillo al sur de Alemania, propiedad de una adinerada familia de la realeza, y sofocado por las circunstancias personales en las que se encuentra, así como agobiado por los hechos devastadores por los que atraviesa la historia mundial, Heidegger es arrobado por un impulso que lo obliga a llevar a cabo la meditación a través de la escritura de diálogos. Emulando aquella manera de reflexión practicada por Platón —de la que inmediatamente se desentendió la filosofía, optando ésta por el siempre certero  y bien "razonado" tratado filosófico—, Heidegger se dedica en esos días a experimentar en el ejercicio literario-filosófico —poético-pensante, le llame él—, el cual le permite reflexionar con mayor profundidad que si lo hiciera en un estudio filosófico tradicional. Heidegger logra escribir algunos diálogos. Uno de ellos son las Conversaciones nocturnas entre un joven y un viejo en un campo de concentración en Rusia.[1] 

   Los personajes ficticios que Heidegger imagina en estas inquietantes conversaciones, un joven y un viejo, representan a dos soldados alemanes que han caído presos en un campo ruso de prisioneros de guerra. Poco antes del anochecer, después de la jornada de trabajo, los protagonistas de este relato de Heidegger discurren sobre la devastación del mundo, mientras que detrás de alambrada de púas ellos se encuentran encerrados entre los muros de una barraca pero ante la “libertad” que les provoca algo salvífico (Heilsam) procedente del susurro del bosque inmenso de Rusia.

En completo contraste con el tono firme y aguerrido de algunos escritos anteriores a la Segunda Guerra, en los que Heidegger expresa confianza segura y apoyo abierto a la Alemania nacionalsocialista [2], este peculiar texto de 1945 refleja la perturbadora depresión que su autor cruzaba por esos días. [3] Temeroso ante el futuro por el fracaso de las “esperanzas” depositadas en aquel “movimiento”, se trata ahora de un pensador afligido, decepcionado, trastornado y derrotado que, frente a la catástrofe de la Segunda Guerra y en vez de admitir la barbarie nazi, prefiere pensar una maldad intrínseca en el decurso de la historia al suponer en estos diálogos, mediante uno de sus personajes —el joven—, que “quizá, en la esencia de su fundamento, el Ser sea maligno”. [4]



Del grueso de este texto literario-filosófico, quisiera destacar únicamente la frase con la que, precisamente el mismo día en que Alemania firmó su capitulación, Heidegger da por terminado su escrito:
Castillo Hausen en el Valle del Danubio, el 8 de mayo de 1945,
el día en que el mundo festejó su victoria,
aún sin haber reconocido que ya desde hace
siglos es la víctima de su
propia sublevación.

Este tono resentido de Heidegger es revelador pero impreciso. Con desagrado acepta la victoria de los países Aliados y, con ella, el triunfo de su “visión de mundo”, pero la desvirtúa por considerarla superficial o de segundo orden. En efecto, sólo unos años antes, en los cursos universitarios que dicta, Heidegger había expresado su rechazo abierto tanto al mundo “anglosajón del americanismo” como al mundo “soviético del comunismo”; proyectos de mundo que estaban decididos a aniquilar Europa. La auténtica preocupación de Heidegger —rayana en la paranoia— por la técnica moderna y su relación con lo político, tuvo lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y durante ella; justamente cuando, para el filósofo, el Nacionalsocialismo representaba la única alternativa en contra de estas dos fuerzas metafísicas —mal llamada políticas, según Heidegger—  que se disputaban el poder mundial y que atenazaban a Alemania. El ascenso de la “noche más larga de la historia” estaba encabezado por la imposición del mundo industrializado y técnico. EEUU y Rusia representaban este mundo que entronizaba al ente desde la forma de la verdad de la técnica.


  Por ello, para Heidegger, esta “victoria” bélica de los países aliados sería intrascendente y representaría un éxito sólo para el revuelo de la “opinión pública” que afirmaba el triunfo de las “fuerza del bien” sobre las del mal. De este modo, lo  realmente relevante no consistiría en admitir esta “victoria”, sino en reconocer una derrota anterior, más “esencial”, supone Heidegger, causada por una previa sublevación del hombre, la cual sin embargo permanecía desconocida para la humanidad entera. ¿Cuál fue esta sublevación y frente a qué se sublevó el hombre? Heidegger dice que esta sublevación ocurrió hace siglos, pero ¿se trata de unos cuantos siglos o decenas de ellos? El hombre, para Heidegger, habría extraviado su sentido desde lo más inicial de los tiempos, pero sólo se sublevó cuando en la modernidad se enseñoreó como dueño del Ser. Seguramente, Heidegger se refiere tanto a esta sublevación moderna, antropocéntrica y antropolátrica, como también se refiere a una sublevación inicial (anfänglich) que ocurriera hace milenios: la que hunde sus raíces en el olvido del Ser, el cual comienzó en los tiempos más tempranos de la historia, y a partir de la cual tendrían su "origen" y "causa" todos los problemas y catástrofes cotidianas en el ámbito óntico. Para Heidegger, la destrucción entera del mundo sólo ha sido posible por una devastación ontológica.   
Además, Heidegger nos deja ver que los seres humanos serían víctimas de una de las mayores ironías del Ser. Mientras que todos festejarían la victoria de las fuerzas aliadas, ese mismo hecho representaría el hundimiento total de la humanidad en una historia de catástrofe y devastación —en la que nos encontraríamos— y que habría venido con el ascenso de la técnica moderna. Esta sería la auténtica ironía que el Ser preparaba para el hombre. Se trata de una paradoja para el Ser humano, aquel que “no hace más que dar vueltas por todas parte alrededor de sí mismo en cuanto animal rationale”.  
Por ello, en otro texto anterior Heidegger escribe:

Por eso, tal guerra ya no admite “vencedores y vencidos”; todos devienen esclavos de la Historia del Ser, para la cual, desde el inicio, ellos se encuentran demasiado pequeños y por ello han sido constreñidos en la guerra.[5]


Esta sería la historia de la humanidad entera: una historia de esclavos del Ser.  A este grado llega la desesperación de Heidegger. Puede decirse que la explicación histórico-ontológica de Heidegger sobre la devastación es impecable. Sin embargo, no hay forma de explicar atrocidades humanas como si fueran provenientes de la voluntad del Ser. Pero Heidegger se equivoca. Son estas afirmaciones las que dan forma al metarrelato heideggeriano. Culpa al Ser de la catástrofe metafísica, que es tanto como culpar a Dios del conjunto de los pecados del ser humano a causa del libre albedrío que concedió a éstos.




[1] M. Heidegger, “Abendsgespräch in einem Kriegsgefangenenlager in Ruβland zwischen einem Jüngeren und einem Ältern”, Feldweg-Gespräche (1944-45), GA, vol. 77, Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 1995, pp. 205-245.
[2] Me refiero a dos textos ejemplares que incluso alcanzan la forma de panfleto político: “Das Ende der Neuzeit in der Geschichte des Seyns” y τò χοινόν. Aus der Geschichte des Seyns”, ambos en Die Geschichte des Seyns, GA, vol, 69.
[3] En esta puesta en escena, nuestro autor proyecta las preocupaciones que tenía depositadas en sus hijos, quienes en esos momentos y en la vida real se encontraban presos en Rusia al ser capturados como soldados alemanes. Sobre este tema y la depresión por la que atravesaba Heidegger, vid.  las cartas de M. Heidegger a Elfride Petri del 11 y 23 de marzo y 3 de abril de 1945.
[4] M. Heidegger, “Abendgespräch in einem Kriegsgefangenenlager…”, Feldweg-Gespräche, GA, vol. 77, pp. 215 y ss.
[5] M. Heidegger, Die Geschichte des Seyns, GA, vol. 69, p. 209. "Deshalb läβt solcher Krieg nicht mehr »Sieger und Besiegte« zu; alle werden zu Sklaven der Geschichte des Seyns, für die sie von Anfang an zu klein befunden und daher in den Krieg gezwungen wurden".

miércoles, 7 de marzo de 2012

Jorge Juanes: Heidegger. Metafísica moderna, antropocentrismo y tecnociencia*

Este libro de Jorge Juanes puede leerse como un ensayo que trata el tema de la técnica moderna en Heidegger pero también puede considerarse como un acercamiento filosófico al tema de la tecnociencia. Asimismo, este libro llama a preguntarse sobre la actualidad del pensamiento de Heidegger en torno a la realidad tecnocientífica y da señas sobre qué aspectos tendría que rechazar una propuesta discursiva que pretenda trascender el fundamento sobre el que se erige lo destructivo de la tecnología: la desmesura de la subjetividad moderna.

Desde la perspectiva del filósofo alemán Martin Heidegger, Jorge Juanes explica las relaciones entre la metafísica y el nacimiento de la subjetividad moderna, antropocéntrica y antropolatrica, y cómo es que este hecho tiene su presencia última en la tecnociencia, ante la cual, paradójicamente, el ser humano ya no sería dueño de su propia creación, sino sólo un esclavo de ella.

Los temas que aborda Juanes tratan lo que se ha llamado el Heidegger tardío o del giro; el crítico de la metafísica moderna y de la técnica o el apreciador del pensar poético y del lenguaje. Hay que decir que esta parte de la obra de Heidegger ha sido poco estudiada, ello parece ser así al menos en México (y en lengua castellana). La mayor parte de los estudios se concentran en el Heidegger de Ser y tiempo; que es el que mejor cabe en la academia filosófica. El Heidegger posterior a la década de los 30’s, y hasta su muerte, es más oscuro —incluso se le considera místico—, y sólo a partir de la década pasada ha comenzado un abordaje del tema que procura ser más profundo.

***

Jorge Juanes hace un recorrido por la historia de la metafísica, la cual ha partido del error del quid pro quo (tomar una cosa por otra), pues queriendo saber algo sobre el Ser siempre acabará describiendo un ente. Error iniciado por Platón pero radicalizado a lo largo de la historia de la filosofía. Desde este mirador, el ensayo de Juanes es un recorrido de la filosofía desde sus inicios con Platón y Aristóteles, la Edad Media, el Renacimiento (el cual es incluido por Juanes, porque Heidegger no suscribe tal hecho a causa de que lo desdeña), el idealismo alemán y, finalmente, la época actual, en la que se observa cómo es que el ser humano debe pagar el precio de su desmesura.

Producto de la convicción de que es posible una idea del sujeto que no implique la subjetividad en sentido moderno, Juanes critica la idea del Hombre como el gran sujeto en torno al cual gira todo lo Otro; la idea del hombre como ser soberano del mundo. Se trata de la crítica al antropocentrismo. No se crítica a todo el sujeto, sino sólo a esta idea sesgada de la subjetividad.

Liberado de toda atadura medieval, el hombre moderno ya no es un ente sometido que viva bajo el temor de Dios. Por el contrario, el hombre pasa a ser el fundamento de todo ente y de la realidad. Esto es lo determinante, pues la esencia del hombre se ha convertido en su-jeto: en fundamento de todo. Él es quien domina, calcula, impone sus leyes, someta a reglas, racionaliza, produce, crea, en suma, todo lo vuelve un ob-jeto, tanto para sus representaciones, como para sus manipulaciones. Así, la naturaleza se transforma en objeto de experimentación y se le somete a leyes, y, como escribe Gilbert Hottois: “quien conoce la causa de un fenómeno natural, se vuelve el señor de este fenómeno”.[1] En suma: conocer es poder.

Es así como tiene lugar el protagonismo cognoscitista. El saber científico se convierte el paradigma del saber. En filosofía, por ejemplo, se da privilegio a lo ideal sobre lo material. Surge la idea del sujeto racional y trascendente, quien es engañado por el “genio maligno” de su propia sensibilidad (Descartes). Una idea que, dice Juanes, justifica la exclusión del cuerpo y de la materialidad; de la carnalidad y lo pulsional. Hecho que hace que haya quienes, incluso en su vida cotidiana, se asuman más racionales que corporales. De aquí que la razón pura sea “sensualofóbica”, ya que ve en la corporeidad tentaciones pervertidoras. Así, este discurso moderno es una reducción de todo. El Ser queda reducido a matemática. Esto sería tanto como querer que el pez respire en la tierra.

Ante ello, se trata de buscar nuevas vías para hacer filosofía; pero ya no como se ha hecho. Juanes no desconoce la realidad tecnocientífica y tampoco pide retornar a un pasado “arcadioso” para desentendernos de ella. Por el contrario, sostiene que aún es posible dar una nueva estancia al ser humano; un modo distinto de relacionarse con el mundo, el cual, mediante una técnica completamente otra, lo lleve a descubrir otra naturaleza.

Crisis del discurso

Asistimos a una modernidad en crisis profunda y estructural, donde o bien se puede postergar y exacerbar la catástrofe; o bien esta historia podría reconstituirse a partir de la experiencia negativa de esta crisis. ¿Cómo acercarse a este hecho? Al respecto, Juanes da algunas señas: que el mundo se hunde, dice él, quiere decir también que el nivel metafísico-tecnocientífico no proporciona orientación alguna. La posibilidad de pensar de otro modo a la modernidad debe partir de la necesidad de transformar radicalmente el discurso con el que se ha intentado dar soluciones.

Juanes piensa que se trata de “intentar un nuevo inicio desligado de la metafísica de la subjetividad y dispuesto” a acoger otro modos de aparecer del Ser. Con ello, es posible destronar lo metafísico-técnico-científico como horizonte de inteligibilidad de todo y, dice el autor, “buscar, en su lugar, los momentos cuando en la historia ya acontecida relucieron los relámpagos de lo excesivo e indecible, cuya salvaguarda ha recaído en lo poético-pensante” (pp. 38-39). Se trata de potenciar todos los discursos aparentemente vencidos; aquellos discursos que han sido borrados de la historia a causa del prestigio de la razón técnica. Por ello, dice Juanes, “lo que Heidegger propone es una transformación de fondo que le devuelva al hombre el habitar en la tierra” (p. 41).

***

Abordar y tomar postura ante Heidegger siempre será dificultoso, pues en él la sordidez y grandeza se encuentran juntas. Por ello hay quienes lo desechan en conjunto. Pero el libro de Juanes es muy sutil o cuidadoso con el tratamiento de Heidegger. En vez arremeter contra Heidegger cuando los planteamientos de éste se tornan imposibles de seguir, retoma lo que hay de rescatable en el planteamiento y lo reconstruye para hacer que el planteamiento dé más de sí mismo.

De modo que hay párrafos en los que Juanes expone su propia postura pero parece como si fuera la postura de Heidegger. Pero el mérito sería de la reconstrucción hecha por Juanes. Por ello, al final, queda claro para el lector que Heidegger se vuelve un gran pensador sólo si se lo reconstruye críticamente. De otro modo, se volvería un reaccionario de Baviera.

De esta manera, el libro de Juanes resulta ser una invitación a ya no acercarse a Heidegger desde una visión estrictamente heideggeriana, sino —como lo reclama el “autentico” trabajo filosófico— acosando al texto, desechando y replanteando.

Hay que decir, también, que Juanes escribe con su propio lenguaje. Esto es algo que se agradece cuando se leen libros que tratan la obra de Heidegger, cuyos comentaristas o intérpretes sucumben a la mentira —que de tanto repetirla se ha vuelto verdad para ellos— de que Heidegger se lee, entiende e interpreta sólo si se hace en alemán y en sus propios términos. Pero Juanes rechaza escribir de este modo.

Heidegger y la política

Finamente, hay que reconocer en este libro que haya un abordaje del profundo trasfondo político que tiene el pensamiento de Heidegger, aun cuando ello no debería ser un mérito porque, como afirma el propio Juanes, “no se necesita mucho esfuerzo para comprenderlo”. Sin embargo, esta es una cualidad de este ensayo, pues abundan más los intérpretes que desconocen, rehúyen o simplemente niegan la fuerte vena política que atraviesa el pensamiento de Heidegger. Por ello, este libro no estaría completo si no cerrara precisamente con algunas observaciones sobre el nacionalsocialismo de Heidegger.

El abordaje del aspecto político en Heidegger hecho por los intérpretes se divide unilateralmente en dos posturas. Están quienes niegan el nacionalsocialismo de Heidegger y prefieren verlo como un “desliz” que duró un año —mientras él fue Rector de la Universidad de Friburgo en 1933— y cuyos efectos no se verían reflejados en su obra, y, por otra parte, están quienes afirman que en conjunto toda la obra de Heidegger es un cifrado panfleto nazi. Pero la postura de Juanes es más compleja. En vez de afirmar que Heidegger se desentendió del nazismo —como lo hacen sus adoradores—, Juanes insiste en que “el nacionalsocialismo milenarista del espíritu” de Heidegger se extiende después del 45; incluso en estos años, junto con la década de los cincuenta, Heidegger lo que hace es depurar argumentos contra el enemigo americano y soviético, así como preparar un pensamiento futuro (p. 41).

El libro de Juanes es tanto para lectores interesados en Heidegger, como también para aquellos interesados en el tema de la tecnociencia. Este libro puede contribuir a desaparecer ingenuidades, pues la tecnociencia, tal como la conocemos, no puede desarrollar bondades intrínsecas. Lo destructivo de la técnica moderna no se domeñará con buenos propósitos humanos, como una legislación o ética la de la tecnociencia. Intentos que, aunque bien intencionados, no observan el carácter subsumidor o destructivo sobre el que se erige el fundamento que la sostiene.

*Texto que sirvió para la presentación de los Cuardernos del Seminario de la Modernidad. Facultad de Ciencias, 16 de noviembre 2011.



[1] G. Hottois, Historia de la filosofía del Renacimiento a la Posmodernidad, Madrid, Catedra, p. 499.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Heidegger y la técnica moderna: ¿una filosofía de la irresponsabilidad?

Los monstruos existen, pero son muy pocos
como para constituir realmenteun peligro; los que
son realmente un peligro son los hombres
comunes y corrientes.
Primo Levi

LAS SIGUIENTES líneas bien podrían sugerir una respuesta más a la pregunta acerca de por qué no es posible la fundamentación de una ética en el pensamiento de Heidegger. Hemos dejado esta reflexión para las conclusiones de este trabajo, pues pensamos que para este momento ya se han reunido los argumentos necesarios para intentar sustentar nuestra idea, la cual es producto de nuestro breve paso por la senda del pensar heideggeriano. Esta reflexión tuvo su origen a partir de la medianamente controvertida cita de Heidegger extraída de la conferencia Das Ge-Stell, donde en tiempos de posguerra el filósofo alemán explica que (en esencia) lo Mismo es la producción industrial de alimentos y la fabricación de cadáveres en cámaras de gas.[1]
Ciertamente, se hace urgente la necesidad de dar respuestas a exigencias tan alarmantes como a los crímenes perpetrados por el mal uso de la tecnología. Actualmente, el planeta está siendo alterado sensiblemente a causa del uso de tecnologías agresivas contra el ecosistema. Una pregunta que nos puede surgir inmediatamente es: ¿quién se hará éticamente o moralmente responsable de los daños producidos por el mal uso de la tecnología? ¿Serán acaso los gobiernos que la emplean con fines beligerantes? ¿Serán los consorcios que los producen? ¿Será el científico o el tecnólogo que a sabiendas que son dañinos está dispuesto a llevarlos a cabo? ¿Serán los agentes o cierto grupo de personas con determinados intereses que promueven su desarrollo? ¿Serán los individuos concretos a quienes se les hará objeto de una responsabilidad colectiva por el uso de objetos tecnológicos dañinos? ¿Serán todos ellos en su conjunto o, por el contrario, ninguno de ellos?
Los campos de concentración alemanes son un ejemplo concreto para llevar a cabo la reflexión que aquí vamos a iniciar. Nos preguntamos acerca de la responsabilidad que tienen los hombres sobre los crímenes o el mal uso que ellos dan a la técnica o tecnología. Sabemos que el pensamiento de Heidegger de ninguna manera se propone responder estas cuestiones, además de que él considera más espantosas y más devastadoras las posibles consecuencias destructivas que se extienden sobre un ámbito ontológico. Sin embargo, intentáremos hacer un ensayo de reflexión.
Para Heidegger, la técnica no es una creación humana, no es tampoco un producto de la civilización, ni es una creación de la cultura, ni es algo sobre lo cual los hombres posean un papel decisivo, ni es un instrumento del hombre sobre el cual él pueda extender su dominio o voluntad, por el contrario, los hombres no son más que los empleados (Angestellte) del solicitar de la técnica. Para nuestro autor, los hombres no juegan un papel decisivo en la consumación de la técnica, sino que ellos no hacen más que corresponder (entsprechen) a un reclamo (Anspruch), éste hace que ellos no puedan dejar de representarse a lo presente o a los entes como existencias disponibles. Contrario a las opiniones comunes, respecto a que la técnica es un hacer humano que se consuma exclusivamente por medio del hombre, para el filósofo de Meβkirch la técnica es un reclamo enviado desde el inicio (Anfang) temprano del destino del ser y, a su vez, la técnica moderna es el envío y dádiva del ser mismo que ahora se perfila como técnica planetaria.
Cuando Heidegger se pregunta sobre quién lleva a cabo la explotación de la naturaleza por “medios” tecnológicos, se contesta: —El hombre evidentemente. Sin embargo, Heidegger se pregunta si acaso la consumación de la explotación de la naturaleza por “medios” tecnológicos es algo que se lleva a cabo únicamente y exclusivamente mediante el hombre. En este caso, Heidegger nos responde que es falso que exclusivamente el hombre lleve a cabo la explotación de la naturaleza, pues dicha explotación no se ejecuta decisivamente por él. Para nuestro autor, el hombre de la época técnica sólo acata o corresponde a una interpelación (Anspruch), en la que él mismo yace yecto en el mundo. Esta idea, por cierto, la debe Heidegger, sobre todo, a su oposición a considerar al hombre como aquel sujeto (subjectum) que determina al mundo o como quien se quiere asumir como el ser mismo que da ordenación y dirección al ente. Para Heidegger, el hombre ni es el señor del ente ni es quien dicta el modo como se envía el ser en una determinada época. Igualmente, cabría aclarar que no es que Heidegger sostenga que el hombre sea un ente tan insignificante y que su actuación no tenga cabida dentro del destino del mundo. Por el contrario, el filósofo acepta que en realidad el ser mismo depende del hombre para poder llevar a cabo su manifestación, asimismo es vastamente conocida la afirmación escrita en su Carta sobre el humanismo, acerca de que el hombre es el pastor del ser, de modo que tampoco Heidegger menosprecia el papel del hombre. Heidegger llamó copertenencia (Zusammengehörigkeit) a esta mutua relación entre hombre y ser.
Ahora bien, pensemos en la idea que sostiene Heidegger respecto a que los hombres no hacen más que corresponder al desafío del solicitar técnico, por ejemplo, pensemos en las conferencias de Bremen de 1949, donde el filósofo parece mostrarnos la estructura administrativa de la técnica, en la que el hombre ocuparía el último rango de ella. Recordemos que esta acontecería así: el Ge-Stell, que en esta historia pasa a ser el ser mismo del ente y la realidad misma, solicita al «solicitar» (Bestellen), por su parte, el «solicitar» está presentado aquí como una parte integrante de esta estructura administrativa perteneciente al Ge-Stell, en la que el «solicitar» solicita a su único empleado (Angestellte), esto es, al hombre, para que éste a su vez, que ocupa el último rango en la cadena, solicite existencias disponibles a la naturaleza, la cual está presentada aquí como la única estación gigantesca de gasolina. Así, el hombre es un ente que en esta historia no posee voluntad propia o libertad, pues él mismo pertenece (gehört) al «solicitar». El «solicitar», a su vez, pertenece al Ge-Stell. De modo que el Ge-Stell solicita, solicita y solicita y no puede dejar de hacerlo (esencia en tanto que solicitar). Digamos que así como la voluntad sólo quiere querer o así como el poder (Macht) sólo se apodera del apoderamiento de sí mismo, así también el Ge-Stell sólo solicita al «solicitar» y no deja de solicitarlo. En esto radica el punto crítico, pues el Ge-Stell bien puede ahora solicitar la producción industrial de granos, bien puede solicitar nanotecnología, bien puede solicitar biogenética, bien puede solicitar autos BMW, bien puede solicitar televisores de pantalla plana, bien puede solicitar industria bélica y, si así se le “antoja”, bien puede solicitar la producción industrializada de cadáveres en cámaras de gas y bien puede solicitar, simultáneamente e indistintamente, la producción de lámparas de halógeno o la producción industrial de lápices. De modo que el hombre, que en esta trama sólo es el funcionario de la técnica, no tiene otra opción más que atender a la solicitación o corresponder al desafío del Ge-Stell, y sólo así y a causa de ello, el hombre produce lápices, coches de lujo y campos de concentración.
Es en este punto donde pensamos que Heidegger ya no nos ayuda a pensar las diferencias y los distintos rangos de los acontecimientos. En efecto, para nuestro autor y congruentemente con su pensar, los fenómenos técnicos mencionados no son más que producto de lo Mismo, es decir, que son sólo la consecuencia esencial de un mismo fenómeno fundamental, éste es la aparición de la época bajo la sombra de una determinación ontológica, en la cual sólo se puede considerar a lo real y efectivo en tanto que es susceptible de ser solicitado. Esta determinación ontológica de la realidad es la esencia de la técnica moderna. El Ge-Stell es todo, es la realidad misma, es el modo epocal en que se envía el ser, es lo que conmina al hombre a emplazar, a disponer, a solicitar, a constreñir a todo lo existente, a aniquilar a la “cosa en tanto que cosa” (Ding als Ding) y a posponer al Seyn. Ge-Stell es el nombre ontológico para la realidad tecnológica de la Modernidad. En efecto, según nuestro autor, si hay un uso y confianza excesivos en la tecnología es sólo a causa de la prepotencia unidimensional y universal del Ge-Stell, el cual conmina al hombre a producir industrialmente desde plumas Bic, pasando por los microchips, hasta ovejas Dolly o ciclón B. Es decir, el hombre no crea tecnología porque esa sea una decisión de su voluntad, sino porque no hace más que corresponder a una determinada forma de interpretar al ente como algo técnico.
Ciertamente, todos estos fenómenos serían producto de lo Mismo, pero tal y como se preguntan L. Ferry y A. Renaut, frente a la postura de nuestro autor, ¿qué no sería producto de lo mismo?[2] Por otro lado, la postura del francés J.-F. Lyotard sostiene que con este argumento de la mismidad entre un fenómeno y otro, Heidegger no identifica la alarmante diferencia que existe entre estos dos fenómenos propios de la Modernidad (producción de granos y campos de concentración), sino que ante todo anula las diferencias. De modo que Lyotard concluye que Heidegger no nos ayuda a pensar el problema porque en realidad lo disuelve.[3] Indudablemente Heidegger no se equivoca con su determinación ontológica de la realidad, pero ésta no nos ayudaría a pensar la diferencia “óntica” de los acontecimientos o a pensar la responsabilidad humana en su actuación fáctica.
Regresemos al planteamiento que despertó nuestra inquietud: ¿qué papel tendrían que asumir los ejecutores de los asesinatos de judíos en los campos de concentración? ¿Serían los responsables o, según esta determinación ontológica de la técnica, no serían más que los simples empleados de toda una fuerza superior que los constriñe o desafía a cometer actos (criminales), y que Heidegger identifica como la esencia de la técnica? Al parecer no y, más adecuadamente, ontológicamente no se les podría imputar dicha responsabilidad. Incluso en este punto, los propios perpetradores de los asesinatos de millones de judíos estarían a punto de aparecer también como víctimas del solicitar del Ge-Stell.
Entonces, ontológicamente hablando, los perpetradores de estos crímenes no habrían hecho más que consumar una orden que consiste en solicitar. Ahora bien, ¿entonces habrá que imputar responsabilidad a quien expresó esa orden? Si esto es cierto, entonces preguntemos: ¿quién solicitó al hombre? Según la propia determinación heideggeriana de la técnica debió ser el «solicitar» y, como sabemos, el «solicitar» fue requerido a su vez por el Ge-Stell. De modo que, en última instancia, el responsable de todo este círculo de solicitación sería la esencia de la técnica. Pero el asunto es que el ser de la época técnica o Ge-Stell no hubiera podido ser llevado ante los tribunales en los juicios de Nürenberg para ser juzgado por solicitar la aniquilación de vidas en campos de concentración. ¿Y qué hubiera pasado si los ahí acusados —Rudolf Hess, Albert Speer, Karl Dönitz, Walter Funk, Baldur von Schirach, Constantin von Neurath, Erich Raeder, etc. —, hubiesen intentado explicar a su favor que, en todo caso, ellos no hacían más corresponder a un reclamo o a una peculiar interpretación del ente, en la que no podían dejar de representarse a un determinado grupo racial como existencias disponibles de la fabricación de cadáveres en cámaras de gas o que no podían dejar de corresponder a la imposición interpelante de la solicitación del «solicitar», que a su vez era solicitado por el Ge-Stell? ¿Es que acaso en esta determinación ontológica de la época no puede imputarse responsabilidad a los humanos? Aclaro desde ya que nuestra postura no es la de desubicar el problema. El argumento de Heidegger sobre el Ge-Stell, el «solicitar» y el hombre como empleado de toda esta estructura ontológica-administrativa, jamás fue presentado para explicar que todos, es decir, tanto judíos muertos en cámaras de gas y tanto miembros de las “SS”, serían víctimas de la presencia omniabarcante del Ge-Stell.
Nuestra opinión es que la determinación llevada a cabo por Heidegger de la realidad técnica moderna no sólo es completamente congruente con su pensar, sino que además corresponde con lo realmente existente en esta época. El problema comienza cuando no nos ayuda a pensar algunas cuestiones: ¿cómo responsabilizar éticamente a los agentes o individuos que llevan a la tecnología al extremo de la aniquilación o exterminio de vidas? ¿Cómo responder ante la tecnología bélica? ¿Son responsables estos individuos de sus actos o sólo son víctimas de un modo de darse la verdad del ser? ¿A quién responsabilizar? El argumento de Heidegger resulta muy provocador, pues, ¿cómo explicar a Primo Levi, Walter Benjamin o Paul Celan que, puesto que los individuos son los empleados de la técnica, así también (eso Mismo) ellos no fueron víctimas de los nazis sino que en última instancia fueron víctimas del solicitar del Ge-Stell? ¿O cómo explicar a seis millones de judíos que ellos no fueron víctimas de un régimen político fascista sino del solicitar del Ge-Stell?
Insistimos en que no es la intención desubicar el planteamiento de Heidegger para hacerlo decir cosas que él jamás dijo y que probablemente nunca pensó. La intención es mostrar sólo una consecuencia posible que se puede desprender directamente de su planteamiento, y que incluso mal utilizada bien puede ser usada en el futuro por perpetradores de masacres para justificar sus hechos. Recordemos que en el tribunal militar de Nürenberg, los enjuiciados no dejaban de apelar a su favor que ellos sólo respondían órdenes militares, que como tales son ineludibles, sólo se acatan y no se cuestionan. Evidentemente, y con esto muy probablemente estaría de acuerdo nuestro autor, estas personas son responsables de la negligencia de sus actos. Pero al parecer de eso no se ocupa o no da cuenta la ontología heideggeriana. El mérito de Heidegger consiste en hacernos notar la dimensión ontológica que pesa sobre la tecnología; el hombre ya no tiene a la tecnología en sus manos; él ya no es dueño de sus consecuencias; al hombre moderno ella se le ha escapado de las manos porque ha pasado a conformar la realidad misma o porque nunca ha estado siquiera en sus manos.
Tal como lo decía el pensador de Ser y tiempo, aún no sabemos qué forma desarrollará en el futuro la tecnología. Así, pues, se hace más urgente pensar una ética de la tecnología, pues nos encontramos al comienzo del despliegue de su ímpetu. Del mismo modo, es sabido que Heidegger rechazó la posibilidad de la fundamentación de una ética tanto desde dentro de su pensamiento como desde cualquier otro ámbito. Para Heidegger, el nacimiento de la ética como un conjunto de preceptos que reglan la conducta humana, hunde sus raíces ya en el extravío del ser. La ética forma parte de esa fragmentación metafísica de la realidad que encuentra que por un lado hay física, por otro lado hay matemática, por el otro biología, por el otro filosofía, por el otro gramática, por el otro lógica, etc.
Entonces, retomando nuestro planteamiento, hemos llegado al punto en que encontramos que, ante todo y en última instancia, el responsable de la fabricación de cámaras de gas y campos de concentración es el Ge-Stell. Pero ya hemos visto que Heidegger no piensa en una responsabilidad ética sino en una “responsabilidad” ontológica. ¿Responsabilidad ontológica? Desde el punto de vista de nuestro autor, esta idea sería a todas luces in-correcta, pues él nos diría que el concepto mismo de responsabilidad, que aquí se quiere pensar ontológicamente, sigue basándose en una interpretación ética. Y, aunque Heidegger no deja de introducir referentes valorativos en toda su obra, él nos diría que la ontología misma estaría apartada de cualquier tipo de valoraciones.[4] El concepto de responsabilidad moral o ética es, por tanto, de suyo valorativo. Entonces, preguntemos: ¿hay acaso, en ontología, la posibilidad de pensar un concepto de responsabilidad?
Una revisión general de la obra de Heidegger hace notar que éste no es un concepto que aparezca en su obra,[5] ya que formalmente no es siquiera un concepto que tenga un lugar en su pensar. Lo más cercano a un concepto de responsabilidad es el concepto de culpa (Verschulden), sin embargo, Heidegger nos dice que la culpa no debe ser entendida en el sentido moral o jurídico, sino desde la palabra griega ή αỉτία. La palabra αἴτιος significa culpable de algo, autor de algo o “responsable” de algo. Nuestro autor se opone a la traducción latina de causa o principio, pues esta interpretación se debe a una comprensión valorativamente negativa del significado de ser culpable de algo. Entonces, ¿qué significa para Heidegger la culpa? Heidegger piensa la culpa en su sentido originario, de modo que la culpa es la culpa o “causa” de la aparición de algo, esto es, de su ocasión, en tanto que algo puede aparecer en la presencia. Y como ya vimos en el segundo capítulo, ¿cómo se le llama en un amplio sentido a este advenimiento de la presencia de algo? Respuesta: es la poíesis: el producir. Heidegger nos dice que ποίησις designa la actividad productiva, lo que Heidegger llama en alemán Her-vor-bringen: el llevar algo hacia delante desde su estado de ocultamiento al estado de desocultamiento. Así, toda acción de ocasionar o producir acontece como des-ocultamiento. Por tanto, el producir es mostrar un ente en su verdad, en su alétheia, en su estado de des-oculto.
¿Pero a dónde hemos venido a parar con esto? Ya podemos observar que la fundamentación de una responsabilidad moral o ética, incluso jurídica, en el pensamiento de nuestro autor es también por este lado imposible. Quien ontológicamente es responsable o culpable de algo, sólo es responsable de su aparición, independientemente de que ésta sea negativa o positiva. La culpa o responsabilidad en este sentido es ontológica, no ética. De este modo se nos ha cerrado esta otra vía, pues lo que nosotros buscamos es una responsabilidad ética.
Ahora bien, daremos paso a la idea que aquí queremos ensayar. Regresemos a nuestra pregunta inicial: ¿qué papel juegan las personas, grupos de personas, sociedades o agentes que “utilizan” o promueven el “uso” de la técnica para fines estimados como negativos? Ya vimos que para Heidegger los hombres corresponden a un determinado reclamo que impone la realidad misma. De modo que, ontológicamente hablando, ellos no serían éticamente responsables de estos actos. Entendemos el concepto de responsabilidad en su acepción actual o tardomoderna. Responsable es aquel al que se le pueden imputar la autoría de determinados actos u omisiones sean estos negativos o positivos. Y evidentemente, en este caso, buscamos imputar la responsabilidad frente a actos estimados negativamente.
Si procedemos heideggerianamente a escuchar las palabras, diríamos que en alemán la responsabilidad (Verantwortung) responde, pero Heidegger no piensa en una responder (antworten) sino en un co-rresponder, que lo expresa con la palabra alemana Entsprechen. En los Seminarios de Zollikon, Heidegger explica que “la expresión «corresponder a» quiere decir: responder a la pretensión, comportarse conforme a ella”.[6] Así, no se trata de un mero responder (responděre), sino de un satisfacer o co-rresponder a un reclamo (Anspruch) que el hombre no puede eludir. En este sentido, Heidegger no pensaría el antworten del alemán, es decir, el responder, sino el de-volver la llamada a una interpelación o el atender al reclamo (ent-sprechen) que el ser otorga o envía para el hombre.
Así, nuestra idea radica en proponer que en Heidegger hay una Verantwortungslosigkeit. Esta palabra, al parecer, no forma parte del lenguaje común alemán, no existe en los diccionarios alemanes y tampoco es un vocablo o retruécano propio del lenguaje de nuestro autor.* Es una acuñación nuestra que sigue la típica manera de Heidegger de formar palabras, por ejemplo, él habla de la Heimatlosigkeit, que se traduce frecuentemente como pérdida de la patria, pero Heidegger no piensa propiamente en una pérdida (Verlust), sino en una ausencia o falta (-losigkeit) de una “matria” o de un referente por medio del cual se pueda morar en el mundo. En Ser y tiempo, nuestro autor también habla de Sinnlosigkeit, que bien tradujo J. Gaos por «falta de sentido». Heidegger habla también de la Entscheidungslosigkeit (ausencia de decisión), esto es cuando el hombre vive consumido en la región del «uno» (Man). Así, pues, nuestra Verantwortungslosigkeit o ausencia de responsabilidad, no quiere significar otra cosa que no sea la de hacer visible que en el pensamiento de nuestro autor hay una ausencia de la responsabilidad ética humana en un ámbito ontológico, esto es, que en su pensamiento no se encuentra la idea de la responsabilidad, ni tampoco, por el contrario, la idea de la irresponsabilidad, de modo tal que su pensamiento no promovería la irresponsabilidad humana, porque ni siquiera es posible la fundamentación de una Verantwortung, es decir, la responsabilidad ética.
Igualmente, siguiendo el método heideggeriano, habría que decir que la idea de Verantwortungslosigkeit, no es ningún improperio o juicio de valor sino una determinación, pues cuando se habla aquí de esta característica del pensar heideggeriano con el nombre de Verantwortungslosigkeit (ausencia de responsabilidad), se quiere decir que en su pensamiento no hay ni la idea de responsabilidad ética, ni la de irresponsabilidad humana frente a las faltas morales o éticas. Irresponsable es el que sabiendo que existe la responsabilidad moral o ética no asume el efecto de sus actos. Quien es irresponsable debe suponer una idea de responsabilidad. Pero en el pensamiento del filósofo de la Selva Negra no existe siquiera la noción de una idea o de otra. En el pensamiento de Heidegger no se puede asumir una responsabilidad o irresponsabilidad porque en efecto hay una ausencia de la idea misma de la responsabilidad.
Ahora bien, nuestra supuesta idea de la ausencia de responsabilidad es en realidad superflua frente al hecho de que se tiene que apoyar necesariamente en la existencia de una moral o una ética, pero Heidegger mismo ya ha rechazado la fundamentación de una ética. En su Carta sobre el humanismo nos explica, aunque al parecer no muy convencido de lo que él mismo dice, que el pensar de la verdad del ser ya sería de algún modo una ética. Sin embargo, el problema que se nos enfrenta es que el pensar la verdad del ser no garantiza de algún modo el no cometer actos que escapen a la moral. El tema es ciertamente escurridizo y ante todo porque no puede ser abordado desde dentro del pensamiento de nuestro autor, sino desde fuera e introduciendo una serie de conceptos ajenos al camino del pensar.

[1] "A través de tal solicitar [Bestellen] la tierra deviene en una región carbonífera, el suelo en un yacimiento de minerales. Este solicitar es ya un modo distinto a través del cual antes el campesino cultivaba su tierra. El hacer campesino no desafía la tierra de cultivo; más bien entrega la semilla a las fuerzas del crecimiento, la resguarda a ella en su prosperar. No obstante, entre tanto también se convirtió la labranza en el mismo solicitar, eso emplaza al aire en nitrógeno, al suelo en carbón y minerales, eso al mineral en uranio, eso al uranio en energía atómica, esto en destrucción disponible. Agricultura es ahora industria motorizada de alimentación, en esencia eso Mismo tal como la fabricación de cadáveres en cámaras de gas y campos de concentración, eso Mismo tal como bloqueo y obligar a rendirse por el hambre a los países, eso Mismo tal como la fabricación de bombas de hidrógeno". M. Heidegger, Das Ge-Stell, GA, vol. 79, p. 27.
[2] L. Ferry y A. Renaut, Heidegger y los modernos, trad. de Alcira Bixio, Buenos Aires, Paidós, 2001.
[3] J.-F. Lyotard, Heidegger y “los judíos”, Buenos Aires, la marca, 1995, p. 81.
[4] Heidegger escribe en Ser y tiempo casi a modo de sentencia: “Hay que guardarse de toda ‘valoración’ negativa, que sería óntica, en su uso analítico existenciario”. Así, toda valoración, sea esta negativa o sea esta positiva, es óntica y está, por tanto, fuera de toda investigación ontológica. Vid. El ser y el tiempo, México, FCE, p. 243.
[5] Una revisión general, no exhaustiva, da cuenta de que en todas las obras citadas y revisadas en este trabajo, el concepto de responsabilidad o la palabra responsabilidad (Verantwortung), no aparece sino solamente dos veces, y al parecer es para criticarla medianamente (no se entiende bien), véase, Identidad y diferencia, p. 95, Die Gefahr, GA, vol. 79, p. 59.
[6] M. Heidegger, Seminarios de Zollikon, trad. de Ángel Xolocotzi Morelia, Jintanjáfora, 2007, p. 224.
* Recientemente, hemos hecho el “descubrimiento” de que la palabra Verantwortungslosigkeit, en efecto fue al menos una vez escrita por Heidegger: “Dabei ist es ganz in der Ordnung, wenn die Ahnungslosigkeit (um nicht zu sagen Verantwortungslosigkeit) so weit geht […]”. Heidegger habla de una falta de responsabilidad, pero no es un vocablo que esté dentro del camino de su pensar. Ahora bien, no se trata de disputarnos la autoría de este concepto, pues en todo caso está inspirado a partir de la gramática heideggeriana”. Vid. Aportes a la filosofía, p. 119; Beiträge zur Philosophie, GA, vol. 65, § 69.

domingo, 13 de septiembre de 2009

¿QUÉ OPINAN?


LA SIGUIENTE cita es un breve párrafo medianamente controvertido en el que Heidegger expresa que, en última instancia, lo Mismo (Selbe) es la producción industrializada de alimentos y la producción de cadáveres en cámaras de gas, respecto a esto último, naturalmente, refiriéndose a la Shoha. En efecto, cuando Heidegger habla de lo Mismo, se refiera a que ambos fenómenos son propios de la época técnica y que como tales encuentran su esencia en el mismo trasfondo ontológico, esto es, en el Ge-Stell como nombre propio para el Ser de la época actual.
El solicitar o Be-stellen hace referencia al solicitar técnico, que es el que desafía provoca a la naturaleza para promover la extracción de existencias disponibles.



¿QUÉ OPINAN DE LA CITA?

A través de tal solicitar [Bestellen] la tierra deviene en una región carbonífera, el suelo en un yacimiento de minerales. Este solicitar es ya un modo distinto a través del cual antes el campesino cultivaba su tierra. El hacer campesino no desafía la tierra de cultivo; más bien entrega la semilla a las fuerzas del crecimiento, la resguarda a ella en su prosperar. No obstante, entre tanto también se convirtió la labranza en el mismo solicitar, eso emplaza al aire en nitrógeno, al suelo en carbón y minerales, eso al mineral en uranio, eso al uranio en energía atómica, esto en destrucción disponible. Agricultura es ahora industria motorizada de alimentación, en esencia eso Mismo tal como la fabricación de cadáveres en cámaras de gas y campos de concentración, eso Mismo tal como bloqueo y obligar a rendirse por el hambre a los países, eso Mismo tal como la fabricación de bombas de hidrógeno.”
M. Heidegger[1]
[1] M. Heidegger, “Das Ge-Stell”, Bremer und freiburguer Vorträge, GA, vol. 79, Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 2005, p. 27.

sábado, 12 de septiembre de 2009

M. Heidegger: entre el capitalismo o ante la técnica moderna



M. Heidegger: entre el capitalismo o ante la técnica.

A partir de una indicación de Bolívar Echeverría en su “Heidegger y el ultra-nazismo” [1], podemos observar que en la obra de Heidegger hay una ausencia, la cual, sin embargo, no deja de ser lo realmente existente en nuestro tiempo; esta ausencia es el fenómeno del capitalismo. Al parecer se puede recorrer toda la obra de Heidegger y no aparecerá ninguna mención al respecto. Y siguiendo a B. Echeverría, en La época de la imagen del mundo, donde Heidegger realiza una determinación de los cinco fenómenos típicos de la época moderna, parece extraño y para ser sinceros, resulta tan extraño que despierta suspicacias el hecho de que falte el capitalismo como uno de estos fenómenos de la Modernidad. En efecto, a lo largo de la tematización de la técnica moderna en el pensar de Heidegger, existió la ausencia de la palabra Kapitalismus.
En una alocución del año de 1946 y titulada ¿Para qué poetas?, Heidegger habla no del capitalismo sino del mercado o mercantilismo, ahí él nos dice:

No sólo dispone [el dominio técnico] todo ente como algo producible en el proceso de la producción, sino que provee los productos de la producción a través del mercado. Lo humano del hombre y el carácter de cosa de las cosas se disuelven, dentro de la producción que se auto impone, en el calculado valor mercantil de un mercado que, no sólo abarca como mercado mundial toda la tierra, sino que, como voluntad de la voluntad, mercadea dentro de la esencia del ser y, de este modo, conduce todo ente al comercio de un cálculo que domina con mayor fuerza donde no precisa de números.[2]

Aquí Heidegger piensa que el mercado mercadea y sería un modo de esenciar el ser, el cual es perteneciente a la historia de la metafísica. En efecto, en esta alocución nuestro autor habla del mercado, sin embargo, tanto mercado como capitalismo, que creemos serían el mismo fenómeno, no están tematizados en el pensar de Heidegger. Con esto no reclamamos a Heidegger el no haber pensado el capitalismo, sino que resulta extraño que el fenómeno del capitalismo como un fenómeno ineludible de la Modernidad esté exento de su vocabulario. Por otra parte, puede ser cierto que Heidegger pensara al capitalismo dentro de la tematización de la técnica, pues tal como escribe Ph. Lacoue-Labarthe, dentro de la sociedad conservadora en la que durante esa época se desenvolvía nuestro autor, técnica era el neologismo con el que se encubría una crítica al fenómeno del capitalismo.[3] Sin embargo, Heidegger analiza lo avasallador del Ge-Stell y no lo avasallador del valor y dinero.
Recordemos que para K. Marx, la tecnología es un medio para la producción del valor, por su parte, para Heidegger, la técnica moderna sería el primum mobile, el factótum o, con términos de E. Jünger, la movilización total. Para Marx, la técnica es el medio de una fuerza superior que es el valor que se autovaloriza: fenómeno llamado capitalismo. En efecto, en este trabajo nos acercamos al pensar de Heidegger, sin embargo, es evidente que hay otros pensamientos esenciales; razón por la cual creemos que el nombre «época técnica» muestra una parte de la época actual.
Actualmente, técnica y capitalismo son dos fenómenos propios y determinantes de la Modernidad. Heidegger nos ayuda a pensar el primero de ellos pero no el segundo. En realidad son fenómenos que requieren ser abordados aparte, aunque no sin relación, pues es cierto que estos fenómenos aparecen como hermanos siameses, que compartiendo los mismos órganos vitales poseen rostros diferentes.
[1] B. Echeverría, “Heidegger y el ultra-nazismo”, Las ilusiones de la modernidad. Ensayos, México, UNAM-El Equilibrista, 1997, pp. 83-96.
[2] M. Heidegger, ¿Y para qué poetas?, p. 217.
[3] Ph. Lacoue-Labarthe, “Presentación”, en M. Heidegger, La pobreza (Die Armut), p. 165.