jueves, 31 de mayo de 2012

Saltar sobre la propia sombra

Sólo un punto: el movimiento 132 se declara apartidista, es decir, no apoyará algún candidato. Bien (en verdad, bien). Sin embargo, la declaratoria apartidista ha quitado sin querer una de las principales consignas de este movimiento: estar en contra de Peña Nieto (y espero que ello no suceda). Creo que propugnar por un “relativismo” apolítico es única y exclusivamente válido en términos formales, pero propugnar por un relativismo absoluto (contradicto in adiecto) lleva al movimiento a desvanecerse en términos políticos.      
El movimiento 132 se ha visto llevado a una contra-dicción; una contradicción que por cierto no proviene de una deficiencia de los estudiantes, sino que es producto del modo cómo perversamente está organizada la democracia electoral de este país. No se puede ser apartidista en un movimiento que quiere incidir en las elecciones y que para hacerlo tiene los días contados (quizá el poco tiempo que se tiene sea el problema).
Pese a todo, el trasfondo de este impasse proviene en realidad de un núcleo contradictorio: el 132 es (o debiera ser) un movimiento social que apunta a la resistencia pero que pretende incidir en objetivos político-institucionales. Y la resistencia social y la política son dos cosas muy distintas. Por ello, para ser efectivo, el 132 debe platearse en términos radicales.

martes, 29 de mayo de 2012

Mar de fondo


Ante el anuncio de la iberización de la UNAM y la unamización de la Ibero,  creo que el movimiento Yo soy 132 debe ser observado críticamente y no con el ánimo de detractarlo. En efecto, el 132 ha reunido a los estudiantes, sobre todo, universitarios, tanto de universidades privadas como públicas. Eso ya es loable.
Lo que comento a continuación se basa  en la experiencia del mitin-marcha al que se convocó el pasado miércoles 23 de mayo en la Estafa de Luz. Creo que los motivos de protesta o indignación entre las universidades privadas y públicas son completamente distintos. Y esto pudo constatarse en la marcha de la semana pasada.
Estando ya en el Ángel de la independencia, los estudiantes no sabían bien hacia dónde marchar: hacia el Zócalo ó hacia Televisa. Decidieron, finalmente, marchar hacia Televisa en un solo contingente y como un cuerpo único. Estando en Televisa, sin embargo, el contingente se partió espontáneamente.
Los unos se quedaron a realizar un mitin frente a Televisa y los otros, en un contingente ya más reducido, marcharon rumbo al Zócalo. Los primeros eran sobre todo estudiantes de universidades privadas y los segundos de públicas. Y creo que esto es muy significativo porque representa el trasfondo y la perspectiva política que manejan ambos “tipos” de universitarios.
Los estudiantes que permanecieron ante las instalaciones de Televisa, los de las privadas, concentraron sus demandas sobre todo en: 1) un NO rotundo o Peña Nieto; 2) veracidad en los medios de comunicación y 3) que las elecciones permitan un juego democrático efectivo.


Los estudiantes que marcharon hacia el Zócalo (que el sitio de protesta está, en sí mismo, mayormente cargado de significados), los de las públicas, tenían demandas mucho más “vagas” pero más radicales: el NO rotundo se dirigía hacia todos los partidos; se integraron más consignas de las que originalmente se habían convocado (Atenco, educación gratuita —y “primero para el hijo del obrero”—, no a la violencia, liberación de presos políticos, denuncia de los feminicidios, etc.). 


Las demandas de los primeros son sumamente reformistas; apuntan hacia la realización efectiva de una democracia liberal; y el centro de gravitación de sus demandas proviene de una indignación moral. Las demandas de los segundos, aunque más difusas y —si se quiere— utópicas, apuntan hacia algo que tendencialmente puede ser más “revolucionario”, es decir, observan el desgaste profundo de la política actual y la necesidad de su transformación radical (no reformista).
Cuando dos fuerzas distintas se reúnen pueden ocurrir tres cosas: 1) que ambas entren en un juego dialéctico que las lleve a dar más de sí mismas; 2) que sólo una salga fortalecida, lo que implica que la otra se empobrezca; y 3) que ambas se destruyan.
Espero que la reunión de estas dos fuerzas universitarias “distintas” no conduzca ni a la segunda ni, mucho menos, a la tercera de estas posibilidades. La segunda es, sobre todo, mayormente perjudicial para las demandas que “históricamente” han sostenido las universidades públicas; demandas cuya realización exigen un cambio mucho más radical y profundo al que es necesario dirigir todas las fuerzas.
Mañana sesionará el 132 en las Islas de CU y no sabemos aún qué sucederá. Espero, realmente, que suceda la primera de estas tres posibilidades.

jueves, 24 de mayo de 2012

LA HISTORIA OFICIAL Y EL SUJETO REFLEJO: una observación sobre lo que los medios dicen del 132 de la Ibero


LA HISTORIA oficial, la de los “vencedores” y los grandes relatos del pasado, enseña que los grandes momentos de la historia, tanto sus inflexiones y coyunturas, como sus transformaciones profundas y radicales, han sido protagonizadas por los magnánimos personajes; se complace en narrar las acciones singulares, la de las valerosas aventuras individuales (caudillos, presidentes, reyes, conquistadores, etc.) y gusta de las acciones colectivas de gran alcance, cuando las sociedades (re)fundan sus politicidades (independencias o revoluciones).
Pero esta vinculación directa —sin mediaciones— entre los grandes personajes, individuales y colectivos, con las grandes transformaciones históricas, parece ser falsa y desmedida. Se tiende a creer que son los grandes hombres los que activan la dinámica histórica: los visionarios, los futuristas, los valientes, los de espíritu de empresa, los atrevidos, etc. Esta inclinación por los grandes hombres tiene su origen en un pathos perverso del ser humano, que sólo pudo propulsarse en la época moderna, cuando el capitalismo se instaló como centro de gravitación de todos los valores (valores nuevos que se instalaron en todo el cuerpo social). Este pathos perverso nace con una empatía por el vencedor, por el que tiene la “razón”, por el que ganó la partida, por el dominador, por el winner, por el que las lleva de ganar o, incluso, por los ya privilegiados, por las clases dominantes, por las que encabezan los metarrelatos imaginarios (razón por la cual las telenovelas rosas, cuyo protagonistas son personajes “pudientes”, tienen tanto auge)
Lo anterior tiene pertinencia actual. Los opinadores de la Televisión anuncian con revuelo que se ha desatado un movimiento estudiantil iniciado por los estudiantes de la Ibero. Debido a su falta de presencia anterior, ahora se reconoce con gratitud a los de la Ibero (Tec, ITAM) el haber tomado la iniciativa sobre un movimiento que ha llevado a las calles a los estudiantes de universidades tanto púbicas como privadas.
Sólo quiero insistir en un solo punto. Creo que los comunicadores de la televisión —que es a partir de donde se organiza la opinión pública en general— siguen moviéndose por esta empatía por el poderoso. Dicen que son los de la Universidad Iberoamericana quienes, con el movimiento “Yo soy 132”, están originando avant la lettre la “Primavera mexicana”.
 Pero los “analistas” se equivocan de “sujeto” porque otorgan iniciativa, convocatoria y planificación a aquellos estudiantes que no dejan de ser el reflejo de un conjunto de demandas que con anterioridad llevan elaborando los estudiantes de las universidades públicas de todo el País (desde la UAM-POLI-UNAM hasta las normales rurales y escuelas estatales; y no sólo ellos, sino la sociedad en su conjunto).


Desde el 2006, desde el 99, desde el 94, desde el 68 o, incluso, desde antes (¿desde “siempre”?), los estudiantes de las universidades públicas mantienen una protesta constante y cuyo costo ha sido muy alto para su reputación, la cual siempre ha sido golpeada sistemáticamente por el conjunto de medios de comunicación que tienen el poder de la (des)información. Éstos ven en los estudiantes de universidades públicas un peligro, un riesgo. Y la mejor defensa es el ataque. Los medios y los gobiernos arremeten contra ellos cuando han salido a las calles; los llaman pseudoestudiantes, porros, grilleros; piden su encarcelamiento o el cierre de sus centros escolares (normales rurales); los persiguen y los desalojan violentamente o, incluso —so pretexto de que hay vías de “diálogo” abiertas e instituciones “democráticas” mediadoras de la discordia— los asesinan sobre el ardiente asfalto de las autopistas que deben ser resguardadas para el libre tránsito de las mercancías (Ayotzinapan). 


Aunque a regañadientes, los medios de comunicación han reconocido la iniciativa de la Ibero, pero lo han hecho sólo a causa de esta empatía por el poderoso. Los medios saben que a los de la Ibero no los pueden castigar ni censurar. Pero, en cambio, de haberse tratado de protestas provenientes de estudiantes de universidades públicas la opinión sancionadora de los medios hubiera sido la declaración de una guerra a muerte.
Por lo demás, lo importante es que, de ahora en adelante, los estudiantes de las Universidades (de Todas, sea la que sea) tendrán que trabajar en conjunto, y con toda la sociedad, si es que quieren contribuir a la transformación de la realidad de un País que está en la catástrofe y si es que quieren, mediante la lucha, explorar otra vías de convivencia social —ajenas a las actuales— que estén en la capacidad de negar y trascender el discurso violento —éste sí, violento— de la “democracia institucional”. Para tal efecto no se debe dejar a nadie fuera, sea universitario o no, de una escuela pública o no. Tal como dice la ya vieja consigna: 

♪♫Yo soy el estudiante
que sí que no el estudiante.
Yo soy el barrendero,
que sí que no el barrendero.
Yo soy el taxista
que sí que no el taxista…♪♫



***
Finalmente, a partir de la historia oficial, podríamos dar cuatro ejemplos de lo que en las grandes transformaciones ella ha postulado como los “sujetos de la historia”, sujeto, por supuesto, erróneos:
1) Para la historia establecida, fueron los criollos del siglo XVIII quienes se encargaron de la reconstrucción civilizada de la Nueva España. Sin embargo, si cepillamos a contrapelo, observaremos que fueron los indios de la América barroca del siglo XVI y XVII quienes se encargaron de la refundación de sus mundos y quienes hicieron posible la vida civilizada después de la barbarie de la conquista. Espontáneamente y sin ostentar proyectos, fue la población diezmada de los indios —aquellos que eran considerados animales, carentes de decisiones e iniciativas y sin un lugar en la historia— quienes ejercieron su sujetidad e hicieron posible la vida incluso en medio de la muerte.
2) La historia cuenta que hay “Héroes de la Patria” (Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz etc.). Dice que ellos hicieron la Independencia. Pero olvida que ellos son sólo el reflejo de un conjunto de gestiones y acciones políticas que las clases azotadas del temprano siglo XIX (y XVIII) ya venían realizando subrepticiamente y bajo represión constante.
3) La historia narra que la Revolución Mexicana tiene sus héroes institucionales (Madero o Carranza) pero olvida que fueron los que pedían trabajo, tierra y libertad quienes en realidad hicieron posible la Revolución. Zapata y Villa son los caudillos o los personajes visibles que hicieron esto último, pero incluso debajo de ellos están las poblaciones campesinas, que serían las que hicieron posible la Revolución pero que, sin embargo, la historia no les reconoce su autoría (su sujetidad), a menos que sea sólo para hacer de ellas una curiosidad de moda (como en el caso de la Soldaderas).
4) Incluso, desde los frentes críticos, el metarrelato marxista acerca de los proletarios como el sujeto de la revolución ha caído en esto. Ha querido que sean aquellos que tienen “consciencia de clase” y aquellos que se relacionan con los medios de producción quienes se encarguen de la Revolución proletaria. Pero han debido pasar más de 150 años para que se sepa que es cualquier individuo desde cualquier punto, ya sea con una actitud de resistencia mínima o trascendente, ya sea pública o en lo privado, pueda estar en la capacidad de explorar otros vías de vida que no impliquen la enajenación mercantil-capitalista.

miércoles, 9 de mayo de 2012

8 de mayo de 1945: Heidegger y el final de la Segunda Guerra Mundial


Refugiado en un castillo al sur de Alemania, propiedad de una adinerada familia de la realeza, y sofocado por las circunstancias personales en las que se encuentra, así como agobiado por los hechos devastadores por los que atraviesa la historia mundial, Heidegger es arrobado por un impulso que lo obliga a llevar a cabo la meditación a través de la escritura de diálogos. Emulando aquella manera de reflexión practicada por Platón —de la que inmediatamente se desentendió la filosofía, optando ésta por el siempre certero  y bien "razonado" tratado filosófico—, Heidegger se dedica en esos días a experimentar en el ejercicio literario-filosófico —poético-pensante, le llame él—, el cual le permite reflexionar con mayor profundidad que si lo hiciera en un estudio filosófico tradicional. Heidegger logra escribir algunos diálogos. Uno de ellos son las Conversaciones nocturnas entre un joven y un viejo en un campo de concentración en Rusia.[1] 

   Los personajes ficticios que Heidegger imagina en estas inquietantes conversaciones, un joven y un viejo, representan a dos soldados alemanes que han caído presos en un campo ruso de prisioneros de guerra. Poco antes del anochecer, después de la jornada de trabajo, los protagonistas de este relato de Heidegger discurren sobre la devastación del mundo, mientras que detrás de alambrada de púas ellos se encuentran encerrados entre los muros de una barraca pero ante la “libertad” que les provoca algo salvífico (Heilsam) procedente del susurro del bosque inmenso de Rusia.

En completo contraste con el tono firme y aguerrido de algunos escritos anteriores a la Segunda Guerra, en los que Heidegger expresa confianza segura y apoyo abierto a la Alemania nacionalsocialista [2], este peculiar texto de 1945 refleja la perturbadora depresión que su autor cruzaba por esos días. [3] Temeroso ante el futuro por el fracaso de las “esperanzas” depositadas en aquel “movimiento”, se trata ahora de un pensador afligido, decepcionado, trastornado y derrotado que, frente a la catástrofe de la Segunda Guerra y en vez de admitir la barbarie nazi, prefiere pensar una maldad intrínseca en el decurso de la historia al suponer en estos diálogos, mediante uno de sus personajes —el joven—, que “quizá, en la esencia de su fundamento, el Ser sea maligno”. [4]



Del grueso de este texto literario-filosófico, quisiera destacar únicamente la frase con la que, precisamente el mismo día en que Alemania firmó su capitulación, Heidegger da por terminado su escrito:
Castillo Hausen en el Valle del Danubio, el 8 de mayo de 1945,
el día en que el mundo festejó su victoria,
aún sin haber reconocido que ya desde hace
siglos es la víctima de su
propia sublevación.

Este tono resentido de Heidegger es revelador pero impreciso. Con desagrado acepta la victoria de los países Aliados y, con ella, el triunfo de su “visión de mundo”, pero la desvirtúa por considerarla superficial o de segundo orden. En efecto, sólo unos años antes, en los cursos universitarios que dicta, Heidegger había expresado su rechazo abierto tanto al mundo “anglosajón del americanismo” como al mundo “soviético del comunismo”; proyectos de mundo que estaban decididos a aniquilar Europa. La auténtica preocupación de Heidegger —rayana en la paranoia— por la técnica moderna y su relación con lo político, tuvo lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y durante ella; justamente cuando, para el filósofo, el Nacionalsocialismo representaba la única alternativa en contra de estas dos fuerzas metafísicas —mal llamada políticas, según Heidegger—  que se disputaban el poder mundial y que atenazaban a Alemania. El ascenso de la “noche más larga de la historia” estaba encabezado por la imposición del mundo industrializado y técnico. EEUU y Rusia representaban este mundo que entronizaba al ente desde la forma de la verdad de la técnica.


  Por ello, para Heidegger, esta “victoria” bélica de los países aliados sería intrascendente y representaría un éxito sólo para el revuelo de la “opinión pública” que afirmaba el triunfo de las “fuerza del bien” sobre las del mal. De este modo, lo  realmente relevante no consistiría en admitir esta “victoria”, sino en reconocer una derrota anterior, más “esencial”, supone Heidegger, causada por una previa sublevación del hombre, la cual sin embargo permanecía desconocida para la humanidad entera. ¿Cuál fue esta sublevación y frente a qué se sublevó el hombre? Heidegger dice que esta sublevación ocurrió hace siglos, pero ¿se trata de unos cuantos siglos o decenas de ellos? El hombre, para Heidegger, habría extraviado su sentido desde lo más inicial de los tiempos, pero sólo se sublevó cuando en la modernidad se enseñoreó como dueño del Ser. Seguramente, Heidegger se refiere tanto a esta sublevación moderna, antropocéntrica y antropolátrica, como también se refiere a una sublevación inicial (anfänglich) que ocurriera hace milenios: la que hunde sus raíces en el olvido del Ser, el cual comienzó en los tiempos más tempranos de la historia, y a partir de la cual tendrían su "origen" y "causa" todos los problemas y catástrofes cotidianas en el ámbito óntico. Para Heidegger, la destrucción entera del mundo sólo ha sido posible por una devastación ontológica.   
Además, Heidegger nos deja ver que los seres humanos serían víctimas de una de las mayores ironías del Ser. Mientras que todos festejarían la victoria de las fuerzas aliadas, ese mismo hecho representaría el hundimiento total de la humanidad en una historia de catástrofe y devastación —en la que nos encontraríamos— y que habría venido con el ascenso de la técnica moderna. Esta sería la auténtica ironía que el Ser preparaba para el hombre. Se trata de una paradoja para el Ser humano, aquel que “no hace más que dar vueltas por todas parte alrededor de sí mismo en cuanto animal rationale”.  
Por ello, en otro texto anterior Heidegger escribe:

Por eso, tal guerra ya no admite “vencedores y vencidos”; todos devienen esclavos de la Historia del Ser, para la cual, desde el inicio, ellos se encuentran demasiado pequeños y por ello han sido constreñidos en la guerra.[5]


Esta sería la historia de la humanidad entera: una historia de esclavos del Ser.  A este grado llega la desesperación de Heidegger. Puede decirse que la explicación histórico-ontológica de Heidegger sobre la devastación es impecable. Sin embargo, no hay forma de explicar atrocidades humanas como si fueran provenientes de la voluntad del Ser. Pero Heidegger se equivoca. Son estas afirmaciones las que dan forma al metarrelato heideggeriano. Culpa al Ser de la catástrofe metafísica, que es tanto como culpar a Dios del conjunto de los pecados del ser humano a causa del libre albedrío que concedió a éstos.




[1] M. Heidegger, “Abendsgespräch in einem Kriegsgefangenenlager in Ruβland zwischen einem Jüngeren und einem Ältern”, Feldweg-Gespräche (1944-45), GA, vol. 77, Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 1995, pp. 205-245.
[2] Me refiero a dos textos ejemplares que incluso alcanzan la forma de panfleto político: “Das Ende der Neuzeit in der Geschichte des Seyns” y τò χοινόν. Aus der Geschichte des Seyns”, ambos en Die Geschichte des Seyns, GA, vol, 69.
[3] En esta puesta en escena, nuestro autor proyecta las preocupaciones que tenía depositadas en sus hijos, quienes en esos momentos y en la vida real se encontraban presos en Rusia al ser capturados como soldados alemanes. Sobre este tema y la depresión por la que atravesaba Heidegger, vid.  las cartas de M. Heidegger a Elfride Petri del 11 y 23 de marzo y 3 de abril de 1945.
[4] M. Heidegger, “Abendgespräch in einem Kriegsgefangenenlager…”, Feldweg-Gespräche, GA, vol. 77, pp. 215 y ss.
[5] M. Heidegger, Die Geschichte des Seyns, GA, vol. 69, p. 209. "Deshalb läβt solcher Krieg nicht mehr »Sieger und Besiegte« zu; alle werden zu Sklaven der Geschichte des Seyns, für die sie von Anfang an zu klein befunden und daher in den Krieg gezwungen wurden".

jueves, 26 de abril de 2012

Octavio Paz: lo que no es posible re-decir II/II


El laberinto de la soledad continúa como una obra inaugural por su estilo ensayístico y es un texto referente en el pensamiento mexicano, cuyas reimpresiones, en distintas ediciones, suman 1, 088 000 ejemplares (hasta 2009). Diariamente es leído por estudiantes de secundaria y preparatoria, razón por la cual es necesaria una revisión a contrapelo de esta obra, ya que hay planteamientos que son insostenibles actualmente.
La Malinche

La determinación que Octavio Paz hace de la Malinche es completamente equivoca. Para Paz, como para todo el discurso nacionalista mexicano, la Malinche es la mujer: la penetradora traidora (sic). Sus reflexiones sobre lo femenino son parciales y machistas. En efecto, no cabe duda de que la palabra “chingada”, en el conjunto de “significaciones mexicanas”, guarda un profundo sentido machista. Sin embargo, el error de Paz consiste en trasladar estas concepciones y aplicarlas, anacrónicamente, a la figura histórica de la Malintzin.

El discurso de Paz se enmarca y adquiere sentido sólo dentro del conjunto de discursos nacionalistas que buscan un “chivo expiatorio” sobre quien descargar los puntos ciegos de la historia oficial. Estos discursos hacen creer que gracias al “entreguismo” de este personaje traicionero y femenino, la “nación mexica” se encontró en desventaja frente al enemigo extranjero. Doña Marina, según esta explicación, sería quien entregó al adversario los secretos de un pueblo y quien, fascinada por la prepotencia del extranjero, sucumbió a las riquezas prometidas de por éste y decidió vender a su pueblo y a su propia “raza”.

Por su parte, Paz intenta sostener su postura haciendo una “exegesis” de las distintas acepciones de la palabra chingada:

La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, “hijo de puta”, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación. (p. 117, edición 2009)
A partir de aquí, para Paz, la Malinche es la chingada:
La Chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta; no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina. (p. 124)

   “Su mancha reside en su sexo”, dice Paz. Además de machista, la perspectiva de Paz hunde sus raíces en la moral cristina-católica, para la cual la mujer “autentica”, fiel o prudentísima (e. d.: Santa) debe presentarse inmaculada y pura, tal como el propio rezo católico, en la Letania Lauterana, no se cansa de repetir en una de sus partes: “Madre virgen, madre santísima, madre purísima, madre castísima, madre virginal, madre inmaculada, madre sin mancha. Ruega por nosotros”.

   ¿Es cierto, como dice Paz, que la “pasividad” de la Malinche, “abierta” a la figura fálica del conquistador, la lleva a “perder” su identidad? ¿Pasividad, apertura (en el sentido de abierta a la violación), pérdida, identidad? ¿Acaso éstos son nombres apropiados para juzgar un fenómeno histórico que concernió individualmente a la Malinche y que concierne a distintas colectividades?

¿La chingada es la Nada? Para Octavio Paz el personaje histórico de la Malinche fue alguien inerte y pasivo que, ante la derrota, sólo se abrió a la violación del conquistador. ¿Pero es esto cierto? En realidad, o bien Paz carece de datos históricos, o bien su concepción general sobre lo femenino es en realidad la que se corresponde con la idea de asociar la “penetrabilidad pasiva” (sic) a la mujer. En ningún momento de la historia concreta de la Conquista de la Nueva España, Doña Marina parece ser “un montón inerte de sangre, huesos y polvo”, como afirma Paz. Por el contrario. Un dato sorprendente lo otorga Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: Hernán Cortés era llamado por sus propias huestes: “el Malinche”. Este mote le fue impuesto a Cortés por los propios conquistadores para burlarse de él, ya que ellos se dieron cuenta de que quien verdaderamente mandaba y tomaba decisiones era esta “mujer entremetida y desenvuelta”, como Bernal se refería a la Malinche.

Asimismo, no hay que olvidar otros datos relevantes:

• Malintzin es quien, en los códices, aparece representada dando órdenes a las huestes de Cortés. Ella no era únicamente la intérprete o traductora; fue, en cambio, quien en algún momento de la Conquista tomó parte de la “agencia” de las huestes.

• En los códices, la silueta de Malintzin aparece pintada de un tamaño más grande que el de la figura de Cortés y éste aparece con una silueta visiblemente disminuida.

• En algunas imágenes, Malintzin es representada hablando y dando órdenes desde lo alto, con lo cual, quienes pintaron los códices, dan cuenta de la jerarquía que obtuvo ante Cortés.

Continúa Paz unas páginas más adelante:

Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de la indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. (pp. 124-125)

De aquí nace la idea de Paz acerca de que los mexicanos somos “hijos de la chingada”; producto de la violación; seres en suspenso; seres en la Nada. Según estas ideas, a los mexicanos les tocó perder. Son hijos de la abierta y violada; hijos de la Nada. Estas ideas concuerdan con aquellas que sostienen un “complejo de inferioridad” en el mexicano, tan fervientemente sostenido por otros intelectuales mexicanos como Samuel Ramos y Salazar Mallén (discursos que es necesario desdecir y contradecir).

Dice Paz, unas líneas más abajo:

Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión casi feroz. (pp. 124-125).
Entonces, además de machista, nacionalista y de “moral cristiana”, Paz tampoco parece emplear adecuadamente el concepto “dialéctica”. Según este último párrafo, la dialéctica se cumple entre la relación violenta que se presenta entre “lo cerrado” y “lo abierto”; “lo activo” y “lo pasivo”; el macho y la hembra. ¿Pero dónde se daría la dialéctica aquí? Lo que Paz describe es un juego de pares, un conjunto de fuerza contrarias que, en el mejor de los casos, lo llevarían a sostener una relación “dicotómica” pero de ningún modo una relación dialéctica.

La violencia a la que se ven llevados estos contrarios es, según la descripción de Paz, una lucha en la que sale vencido el menos poderoso: lo femenino. Pero, cuando en un combate un elemento aniquila al otro, eso no puede ser llamado “dialéctica”. ¿Dónde estaría el “movimiento dialéctico”? En todo caso, Paz describe una relación destructiva o nihilista pero no dialéctica. Es destructiva porque el vencedor no ve en su oponente una forma de salir fortalecido, puesto que sólo quiere anular a la contraparte.

En cambio, una “relación dialéctica” permite a ambos elementos entrar en un juego para fortalecer el tránsito a una figura más perfecta de su existencia conjunta. Paz no entiende el “juego dialectico”, y es esta la razón que, con peso de plomo, le impide observar en la conquista algo más que una violación. Su concepción de la historia como un continuum en el tiempo y la falta de una comprensión de lo dialectico, es lo que a Paz hace ver en el mexicano al fruto de una violación; no entiende que “lo mexicano” sería un “tercero”,aquel resultado del movimiento dialéctico entre los dos combatientes y que sería completamente distinto de los dos anteriores. Puesto que Paz no entiende esto, ve en “el mexicano” el resultado disminuido y traumado del vencido.

En vez de ver en la Malinche a “la chingada”, debe verse en ella a la mujer que, como dice Bolívar Echeverría en su ensayo, “Malintzin, la lengua”:

Puede pensarse, sin embargo, que la Malintzin de 1519-1520, la más interesante de todas las que ella fue en su larga vida, prefigura una realidad de mestizaje cultural un tanto diferente, que consistiría en un comportamiento activo —como el de los hablantes del latín vulgar, colonizador, y los de las lenguas nativas, colonizadas, en la formación y el desarrollo de las lenguas romances— destinado a trascender tanto la forma cultural propia como la forma cultural ajena, para que ambas, negadas de esta manera, puedan afirmarse en una forma tercera, diferente de las dos.(La modernidad de lo barroco)

Y continúa Bolívar Echeverría unas líneas adelante:

La figura derrotada de la Malintzin histórica pone de relieve la miseria de los vencedores; el enclaustramiento en lo propio, originario, auténtico e inalienable fue para España y Portugal el mejor camino al desastre, a la destrucción del otro y a la autodestrucción. Y recuerda a contrario que el “abrirse” es la mejor manera del afirmarse, que la mezcla es el verdadero modo de la historia de la cultura y el método espontáneo, que es necesario dejar en libertad, de esa inaplazable universalización concreta de lo humano. (Ibid)
Alguna vez escuche decir a Ambrosio Velasco que habría que comenzar a desvanecer la idea de que los mexicanos “somos unos hijos de chingada” y comenzar a robustecer —lejos de un discurso triunfalista— esta otra idea: “somos los hijos de la chingona”.
El libro compilado por Margo Glantz, La Malinche: sus padres y sus hijos, puede ser una bibliografía recomendable para desvanecer los nacionalismos machistas que pesan sobre este personaje y puede servir para introducirse en un conocimiento más adecuado sobre la figura de este personaje histórico. Este libro contiene dos fabulosos ensayos de Margo Glantz, así como aportaciones de Bolívar Echeverría, Herbert Frey y otros.


jueves, 19 de abril de 2012

Octavio Paz: lo que no es posible re-decir I/II

A propósito del 14° aniversario de la muerte de Octavio Paz, se publica hoy en La Jornada uno de sus poemas (por lo demás, la nota pasa desapercibida en los medios):
La poesía
siembra ojos en la página,

siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan,
las palabras miran,
las miradas piensan.
Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos,
tocar

el cuerpo de la idea.
Los ojos
se cierran,

las palabras se abren.
Actualmente se ha dicho que en nuestro país no hay intelectuales. Los últimos pertenecientes a esta “casta” han perecido. Se cita, como ejemplo distinguido, a Octavio Paz, quien representa al gran intelectual mexicano. “México” puede sentirse “orgulloso” de tener un Nobel en letras, pues la sumisión a la que este país ha sido sometido durante 500 años —resultado perfeccionado de la dominación extranjera y local, de propios y extraños, entre otras cosas— hace que se padezcan condiciones humillantes de ignorancia.
Paz formó parte de los intelectuales que tuvieron la intención de determinar la “identidad del mexicano”. El laberinto de la soledad es el libro más leído de este autor y es, también, uno de los libros más leídos a nivel nacional. La gran cantidad de reimpresiones de este libro es sorprendente y los tirajes en versiones “piratas” hacen las veces de un homenaje furtivo para su autor.
Respecto de otros “pensadores de lo mexicano”, la postura de Octavio Paz sobre “el mexicano” es mucho más cuidadosa. Pese a todo es sumamente vergonzosa. Sus expresiones sobre el pachuco y sobre la Malinche son insufribles. Lo que Paz describe no es el “laberinto del mexicano”, es, en cambio, una muestra del laberinto al que se ve llevado Paz cuando intenta pronunciar una palabra sobre la “identidad del mexicano”; laberinto en el que, por cierto, se encerrará cualquiera que esté dispuesto a re-decir un discurso reivindicador de las identidades nacionales.
El pachuco
Producto quizá de su heideggerianismo, la palabra «nada» recorre las páginas que hablan sobre el pachuco. Paz cree que el pachuco se ve llevado a un impasse ontológico. Pero el pachuco es quien tiende una trampa a Paz, pues éste no puede resolver qué es el pachuco. Producto, también, de la razón mecánica —para la cual si algo no está arriba, está abajo; si algo no es blanco, entonces será negro; si algo no está a la derecha, estará a la izquierda; o de que todo aquel que no esté conmigo está en mi contra—, Paz no atina a saber dónde colocar al pachuco, ese ser a medias; el que no es ni mexicano ni estadounidense; el que es y no es; el que está condenado a la «nada».
 Para Paz, el pachuco es una persona extravagante por su vestimenta, su andar y por el tono de su voz. Es alguien que ha decido renegar de la práctica del código identitario del mexicano y, rehuyendo de ello, ha intentado asumirse como semiestadounidense. Sin embargo, en este renegar, el pachuco no puede ni afirmarse como mexicano ni como estadounidense. Su identidad es “fronteriza”. Ella es una moneda lanzada al aire que ingenuamente intenta negar la ley de la gravedad para nunca determinar su inextricable destino: la definición identitaria. Para Paz, el pachuco “no es nada”.
Pese a todo, Paz no logra darse cuenta de que en este medias ens que él observa en el pachuco, radica la “singularidad reivindicable” de éste. El pachuco no es alguien que esté llamado a no poder realizarse, sino es, más bien, alguien sub-versivo, in-conforme, resistente. El pachuco muestra los límites del discurso sobre la identidad de lo mexicano. Muestra, también, la ruptura “dialéctica” de fronteras que ocasiona el chicanismo. Paz se equivoca. El pachuco no es, como sostiene el autor, la presa que quiere ser cazada y que se viste llamativamente para ello.
El pachuco es, más bien, quien pone un reto; quien pone en evidencia lo reducido de la identidad mexicana que por cierto, por aquellos años, se esfuerza por hacerse cifrable en la figura del charro mexicano o de Pedro Infante y Javier Solís. El pachuco sería, más bien, quien lanza un desafío a la mentalidad intelectualista de la década de los 50s. Irónicamente, el cazado es Paz: él es la presa. El pachuco le tiende una trampa; le lanza un reto a Paz y éste no logra sortearlo porque ni siquiera logra verlo. El pachuco hace evidente la cerrazón de Paz.

lunes, 26 de marzo de 2012

El chuchumbé y el Papa en Cuba

A propósito de la visita del Papa a Cuba, a continuación un son jarocho muy popular, que como ocurre con estos temas —absurdos y contradictorios— sólo pueden ser abordados con humor, antes que con indignación o molestia:

Enlace

♫♪El chuchumbé fue penado por la Santa Inquisición

El chuchumbé fue penado por la Santa Inquisición

Pero ellos se olvidaron que es un ritmo sabrosón

Pero ellos se olvidaron que es un ritmo sabrosón

Que te vaya bien, que te vaya mal,

Que el chuchumbé me has de agarrar

Que te pongas bien, que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar

El Papa llego a la habana lero lei

El Papa llego a la habana pero el diablo lo tentó

El Papa llego a la habana pero el diablo lo tentó

Al mirar a una cubana, el chuchumbé se le alzó

Al mirar a una cubana el chuchumbé se le alzó

El chuchumbé se le alzo debajo de la sotana

El chuchumbé se le alzo debajo de la sotana

Que te pongas bien que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar

Que te pongas bien que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar.♫♪

Para quien lo desconozca, el chuchumbé es un tipo de son que fue prohibido por la Iglesia del México novohispano del siglo XVIII. Chuchumbé es una palabra de origen africano que significa “ombligo”. Fue aplicada a este tipo de sones porque las parejas los bailaban juntando sus ombligos. Sin embargo, chuchumbé también hace referencia al pene.

No cabe duda de que las canciones populares, como esta, tiene más noción del cuerpo humano que la moral represora de la Iglesia. Una moral que es cínica porque ha sido sostenida abstractamente, pero una y otra vez ha sido traicionada por sus representantes concretos en la tierra. Negar el cuerpo para afirmarlo debajo de la sotana.