jueves, 26 de abril de 2012

Octavio Paz: lo que no es posible re-decir II/II


El laberinto de la soledad continúa como una obra inaugural por su estilo ensayístico y es un texto referente en el pensamiento mexicano, cuyas reimpresiones, en distintas ediciones, suman 1, 088 000 ejemplares (hasta 2009). Diariamente es leído por estudiantes de secundaria y preparatoria, razón por la cual es necesaria una revisión a contrapelo de esta obra, ya que hay planteamientos que son insostenibles actualmente.
La Malinche

La determinación que Octavio Paz hace de la Malinche es completamente equivoca. Para Paz, como para todo el discurso nacionalista mexicano, la Malinche es la mujer: la penetradora traidora (sic). Sus reflexiones sobre lo femenino son parciales y machistas. En efecto, no cabe duda de que la palabra “chingada”, en el conjunto de “significaciones mexicanas”, guarda un profundo sentido machista. Sin embargo, el error de Paz consiste en trasladar estas concepciones y aplicarlas, anacrónicamente, a la figura histórica de la Malintzin.

El discurso de Paz se enmarca y adquiere sentido sólo dentro del conjunto de discursos nacionalistas que buscan un “chivo expiatorio” sobre quien descargar los puntos ciegos de la historia oficial. Estos discursos hacen creer que gracias al “entreguismo” de este personaje traicionero y femenino, la “nación mexica” se encontró en desventaja frente al enemigo extranjero. Doña Marina, según esta explicación, sería quien entregó al adversario los secretos de un pueblo y quien, fascinada por la prepotencia del extranjero, sucumbió a las riquezas prometidas de por éste y decidió vender a su pueblo y a su propia “raza”.

Por su parte, Paz intenta sostener su postura haciendo una “exegesis” de las distintas acepciones de la palabra chingada:

La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, “hijo de puta”, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación. (p. 117, edición 2009)
A partir de aquí, para Paz, la Malinche es la chingada:
La Chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta; no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina. (p. 124)

   “Su mancha reside en su sexo”, dice Paz. Además de machista, la perspectiva de Paz hunde sus raíces en la moral cristina-católica, para la cual la mujer “autentica”, fiel o prudentísima (e. d.: Santa) debe presentarse inmaculada y pura, tal como el propio rezo católico, en la Letania Lauterana, no se cansa de repetir en una de sus partes: “Madre virgen, madre santísima, madre purísima, madre castísima, madre virginal, madre inmaculada, madre sin mancha. Ruega por nosotros”.

   ¿Es cierto, como dice Paz, que la “pasividad” de la Malinche, “abierta” a la figura fálica del conquistador, la lleva a “perder” su identidad? ¿Pasividad, apertura (en el sentido de abierta a la violación), pérdida, identidad? ¿Acaso éstos son nombres apropiados para juzgar un fenómeno histórico que concernió individualmente a la Malinche y que concierne a distintas colectividades?

¿La chingada es la Nada? Para Octavio Paz el personaje histórico de la Malinche fue alguien inerte y pasivo que, ante la derrota, sólo se abrió a la violación del conquistador. ¿Pero es esto cierto? En realidad, o bien Paz carece de datos históricos, o bien su concepción general sobre lo femenino es en realidad la que se corresponde con la idea de asociar la “penetrabilidad pasiva” (sic) a la mujer. En ningún momento de la historia concreta de la Conquista de la Nueva España, Doña Marina parece ser “un montón inerte de sangre, huesos y polvo”, como afirma Paz. Por el contrario. Un dato sorprendente lo otorga Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: Hernán Cortés era llamado por sus propias huestes: “el Malinche”. Este mote le fue impuesto a Cortés por los propios conquistadores para burlarse de él, ya que ellos se dieron cuenta de que quien verdaderamente mandaba y tomaba decisiones era esta “mujer entremetida y desenvuelta”, como Bernal se refería a la Malinche.

Asimismo, no hay que olvidar otros datos relevantes:

• Malintzin es quien, en los códices, aparece representada dando órdenes a las huestes de Cortés. Ella no era únicamente la intérprete o traductora; fue, en cambio, quien en algún momento de la Conquista tomó parte de la “agencia” de las huestes.

• En los códices, la silueta de Malintzin aparece pintada de un tamaño más grande que el de la figura de Cortés y éste aparece con una silueta visiblemente disminuida.

• En algunas imágenes, Malintzin es representada hablando y dando órdenes desde lo alto, con lo cual, quienes pintaron los códices, dan cuenta de la jerarquía que obtuvo ante Cortés.

Continúa Paz unas páginas más adelante:

Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de la indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. (pp. 124-125)

De aquí nace la idea de Paz acerca de que los mexicanos somos “hijos de la chingada”; producto de la violación; seres en suspenso; seres en la Nada. Según estas ideas, a los mexicanos les tocó perder. Son hijos de la abierta y violada; hijos de la Nada. Estas ideas concuerdan con aquellas que sostienen un “complejo de inferioridad” en el mexicano, tan fervientemente sostenido por otros intelectuales mexicanos como Samuel Ramos y Salazar Mallén (discursos que es necesario desdecir y contradecir).

Dice Paz, unas líneas más abajo:

Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión casi feroz. (pp. 124-125).
Entonces, además de machista, nacionalista y de “moral cristiana”, Paz tampoco parece emplear adecuadamente el concepto “dialéctica”. Según este último párrafo, la dialéctica se cumple entre la relación violenta que se presenta entre “lo cerrado” y “lo abierto”; “lo activo” y “lo pasivo”; el macho y la hembra. ¿Pero dónde se daría la dialéctica aquí? Lo que Paz describe es un juego de pares, un conjunto de fuerza contrarias que, en el mejor de los casos, lo llevarían a sostener una relación “dicotómica” pero de ningún modo una relación dialéctica.

La violencia a la que se ven llevados estos contrarios es, según la descripción de Paz, una lucha en la que sale vencido el menos poderoso: lo femenino. Pero, cuando en un combate un elemento aniquila al otro, eso no puede ser llamado “dialéctica”. ¿Dónde estaría el “movimiento dialéctico”? En todo caso, Paz describe una relación destructiva o nihilista pero no dialéctica. Es destructiva porque el vencedor no ve en su oponente una forma de salir fortalecido, puesto que sólo quiere anular a la contraparte.

En cambio, una “relación dialéctica” permite a ambos elementos entrar en un juego para fortalecer el tránsito a una figura más perfecta de su existencia conjunta. Paz no entiende el “juego dialectico”, y es esta la razón que, con peso de plomo, le impide observar en la conquista algo más que una violación. Su concepción de la historia como un continuum en el tiempo y la falta de una comprensión de lo dialectico, es lo que a Paz hace ver en el mexicano al fruto de una violación; no entiende que “lo mexicano” sería un “tercero”,aquel resultado del movimiento dialéctico entre los dos combatientes y que sería completamente distinto de los dos anteriores. Puesto que Paz no entiende esto, ve en “el mexicano” el resultado disminuido y traumado del vencido.

En vez de ver en la Malinche a “la chingada”, debe verse en ella a la mujer que, como dice Bolívar Echeverría en su ensayo, “Malintzin, la lengua”:

Puede pensarse, sin embargo, que la Malintzin de 1519-1520, la más interesante de todas las que ella fue en su larga vida, prefigura una realidad de mestizaje cultural un tanto diferente, que consistiría en un comportamiento activo —como el de los hablantes del latín vulgar, colonizador, y los de las lenguas nativas, colonizadas, en la formación y el desarrollo de las lenguas romances— destinado a trascender tanto la forma cultural propia como la forma cultural ajena, para que ambas, negadas de esta manera, puedan afirmarse en una forma tercera, diferente de las dos.(La modernidad de lo barroco)

Y continúa Bolívar Echeverría unas líneas adelante:

La figura derrotada de la Malintzin histórica pone de relieve la miseria de los vencedores; el enclaustramiento en lo propio, originario, auténtico e inalienable fue para España y Portugal el mejor camino al desastre, a la destrucción del otro y a la autodestrucción. Y recuerda a contrario que el “abrirse” es la mejor manera del afirmarse, que la mezcla es el verdadero modo de la historia de la cultura y el método espontáneo, que es necesario dejar en libertad, de esa inaplazable universalización concreta de lo humano. (Ibid)
Alguna vez escuche decir a Ambrosio Velasco que habría que comenzar a desvanecer la idea de que los mexicanos “somos unos hijos de chingada” y comenzar a robustecer —lejos de un discurso triunfalista— esta otra idea: “somos los hijos de la chingona”.
El libro compilado por Margo Glantz, La Malinche: sus padres y sus hijos, puede ser una bibliografía recomendable para desvanecer los nacionalismos machistas que pesan sobre este personaje y puede servir para introducirse en un conocimiento más adecuado sobre la figura de este personaje histórico. Este libro contiene dos fabulosos ensayos de Margo Glantz, así como aportaciones de Bolívar Echeverría, Herbert Frey y otros.


jueves, 19 de abril de 2012

Octavio Paz: lo que no es posible re-decir I/II

A propósito del 14° aniversario de la muerte de Octavio Paz, se publica hoy en La Jornada uno de sus poemas (por lo demás, la nota pasa desapercibida en los medios):
La poesía
siembra ojos en la página,

siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan,
las palabras miran,
las miradas piensan.
Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos,
tocar

el cuerpo de la idea.
Los ojos
se cierran,

las palabras se abren.
Actualmente se ha dicho que en nuestro país no hay intelectuales. Los últimos pertenecientes a esta “casta” han perecido. Se cita, como ejemplo distinguido, a Octavio Paz, quien representa al gran intelectual mexicano. “México” puede sentirse “orgulloso” de tener un Nobel en letras, pues la sumisión a la que este país ha sido sometido durante 500 años —resultado perfeccionado de la dominación extranjera y local, de propios y extraños, entre otras cosas— hace que se padezcan condiciones humillantes de ignorancia.
Paz formó parte de los intelectuales que tuvieron la intención de determinar la “identidad del mexicano”. El laberinto de la soledad es el libro más leído de este autor y es, también, uno de los libros más leídos a nivel nacional. La gran cantidad de reimpresiones de este libro es sorprendente y los tirajes en versiones “piratas” hacen las veces de un homenaje furtivo para su autor.
Respecto de otros “pensadores de lo mexicano”, la postura de Octavio Paz sobre “el mexicano” es mucho más cuidadosa. Pese a todo es sumamente vergonzosa. Sus expresiones sobre el pachuco y sobre la Malinche son insufribles. Lo que Paz describe no es el “laberinto del mexicano”, es, en cambio, una muestra del laberinto al que se ve llevado Paz cuando intenta pronunciar una palabra sobre la “identidad del mexicano”; laberinto en el que, por cierto, se encerrará cualquiera que esté dispuesto a re-decir un discurso reivindicador de las identidades nacionales.
El pachuco
Producto quizá de su heideggerianismo, la palabra «nada» recorre las páginas que hablan sobre el pachuco. Paz cree que el pachuco se ve llevado a un impasse ontológico. Pero el pachuco es quien tiende una trampa a Paz, pues éste no puede resolver qué es el pachuco. Producto, también, de la razón mecánica —para la cual si algo no está arriba, está abajo; si algo no es blanco, entonces será negro; si algo no está a la derecha, estará a la izquierda; o de que todo aquel que no esté conmigo está en mi contra—, Paz no atina a saber dónde colocar al pachuco, ese ser a medias; el que no es ni mexicano ni estadounidense; el que es y no es; el que está condenado a la «nada».
 Para Paz, el pachuco es una persona extravagante por su vestimenta, su andar y por el tono de su voz. Es alguien que ha decido renegar de la práctica del código identitario del mexicano y, rehuyendo de ello, ha intentado asumirse como semiestadounidense. Sin embargo, en este renegar, el pachuco no puede ni afirmarse como mexicano ni como estadounidense. Su identidad es “fronteriza”. Ella es una moneda lanzada al aire que ingenuamente intenta negar la ley de la gravedad para nunca determinar su inextricable destino: la definición identitaria. Para Paz, el pachuco “no es nada”.
Pese a todo, Paz no logra darse cuenta de que en este medias ens que él observa en el pachuco, radica la “singularidad reivindicable” de éste. El pachuco no es alguien que esté llamado a no poder realizarse, sino es, más bien, alguien sub-versivo, in-conforme, resistente. El pachuco muestra los límites del discurso sobre la identidad de lo mexicano. Muestra, también, la ruptura “dialéctica” de fronteras que ocasiona el chicanismo. Paz se equivoca. El pachuco no es, como sostiene el autor, la presa que quiere ser cazada y que se viste llamativamente para ello.
El pachuco es, más bien, quien pone un reto; quien pone en evidencia lo reducido de la identidad mexicana que por cierto, por aquellos años, se esfuerza por hacerse cifrable en la figura del charro mexicano o de Pedro Infante y Javier Solís. El pachuco sería, más bien, quien lanza un desafío a la mentalidad intelectualista de la década de los 50s. Irónicamente, el cazado es Paz: él es la presa. El pachuco le tiende una trampa; le lanza un reto a Paz y éste no logra sortearlo porque ni siquiera logra verlo. El pachuco hace evidente la cerrazón de Paz.

lunes, 26 de marzo de 2012

El chuchumbé y el Papa en Cuba

A propósito de la visita del Papa a Cuba, a continuación un son jarocho muy popular, que como ocurre con estos temas —absurdos y contradictorios— sólo pueden ser abordados con humor, antes que con indignación o molestia:

Enlace

♫♪El chuchumbé fue penado por la Santa Inquisición

El chuchumbé fue penado por la Santa Inquisición

Pero ellos se olvidaron que es un ritmo sabrosón

Pero ellos se olvidaron que es un ritmo sabrosón

Que te vaya bien, que te vaya mal,

Que el chuchumbé me has de agarrar

Que te pongas bien, que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar

El Papa llego a la habana lero lei

El Papa llego a la habana pero el diablo lo tentó

El Papa llego a la habana pero el diablo lo tentó

Al mirar a una cubana, el chuchumbé se le alzó

Al mirar a una cubana el chuchumbé se le alzó

El chuchumbé se le alzo debajo de la sotana

El chuchumbé se le alzo debajo de la sotana

Que te pongas bien que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar

Que te pongas bien que te pongas mal

Que el chuchumbé me has de agarrar.♫♪

Para quien lo desconozca, el chuchumbé es un tipo de son que fue prohibido por la Iglesia del México novohispano del siglo XVIII. Chuchumbé es una palabra de origen africano que significa “ombligo”. Fue aplicada a este tipo de sones porque las parejas los bailaban juntando sus ombligos. Sin embargo, chuchumbé también hace referencia al pene.

No cabe duda de que las canciones populares, como esta, tiene más noción del cuerpo humano que la moral represora de la Iglesia. Una moral que es cínica porque ha sido sostenida abstractamente, pero una y otra vez ha sido traicionada por sus representantes concretos en la tierra. Negar el cuerpo para afirmarlo debajo de la sotana.

domingo, 25 de marzo de 2012

Visiones de la palabra: Bolívar Echeverría (en torno a la imagen)

A continuación un video donde Bolívar Echeverría habla acerca de las imágenes en la sociedad moderna y cómo es que estas imágenes se encuentran sobredeterminadas por la figura que les imprime el capital. Los seres humanos son seres de símbolos, constructores y persecutores de significantes que adquieren su significación a partir del contenido social impreso. Una sociedad moderno-capitalista produce imágenes cuyo contenido es marcado por el telos sustitutivo del capital.

Algo positivo hay, sin embargo en todo ello: el ser humano por primera vez en la historia puede construir una imagen de sí mismo. Sin embargo no se aprovecha esta oportunidad y se deja que sea cumplida por una “voluntad de forma” ajena al ser humano, que lo niega, que se desentiende de él, que lo rechaza. Por ello, algo muy raro pasa con las imágenes en la actualidad. Los seres humanos se guían por ellas, por su estetización, al mismo tiempo que se construyen una imagen de sí mismo. Las imágenes “producidas” por él, se tornan productoras de identidad. Una identidad que los acosa irremisiblemente: la imagen de la blanquitud.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Jorge Juanes: Heidegger. Metafísica moderna, antropocentrismo y tecnociencia*

Este libro de Jorge Juanes puede leerse como un ensayo que trata el tema de la técnica moderna en Heidegger pero también puede considerarse como un acercamiento filosófico al tema de la tecnociencia. Asimismo, este libro llama a preguntarse sobre la actualidad del pensamiento de Heidegger en torno a la realidad tecnocientífica y da señas sobre qué aspectos tendría que rechazar una propuesta discursiva que pretenda trascender el fundamento sobre el que se erige lo destructivo de la tecnología: la desmesura de la subjetividad moderna.

Desde la perspectiva del filósofo alemán Martin Heidegger, Jorge Juanes explica las relaciones entre la metafísica y el nacimiento de la subjetividad moderna, antropocéntrica y antropolatrica, y cómo es que este hecho tiene su presencia última en la tecnociencia, ante la cual, paradójicamente, el ser humano ya no sería dueño de su propia creación, sino sólo un esclavo de ella.

Los temas que aborda Juanes tratan lo que se ha llamado el Heidegger tardío o del giro; el crítico de la metafísica moderna y de la técnica o el apreciador del pensar poético y del lenguaje. Hay que decir que esta parte de la obra de Heidegger ha sido poco estudiada, ello parece ser así al menos en México (y en lengua castellana). La mayor parte de los estudios se concentran en el Heidegger de Ser y tiempo; que es el que mejor cabe en la academia filosófica. El Heidegger posterior a la década de los 30’s, y hasta su muerte, es más oscuro —incluso se le considera místico—, y sólo a partir de la década pasada ha comenzado un abordaje del tema que procura ser más profundo.

***

Jorge Juanes hace un recorrido por la historia de la metafísica, la cual ha partido del error del quid pro quo (tomar una cosa por otra), pues queriendo saber algo sobre el Ser siempre acabará describiendo un ente. Error iniciado por Platón pero radicalizado a lo largo de la historia de la filosofía. Desde este mirador, el ensayo de Juanes es un recorrido de la filosofía desde sus inicios con Platón y Aristóteles, la Edad Media, el Renacimiento (el cual es incluido por Juanes, porque Heidegger no suscribe tal hecho a causa de que lo desdeña), el idealismo alemán y, finalmente, la época actual, en la que se observa cómo es que el ser humano debe pagar el precio de su desmesura.

Producto de la convicción de que es posible una idea del sujeto que no implique la subjetividad en sentido moderno, Juanes critica la idea del Hombre como el gran sujeto en torno al cual gira todo lo Otro; la idea del hombre como ser soberano del mundo. Se trata de la crítica al antropocentrismo. No se crítica a todo el sujeto, sino sólo a esta idea sesgada de la subjetividad.

Liberado de toda atadura medieval, el hombre moderno ya no es un ente sometido que viva bajo el temor de Dios. Por el contrario, el hombre pasa a ser el fundamento de todo ente y de la realidad. Esto es lo determinante, pues la esencia del hombre se ha convertido en su-jeto: en fundamento de todo. Él es quien domina, calcula, impone sus leyes, someta a reglas, racionaliza, produce, crea, en suma, todo lo vuelve un ob-jeto, tanto para sus representaciones, como para sus manipulaciones. Así, la naturaleza se transforma en objeto de experimentación y se le somete a leyes, y, como escribe Gilbert Hottois: “quien conoce la causa de un fenómeno natural, se vuelve el señor de este fenómeno”.[1] En suma: conocer es poder.

Es así como tiene lugar el protagonismo cognoscitista. El saber científico se convierte el paradigma del saber. En filosofía, por ejemplo, se da privilegio a lo ideal sobre lo material. Surge la idea del sujeto racional y trascendente, quien es engañado por el “genio maligno” de su propia sensibilidad (Descartes). Una idea que, dice Juanes, justifica la exclusión del cuerpo y de la materialidad; de la carnalidad y lo pulsional. Hecho que hace que haya quienes, incluso en su vida cotidiana, se asuman más racionales que corporales. De aquí que la razón pura sea “sensualofóbica”, ya que ve en la corporeidad tentaciones pervertidoras. Así, este discurso moderno es una reducción de todo. El Ser queda reducido a matemática. Esto sería tanto como querer que el pez respire en la tierra.

Ante ello, se trata de buscar nuevas vías para hacer filosofía; pero ya no como se ha hecho. Juanes no desconoce la realidad tecnocientífica y tampoco pide retornar a un pasado “arcadioso” para desentendernos de ella. Por el contrario, sostiene que aún es posible dar una nueva estancia al ser humano; un modo distinto de relacionarse con el mundo, el cual, mediante una técnica completamente otra, lo lleve a descubrir otra naturaleza.

Crisis del discurso

Asistimos a una modernidad en crisis profunda y estructural, donde o bien se puede postergar y exacerbar la catástrofe; o bien esta historia podría reconstituirse a partir de la experiencia negativa de esta crisis. ¿Cómo acercarse a este hecho? Al respecto, Juanes da algunas señas: que el mundo se hunde, dice él, quiere decir también que el nivel metafísico-tecnocientífico no proporciona orientación alguna. La posibilidad de pensar de otro modo a la modernidad debe partir de la necesidad de transformar radicalmente el discurso con el que se ha intentado dar soluciones.

Juanes piensa que se trata de “intentar un nuevo inicio desligado de la metafísica de la subjetividad y dispuesto” a acoger otro modos de aparecer del Ser. Con ello, es posible destronar lo metafísico-técnico-científico como horizonte de inteligibilidad de todo y, dice el autor, “buscar, en su lugar, los momentos cuando en la historia ya acontecida relucieron los relámpagos de lo excesivo e indecible, cuya salvaguarda ha recaído en lo poético-pensante” (pp. 38-39). Se trata de potenciar todos los discursos aparentemente vencidos; aquellos discursos que han sido borrados de la historia a causa del prestigio de la razón técnica. Por ello, dice Juanes, “lo que Heidegger propone es una transformación de fondo que le devuelva al hombre el habitar en la tierra” (p. 41).

***

Abordar y tomar postura ante Heidegger siempre será dificultoso, pues en él la sordidez y grandeza se encuentran juntas. Por ello hay quienes lo desechan en conjunto. Pero el libro de Juanes es muy sutil o cuidadoso con el tratamiento de Heidegger. En vez arremeter contra Heidegger cuando los planteamientos de éste se tornan imposibles de seguir, retoma lo que hay de rescatable en el planteamiento y lo reconstruye para hacer que el planteamiento dé más de sí mismo.

De modo que hay párrafos en los que Juanes expone su propia postura pero parece como si fuera la postura de Heidegger. Pero el mérito sería de la reconstrucción hecha por Juanes. Por ello, al final, queda claro para el lector que Heidegger se vuelve un gran pensador sólo si se lo reconstruye críticamente. De otro modo, se volvería un reaccionario de Baviera.

De esta manera, el libro de Juanes resulta ser una invitación a ya no acercarse a Heidegger desde una visión estrictamente heideggeriana, sino —como lo reclama el “autentico” trabajo filosófico— acosando al texto, desechando y replanteando.

Hay que decir, también, que Juanes escribe con su propio lenguaje. Esto es algo que se agradece cuando se leen libros que tratan la obra de Heidegger, cuyos comentaristas o intérpretes sucumben a la mentira —que de tanto repetirla se ha vuelto verdad para ellos— de que Heidegger se lee, entiende e interpreta sólo si se hace en alemán y en sus propios términos. Pero Juanes rechaza escribir de este modo.

Heidegger y la política

Finamente, hay que reconocer en este libro que haya un abordaje del profundo trasfondo político que tiene el pensamiento de Heidegger, aun cuando ello no debería ser un mérito porque, como afirma el propio Juanes, “no se necesita mucho esfuerzo para comprenderlo”. Sin embargo, esta es una cualidad de este ensayo, pues abundan más los intérpretes que desconocen, rehúyen o simplemente niegan la fuerte vena política que atraviesa el pensamiento de Heidegger. Por ello, este libro no estaría completo si no cerrara precisamente con algunas observaciones sobre el nacionalsocialismo de Heidegger.

El abordaje del aspecto político en Heidegger hecho por los intérpretes se divide unilateralmente en dos posturas. Están quienes niegan el nacionalsocialismo de Heidegger y prefieren verlo como un “desliz” que duró un año —mientras él fue Rector de la Universidad de Friburgo en 1933— y cuyos efectos no se verían reflejados en su obra, y, por otra parte, están quienes afirman que en conjunto toda la obra de Heidegger es un cifrado panfleto nazi. Pero la postura de Juanes es más compleja. En vez de afirmar que Heidegger se desentendió del nazismo —como lo hacen sus adoradores—, Juanes insiste en que “el nacionalsocialismo milenarista del espíritu” de Heidegger se extiende después del 45; incluso en estos años, junto con la década de los cincuenta, Heidegger lo que hace es depurar argumentos contra el enemigo americano y soviético, así como preparar un pensamiento futuro (p. 41).

El libro de Juanes es tanto para lectores interesados en Heidegger, como también para aquellos interesados en el tema de la tecnociencia. Este libro puede contribuir a desaparecer ingenuidades, pues la tecnociencia, tal como la conocemos, no puede desarrollar bondades intrínsecas. Lo destructivo de la técnica moderna no se domeñará con buenos propósitos humanos, como una legislación o ética la de la tecnociencia. Intentos que, aunque bien intencionados, no observan el carácter subsumidor o destructivo sobre el que se erige el fundamento que la sostiene.

*Texto que sirvió para la presentación de los Cuardernos del Seminario de la Modernidad. Facultad de Ciencias, 16 de noviembre 2011.



[1] G. Hottois, Historia de la filosofía del Renacimiento a la Posmodernidad, Madrid, Catedra, p. 499.

lunes, 6 de febrero de 2012

Walter Benjamin: cine de masas y el cine revolucionario en Rusia

Las esperanzas revolucionarias de Benjamin sobre el cine se animaban por la certeza de que son las revoluciones técnicas las que crean fracturas en las tendencias artísticas, y que estas mismas fracturas son las que constituyen sin duda el desarrollo artístico. El cine sería el que constituye “una de las más formidables fracturas de las formaciones artísticas”. Este sería, digamos, el “núcleo esperanzador” de Benjamin, que, lejos de tratarse de una confianza simple en todo lo novedoso, se basa en la tesis expuesta en el ensayo sobre la obra de arte sobre que la cuestión no gira en torno a si el cine es un arte o no, sino que con la llegada del cine se hace imperiosamente necesaria una nueva comprensión de todo lo estético, pues —al igual que con la fotografía— con el cine se transforma globalmente el carácter del arte.

Esto nos demuestra una cosa: los progresos esenciales en el arte, esos que son siempre elementales, no son nunca el nuevo contenido ni la nueva forma, sino que la revolución dada en la técnica les precede a ambos.[1]

Una forma de mostrar el modo sui generis como Benjamin emplea el término «revolución» puede ser observado en la fotografía o en el cine. Para él, primeramente, la fotografía y, posteriormente, el cine fueron formas de reproducción artísticas verdaderamente revolucionarias pero no porque en ellas pueda haber un contenido político altamente explotable o porque puedan ser puestas al servicio de la revolución. Para Benjamin, una y otra técnica artística (la fotografía y el cine) serían revolucionarias porque destruyen el aura en el arte y ponen en crisis a la doctrina misma de lʼ art pour lʼ art; porque inauguran nuevas formas de comprender lo estético.

A Benjamin le atrae del arte técnicamente reproducido el hecho de que puede ser llevado a las masas por primera vez en la historia del arte. Pese a esto, Benjamin entiende perfectamente que el cine, por ejemplo, el americano, pertenece a la industrial cultural capitalista.[2] Sin embargo, lo que sí queda claro para Benjamin —y esto se aplicaría incluso al cine más comercial—, es que con la reproducción masiva del arte se transforma por completo su función social: su fundamento deja de ser ritual para pasar a ser político, y político en el más amplio sentido de la palabra, aun cuando Benjamin piense mayormente en una función contraria al fascismo. Incluso, la función actual del cine de masas no deja de ser política. Pese a ello, reconozcamos, tal como lo hace Benjamin, que el arte aun cuando se emancipe, dejando de ser un valor de culto para pasar a ser un valor de exhibición, aún así —mientras posea un carácter mercantil— cumpliría con una función contrarrevolucionaria:

Mientras sea el capital el que ponga la pauta, al cine de hoy no se le podrá reconocer otro mérito revolucionario que el de haber impulsado una crítica revolucionaria de las ideas heredadas acerca del arte.[3]

Por otra parte, parece que Benjamin distingue muy bien entre la producción cinematográfica de Europa occidental, Europa oriental y norteamericana. De modo que cuando Benjamin piensa en un posible cine revolucionario no está pensando en el cine hollywoodense, tal como él lo dice, sino en los posibles destellos anti-auráticos que creados intencionalmente —o no— se observan en algunas tendencias artísticas sobre todo en Rusia.

Por ello, Benjamin observa cierto mérito en el cine ruso, pues, por ejemplo, este tipo de cine ha abandonado los temas de la vida burguesa; no se toleran los dramas amorosos; ya no se trata de películas de sociedad, sino de obreros trabajando; no se busca crear estrellas hollywoodenses, pues el actor no es sobredimensionado, sino que, al contrario, dice Benjamin, el director de cine Serguéi M. Eisenstein “está ahora preparando una película sobre la vida de los campesinos en la que no habrá actores”.[4]

A Benjamin parece agradarle el hecho de que a la vez que los campesinos son el objeto de interés para el cine, ellos son también su público esencial. De aquí que el cine producido en Rusia tenga un contenido educativo, pues proporciona conocimientos históricos, políticos, técnicos e higiénicos; brinda conocimientos para luchar contra las plagas de langostas, conocimiento sobre el manejo del tractor o sobre la curación del alcoholismo. También, se organiza el cine itinerante que es capaz de llegar a zonas muy remotas. Pese a todo, dice Benjamin, el mayor problema al que se enfrenta el cine de este tipo, es que los campesinos a penas si pueden entender dos tramas simultáneas. Para ellos, resulta ser más comprensible el despliegue cronológicamente lineal de la trama. Igualmente, algo que a Benjamin parece agradarle, es el hecho que “las comedias más grotescas y excéntricas [es decir, auráticas,] importadas de América fueron un fracaso rotundo en Rusia. Por otra parte, un ejemplo paradigmático de una buena película rusa, es, para Benjamin, la realizada por Eisenstein y titulada: El acorazado Potemkin. Al respecto de esta película dice Benjamin:

Potemkin es sin duda un película grande, inusualmente bien hecha… Hay mucho arte malo de tendencia, incluido por cierto el socialista. Son obras determinadas por el efecto y con reflejos gastados, que utilizan esquemas. Por el contrario, la película Potemkin está ideológicamente recubierta y correctamente calculada en todos sus detalles.[5]

Finalmente, respecto a la revolución y en contra de la historia lineal, así como de la concepción del tiempo vacío, Benjamin dice: “La conciencia de hacer saltar el continuum de la historia es propia de las clases revolucionarias en el instante de su acción”. Esto mismo encontraría Benjamin en 1927 pero en el cine: “El cine —dice él— hizo saltar por los aires todo este mundo carcelario con la dinamita de las decimas de segundo, de modo que entre sus ruinas desperdigadas vamos ahora viajando a la aventura […] No es el curso continúo de las imágenes, sino el cambio repentino de perspectiva, lo que sojuzga a un milieu que se sustrae a cualquier otra clase de mirada”.[6] Así, el cine modifica las consciencia de los espectadores: “con él surge realmente una nueva región de la consciencia”.[7]



[1] W. Benjamin, “Réplica a Oscar A. H. Schmitz”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 369.

[2] Por ejemplo, dice él: para que una película sea rentable, necesita llegar a un público de 9 millones. Lo importante es este caso no sería llevar el arte a las masas, sino hacerlo lo suficientemente atractivo como para que lo compren millones y sea así un buen negocio. Cfr. W. Benjamin, La obra de arte…, México, Ítaca, 2003, p. 44.

[3] Ibid, Tesis XII, p. 74.

[4] W. Benjamin, “La situación del arte cinematográfico en Rusia”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 366.

[5] W. Benjamin, “Réplica a Oscar A. H. Schmitz”, Obras, Madrid, Abada, 2009, libro II, vol. 2, p. 371.

[6] Ibid, p. 369.

[7] Ibid, p. 368.